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sábado, 8 de enero de 2011

LA SONRISA TARTÉSSICA

LA SONRISA TARTÉSSICA
Ramón Fernández Palmeral
Hijo mío, aprende a escribir y te sentarás a la mesa del faraón.
Proverbio egipcio.


1
LA MEMORIA SE AMAGA ENTRE la lana cálida de los siglos y permanece alerta hasta saltarte al cuello débil con colmillos de fieras hambrientas, puesto que la memoria es el mayor de mis enemigos cuando que de recordar que nombre hebreo es Seraya y fui secretario, escriba y traductor en la Corte del rey David, hasta que, por malas artes de la condición humana, fui desterrado a esta ciudad de Tiro, cercada de almenadas murallas y de mar. Esta mañana de cielo herido de luz suspendida en sí misma, se puede ver la verdad en mi piel, se traslucen el violeta de mis venas, se puede leer en mis carnes mis sueños y pesadillas. En vísperas de la Pascua, ha venido a mi casa (cautiva estancia) del barrio nuevo de Euforio el conocido galeno tartesio al que llaman: Argos, el genio que calma el dolor, el artista de la cirugía, y tal vez el más querido en todo Tiro, un sabio de rostro estático y ecuánime que trajo de Tarsis grandes remedios concentrado en plantas medicinales de las que crecen poderosas en las laderas del Nevado o las marismas del gran río donde pactan los bueyes sagrados de Geryón. Me asegura que era hijo un príncipe tartesio y de una mujer con poderes sobrenaturales en su sonrisa.
Ha venido a curarme las dolorosas heridas que irremediablemente se abrieron en las murallas cuadriculadas de mi cuerpo y me tienen postrado en una silla: cuadriga sin caballos, me aplica sus hierbas mágicas y curanderas, la yema de huevo con ajos, sabias en sí mismas como si la tierra madre quisiera transferir su sentido y fuerza de protección a las plantas, a través de las raíces (lengua a lengua).
A mis años, a esta edad del encuentro final, todo final es, a su vez, un principio. Los remedios de plantas o sales (herramientas de sabiduría y curación) han dejado de embriagarme, de sedarme los gritos que se refugian en los rincones ocultos de mi casa, han perdido la gracia de sanar y ya no me halagan como antes y cuando algo material o espiritual ha dejado de servirte se convierten en incómodos esclavos rebeldes y asesinos, toda mezquindad se hace fuerte ante lo débil (una piedra en el suelo es vulgar, por el contrario, si se coloca sobre un pedestal recibirá adoración). Nada me curará de la enfermedad hereditaria de la vejez, de la muerte próxima: la mayor de las mentiras, se me ha caído la fíbula de bronce que sostiene mi raída túnica; los talismanes o piedras mágicas no ejercen ya sobre mí sus efectos protectores, ni palabras de aliento que, a veces, consuelan al prójimo, no valen a mi desconsuelo.
Argos es un galeno ambulante que va de puerta en puerta ofreciendo sus servicios a quienes lo solicitan. Vino a casa porque le mandé un recado de urgencia con mi inseparable esclavo Marsé, un hombre joven y bello de la región de Cirse, del que uso sus formidables brazos o sus hombros para ir a horcajadas de un lado a otro, él son mis piernas. Cuando el recuerdo de unas piezas de plata le llega a la mezquina necesidad, Argos se presenta en mi casa con la prisa de un mensajero real, casi sin saludarme ni pedir permiso para tocar mis carnes magulladas por la herencia de un dolor al que nada calma, con ayuda de Marsé me hace tender en una estera de esparto sobre el suelo frío ganado a las rocas; una helada y precoz sepultura para recordar la fragilidad del purulento cuerpo de los hombres (carne a merced de los años asesinos y al aliento de bueyes de sueños). Soy un inválido. Me hace quitar las sandalias, que el artesano me hizo asimétricas, toca mi dolorido dedo gordo del pie izquierdo, me lo coge envuelto en un apósito de lino y, con un pequeño bisturí de bronce bruñido, me hace sangrar el dedo casi inmediatamente debajo de la uña, advirtiéndome primero -temeroso y sin mirarme a los ojos, como la acción de un traidor- que me va a doler un poquito. Más que un poquito me ha dolido muchísimo, y tanto es así que llego a temblar con fiebre aguda, sudor que apesta a carne corrompida. Empiezo a sentir en el estómago una succión como si me sacaran agua y aire de las tripas, luego me llega a la cabeza una flojedad, pierdo la luz natural en la habitación, me desvanezco como si el puño que late en mi pecho agarrado al timón de la vida me dejara abandonado en los escollos de un mar odiseo. Fuerzas extrañas me impiden el equilibro bípedo y hasta, para colmo de mis males, aparece un dolor en la rodilla de la otra pierna que completa un adelanto de cojera y, como un perro pegado a la tierra desollando horas, me tumbo en el lecho para guardar reposo. Sufro mucho con los dolores de mis piernas, los tobillos se me han hinchado, y cada vez me cuesta más trabajo caminar.
Duermo poco, a mi edad el insomnio visita el nocturno lecho, como para vivir intensamente el tiempo que me quede, quizá esta vigilia me haga reflexionar en desbanda de ideas creativas. Todo insomnio es de agradecer, toda soledad es sonora; me pierdo en la inmersión de la noche, en ese paisaje de esteras en que el hombre desnudo se defiende contra sí mismo. Ante el sueño (follaje de símbolos) se halla uno indefenso, apuñalado por amigos, por eso nos acostamos desnudos como el agua de un río en su lecho, contra lo imposible uno no se puede proteger con escudos de oro, nadie nos puede defender de los caminos peligrosos por donde lleva el caprichoso sueño, lo mismo a un paraíso como a un abismo, y en medio de esta lujuria de tinieblas hablamos con los muertos, volamos o paseamos por los montes de Gelboé donde los escudos de Saúl brillaron con aceite de héroes, como si ninguna flecha de oro me cazara en el hambriento corazón. Luego, sin poder predecirlo, como un regalo en la tarde con los olivos, llega el despertar de la angustias cual una salida certera a una duda, o tal vez sea a ese despertar a lo que más debemos de temer, simplemente porque tememos no hallar la salida victoriosa al día, a la mentira de otro despertar, al desengaño de las horas matinales, dormidos parecemos medio muertos, de un paso a no despertarnos que es como resucitar cada mañana. Corría en sueños dentro de una pirámide sin poder salir de su apotema, sabía que no era un círculo monótono, elíptico, sarcófago, soñaba que mis esclavos se comían toda la despensa y me dejaban hambriento, que las mujeres de mis oníricos paisajes se orinaban en mis ojos, que los guardianes de la muralla se emborrachaban en la guardia, los ciegos y tullidos hacían burla al Sol cuando se acuesta de un portazo, y en esta imagen llegaron los verdugos de manos negras y me cortaron los crótalos con una gumía de media luna de castrar animales, luego me despierto en un sudor frío sabiendo que soy un ser bastardo, mendigo de mi destino.
Mi galeno Argos, no es la primera vez que practica en mi dedo gordo del pie izquierdo y reventón -rosa del desierto- la ira de su bisturí de cobre parta la villana sangría. Al verme la tez blanca y casi desmayado me hace tender completamente sobre el lecho helado de caricias con los pies en alto y me pone sobre la nariz una pócima picante -silencio de perfumes- que me hace despabilar. Sigo tendido hasta que recupero el sosiego, antes de que la parte negativa de mi conocimiento me abandone para siempre. Creo, con todo el convencimiento de las situaciones más simples, que vivo castigado a la alegría de sanar, este dedo avaricioso se ha inflamado como el administrador que estafa a su amo: rico pero podrido por dentro. Ofrezco sacrificios en el altar del templo. Pago oráculos. Algunas veces rezaría si supiera. Vivimos dispuestos a soportar un dolor rápido, si con él se consigue evitar un dolor lento y prolongado: extracción de una muela. Los ojos de Argos auscultan minuciosamente y con detenido encuentro mi deforme dedo rojo, como quien observa a un mal bicho o a un ser nuevo al que hay que ponerle nombre porque ha sido recién descubierto al mundo de los hombres cultos. Digamos que me siento asustado por la incertidumbre, con temor a que su silencio nombrara el anuncio de una rara enfermedad incurable peor que la lepra. Señalaba mi dedo gordo respondón con la autoridad de un maestro ante el alumno que no obedece. Argos finge muy bien, te ilusiona con su palabrería y las medicina que ha traído de aquellas ricas tierras al otro lado del Gran Mar donde la piel de la plata se extiende por las calles como adoquinados relucientes. En el puerto de la ciudad de Tarsis los norays donde se amarran las naves, son de plata maciza, los hombres poderoso llevan sobre sus cabezas ricas joyas de oro, brazaletes y corazas de plata, sus perfumes confunden a los hombres y la princesa Eritrea poseía el don de matar a los hombres con sólo el poder de su sonrisa.



2
La memoria es delicada como una mujer, si la cuidas bien te sirve, si la cuidas mal te abandona. Argos me manda que adelgace, comer demasiado es un vicio de estúpidos, y me prescribe un régimen o despreciable dieta de esclavos: frutos secas y salazón, algo de aceite crudo de oliva en ayunas y baños de agua fría para el dedo con una refriega de aceite de salvia, zumo de limón y maceración de romero. A pesar de su rostro de profeta, en su cara anidan ojos de niño, no son expresivos y parecen encarnar la melancolía de una fiera tras las rejas, que dejan pasar su mirada en añorada libertad. Se lamenta de la pérdida de su condición de salvaje, presta los ojos a su cuerpo como un adorno o una ajorca, por ello, como la fiera enjaulada, mi galeno mira con un brillo que no dice nada, sin atravesar las dunas del asombro, la soledad del niño entregado a la orfandad impuesta por un cuchillo en la madrugada por robar madurez a cada día que se le escapa. El ayuno es vivir en lastre constante, con el peligro del mareo amenazador, que es un ser sobrenatural que te persigue en lucha oscura para sumergirte en sueños leves, pesadillas de gula de la que nunca bajas de la higuera de las brevas negras. Mi rico exceso de peso se lo achaco a mi olfato, en cuanto huelo la comida me entra un hambre de acoso insobornable. Siempre hacemos promesa, despreciando nuestra falta de voluntad, de que vamos a aceptar una dieta, sobre todo cuando nos hallamos hartos de comida y nos sentimos culpables de haber pecado con las delicias de algunos dátiles en los postres o en una reclusión del gusto. Me ha prohibido el vino dulce de Heldón, me ha cerrado las espitas de las ánforas de vino, precintadas como las puertas de una ciudad asediada por un ejército invasor, ese vino aplastado en la boca que parece sol encerrado en ánfora al verterse sobre el vaso de cerámica pintada de Camares. Al beberlo, el primer sabor te hace sentir el placer de estar en la cuna, luego baja la depresión hasta el estómago y en él te deja un ardiente calor, como un vértigo, una sensación casi privativa de soberanos, seguidamente alcanzan a la razón, que grava la lucidez, y enturbia los sentidos y te hace olvidar la mala experiencia anterior. ¿Tendré voluntad?, me pregunto. Luego me lo prometo siempre, en esa promesa empeña uno su palabra de honor como una joya ante el prestamista (mientras más grande es la promesa más terrible es la deuda). “No beberé más que agua de la que recojo de la lluvia directamente cual soberano con miedo a ser envenenado”. He renunciado al placer de comer la carne asada de cabrito sangrante sazonada con especias de Asia, las huevas de esturión salado, al paté de faisán, aves salvajes, tortas de harina de trigo con sésamo y cayena. El apetito es cómplice de los goces, mientras espero el beso corto del plural de los días.
Argos es un gran charlatán, cualidades que heredó de los mercaderes de Tarsis. Como todo buen galeno, y esta cualidad es, en definitiva, su oficio y su vocación: la del falso aliento, la falsa esperanza, el engaño sutil, la promesa de mejorar; cree que la enfermedad se cura sólo con la medicina del tiempo. Argos ve el interior de nuestro corazón, comparte nuestras vidas, y yo parte de la suya. Se educó en Tarsis, ciudad junto al gran lago que forma el río Tartessos, próximo al mar, cuando mataron a su padre, el príncipe de Caramkolo, huyó de Tarsis con su madre la mujer de la sonrisa tartéssica, y después de diez años por las ciudades del gran mar, se instaló definitivamente en esta ciudad de Tiro.
La amistad del galeno y el enfermo debe ser mutua, el galeno se convierte por un momento en discípulo del enfermo, seguirá las señales inequívocas que marca el dolor, perseguirá y se entregará a combatirlo con las armas de sus ungüentos; ¿se puede conseguir un dominio del galeno a través del dolor del enfermo? El que vive esclavizado al dolor desea liberarse de su villano amo; ¿desea el galeno liberar al enfermo de las argollas del sufrimiento?, ¿acaso no se verá turbado o cohibido ante la impotencia de calmarlo o de doblegarlo o quizás sin saberlo vive del dolor ajeno? ¿Es lícito preguntarse si quien forma parte del mundo de los enfermos tiene interés en su curación o, por el contrario, espera impotente el mayor grado de los desenlaces? Tal vez es sólo un oyente de lamentos que no llevan a nada. Argos no me contestó a estas legítimas dudas de desesperada improvisación, quizás llevaba demasiados años atrapado en el mezquino mundo del trato con los enfermos, perdido en el erizado lomo peludo de su corazón. Cuestiones en libertad de pensamiento que me aliviaban y compensaban en cierto modo el soportar el dolor que me producía, cual moneda de cambio. Preguntas inoportunas y, a veces, hasta insultos de desahogo necesario: "¡Eres hijo de una perra ramera!", le grito. Mi mayor ofensa se la lancé el último día que estuvo aquí a curarme pero él no se inmutó, aceptando ese derecho que el enfermo cree tener ante su galeno, el de inculparle de su mal, de no sanar con la celeridad esperada, como si el sastre de la salud tuviera culpa de los achaques del cuerpo.
Ahora, yo vivía bien como traductor y escriba independiente de la corte -arquitecto de la palabra- en Tiro, ciudad del libre comercio y bajo el Código de rey de Hiram con los males inexcusables de la vejez. No me puedo quejar. Vienen a mí mercaderes, marinos, agricultores, pastores, soldados para que confeccione testamentos, contratos de compra y venta, mensajes y traducciones, que puedo hacer en cinco lenguas: hebreo, sumerio, cretense e hitita. Sin embargo los males de la edad han conseguido reducir mi actividad, hace semanas que no puedo atender directamente a mis clientes, mi atención personal se ocupa por entero al cuidado del maldecido dolor del dedo gordo. También he abandonado mis investigaciones de perfeccionar y crear una escritura que sustituya a los pictogramas por fonogramas : un signo para un sonido. Nuestra lengua nos limita en el pensamiento y en la idea, busco algo que simplifique la escritura para conseguir ahorrar tiempo y abaratar los costes de tablillas de arcilla, estaños o papiros del Nilo y estilo de marfil. Creo haber descubierto una escritura alfabética, para abandonar la ideográfica, que es limitada en signos. Me encuentro ante la clave de un gran hallazgo: la de usar un alfabeto de 22 caracteres, las posibilidades de combinación son infinitas. Estas, mis memorias, están escritas con este sistema, lingüístico. Trato de mejorar el soporte antiguo de la escritura sobre tablillas de barro y el estilo, el más reciente invento ha sido el papiro de fibras vegetales, pruebo con cueros de cabritilla y tinte del caracol de la púrpura, aplicada con pincel de pelos de conejo. Para mis investigaciones apliqué el oído en los zocos y puertos en busca de palabras nuevas, porque muchas las inventan cada día las gentes para nombrar sus mercancías, me dediqué a coleccionar palabras. La palabra es la mejor herencia que dejamos. Deberíamos ser capaces de escribir la palabra, el pensamiento, la idea, el tiempo.
Me propongo volver a escribir o mejor debería decir, revisar la verdadera historia del rey David y su corte en Jerusalén, y no aquella historia arreglada que me contó mi madre Betsabé, una historia a su medida, para agasajar a David en sus cumpleaños.


3
Esta mañana turbia del mal dormir y del tiempo mágico en que se llenan los aljibes, esta mañana que se me muere en los brazos, en que empiezan las lluvias del noveno mes, tiempo abominable para mis dolores de rodillas y tobillos, el barro en las calles; me siento mal, muy mal. He llamado a mi esclavo Marsé para que venga hasta mi lecho y me ayude a levantar para poder orinar, beber agua y comer alguna fruta, esta dieta me está torturando. Marsé no ha contestado a mis insistentes llamadas, el muy vago no le gusta trabajar aunque comer sí le agrada hasta saciarse como un lobo. Insistí con mis gritos, a veces el silencio es más elocuente que las propias palabras, no obstante, ahora son la voces quienes pueden transmitir mis necesidades, mi llamada no era atendida, he pensado, pobre Marsé, que se merecía un castigo, unos azotes por su falta de diligencia. Me he levantado con gran dificultad, la mañana pertenecía a esos días en el que el dolor no se apiada de nadie y se extiende por la ciudad como un dios de la muerte, he conseguido arrastrarme por el suelo y avanzar unos pasos hasta asomarme al arco de mi aposento, las nubes, raras en estos parajes, se habían apoderado del cielo con un tronar que aventura la deseada agua, pues no recuerdo desde cuando no llovía en esta ciudad amurallada de Tiro. He alcanzado el flagelo de su percha y lo he tomado con fuerza, casi con ira pecadora para darle un festival de palos a las espaldas de Marsé, me he acercado como pude, a rastras, nadie se apiadaba de mí, hasta su aposento. Mientras he caminado con mi torpeza ruidosa, estaba seguro de que le sorprendería con un amante, distraído en el amor, yo me arrastré hasta su lecho quejándome y a la vez voceando para alertar a mi ineficaz esclavo, todavía podía librarse del castigo eminente si era capaz de acertar adecuadamente y, sin titubear, de forma convincente a mis acusaciones de vago y mal servidor, si se repetían sus desobediencias lo vendería en el zoco o lo cambiaría por otro más sumiso y necesitado de servir con alegría y dignidad. Al ver a Marsé me quedé patidifuso, estaba completamente desnudo y tendido boca abajo en toda su longitud con las muñecas amarradas a las maderas del lecho. Tenía la cara vuelta hacia la izquierda y la lengua muy sacada, el color de su rostro no me gustaba entre el azulado y el violeta, tenía yo la mano levantada con el flagelo para azotarle cuando temí, que posiblemente yacía muerto. Lo llamé por su nombre, pocas veces lo hacía, pues casi siempre le decía esclavo tonto, y con eso se contentaba, pero ahora no respondía, toqué su cuerpo y el tacto me comunicó su gélida temperatura corporal, permanecía rígido, y esa rigidez me daba a entender que llevaba muerto toda la noche. Me he quedado conmovido. Nadie sabe lo apenado que me sentía. Tenía la cara roja, los ojos saltones, la boca semiabierta y la lengua salida. Le he cortado las ligaduras que le inmovilizaban las manos por detrás, y al darle la vuelta, me di cuenta que le habían estrangulado con un cinturón con fíbula grande, la cual tenía una figura que por ahora no podía descifrar. Su túnica no estaba en su cuarto.
Lo han asesinado en mi propia casa, el asesino también pudo haber aprovechado la ocasión y matarme a mí también. De inmediato, como un avaro he temido por mi oro, luego lo conté, y para suerte de mi los pocos días que me quedan, no se han llevado ningún objeto de valor. Lo tengo guardado en una especie de pared falsa detrás de un escudo de bronce, difícil de descubrir, me sentía orgulloso de la idea del escondite. He grité, y a mis gritos ha acudido Rut, la cocinera. Le he pedido que con el hijo de mi vecino Herisiodo el focense, mandara recado a mi galeno Argos por si tenía algún remedio contra la muerte de un esclavo, aunque de alguna forma lo que le pedía era consuelo a un dolor inexplicable: el de la muerte de un amigo. Cuando ha llego, pronto como siempre al sonido de mi bolsa, me dijo que no había nada que hacer, estaba muerto, lo he sentido mucho. Le he suplicado que avisara a la justicia de la ciudad, me ha respondido con toda normalidad: en Tiro la vida de un esclavo no tiene protección legal, no está bajo el Código del rey de Hiram, únicamente los ciudadanos de Tiro y hombres libres lo están, quizá investigarían su muerte, pero en este caso un esclavo más qué importa, nada de nada, ten en cuenta que un esclavo es como una mula, mueren cientos diariamente y ni se entierran, se le da a los buitres, tomarles cariño es un error, añadió que diariamente morían esclavos a mano de sus amos o en accidentes de trabajo, si mi esclavo había muerto, lo mejor era comprar otro.
A pesar de ello yo no me he conformado con semejante disertación de pasante de leyes, sobre todo porque el asesino ha profanado mi casa, no ha respetado mi propiedad ni siquiera mi sueño, a mí me ha quedado el derecho de defender lo que era mío: mi propiedad, mi casa y mi intimidad. Así que, no siguiendo el consejo de Argos acudí al juez de Tiro en brazos de un porteador de alquiler, y cuando he llegado al templo del pueblo, se lo he contado a un escriba secretario, el muy áspero y silvestre, me ha mandado a espulgar galgos, dijo que no podía perder el tiempo en buscar a los que sacrifican esclavos, perros, gatos o camellos. A pesar de ello he insistido en mi denuncia, lo que acabo de ganarme ha sido una amonestación y un responso, con su dedo despreciativo me ha señalado públicamente como a un peligro público, como dando a entender que si con los esclavos se tenían consideraciones de ciudadano, qué sería de las prosperidad de las ciudades, ellos, los esclavos, son peligrosos, únicamente piensan en su libertad, poco a poco se revelarían contra sus amos y contra Hiram, el rey de Tiro. La gestes que esperaban audiencia me miraban con ojos lapidarios.
Han pasado unos días sin que yo me contente con tal sacrificio inocente de mi esclavo, que si bien, no ha llegado a tener los derechos de un hombre libre, yo sentía, en la raíz de mi corazón, una pena inexplicable, me pregunto sin hallar respuesta, por qué su sacrificio, quién, a causa de qué, cómo. Marsé era un esclavo joven, rebelde y vago como todos, debía tener treinta años, alto y fuerte, buena dentadura, cara de guerrero, pelo ondulado y su piel era oscura con tonos aceitunados, pero no negro, ni egipcio, llevaba conmigo seis años, lo compré por cuarenta siclos de plata en el mercado de los esclavos de Tiro, necesitaba a alguien que ayudara a la cocinera, y además, a mí, con mis múltiples achaques me servía para que me llevara en brazos de un lado para otro, o hiciera recados por razón de mi trabajo de escriba, a los clientes le gusta que le lleven los trabajos con prontitud. Era oriundo de Cirse, junto a las montañas cercanas a Troya, no hablaba el hebreo ni lo más imprescindible para que me pudiera servir. El hebreo es una lengua sagrada que no se le puede enseñar a los bárbaros, además jamás podrían leer un texto.
Me he propuesto a investigar su muerte. He pensado en las pruebas, en los nudos de las ligaduras, sin duda era de los utilizados por los caravaneros de camellos, los recuerdo muy bien cuando de niño vine a Jerusalén desde la ciudad de Mari, con la caravana de Almator cuando a la muerte de mi abuela, me mandó llamar mi madre. Sin duda la ligadura en sus manos eran nudos para atar fardos de lino en la barriga de los camellos, un nudo corredizo que conforme se va apretando no se suelta, las ligaduras que ataban sus fuertes manos eran tiras de telas de lana que la habían cortado del túnico de Marsé. No comprendía cómo un esclavo fuerte como Marsé se había dejado atar de tan vil manera. Además como pieza de convicción tenía la correa con la que le estrangularon de cuero fuerte y fíbula con una forma extraña que por mucho que la miraba y la deba vueltas no hallaba lo que representaba. ¿Por qué se habían llevado su túnica? Como no podía andar, mandé a Rut, la vieja cocinera, al barrio de los talabartero para que le dijeran de qué animal estaba hecho el cuero de la correa, para mi tacto era del todo desconocido. Cuando volvió de mi encargo le dijeron que era de piel de hipopótamo.
A Marsé lo habían estrangulado con una correa de piel de hipopótamo, ni siquiera con el cuero del vientre de un caballo. ¿Por qué se hallaba desnudo? ¿Cómo se dejó atar? No comprendía tanta docilidad. Le debieron poner la correa mientras estaba tendido boca abajo, puesto que hubiera sido imposible cerrarle la correa en la nuez de la garganta. He vuelto a examinar con toda minuciosidad su lecho, metí el ojo en todas partes, por mi cabeza han entrado y salo amplitud de sospechas, y para mi desilusión y disgusto, he encontrado sobre la estera de su lecho una mancha seca e incolora, lo que supongo: semen seco. Ello me lleva a pensar que de seguro lo violaron por el ano o acaso Marsé era homosexual, no lo sabía, desconocía esta circunstancia. Practica muy habitual de los amos con sus esclavos, pero yo jamás practiqué la homosexualidad porque soy eunuco desde que llegué a la corte del rey David, y sentía por Marsé más que deseo carnal o amor de los sentido urológicos, simplemente, un extraño querer imposible de amigo, sentía aprecio, a pesar de que esta mañana me he enfadado. Dulcísimo amigo.
En mis sucesivos sueños no he dejado de especular y ver el rostro triste de Marsé, que me pedía venganza, que le ayudara a encontrar a su asesino, incluso llegué a sentir por la noche pasos y que los objetos se movían solos, como si se tratara de un espíritu errante. Otras veces me parece verle por la casa, cualquier ruido creo que es de él. he investigué con tanta vehemencia que he llegado a perder mis dosis de sueño. Lo primero que he hecho ha mandar a Rut al zoco de Tiro, a la tiendas donde normalmente hacía las compras averiguar si tenía alguna amistad femenina o masculina. Durante seis años que fue de mi propiedad, tuvo tiempo suficiente de conspirar a mis espaldas. Recuerdo que una vez vino a casa muy tarde llorando, le pregunté qué le pasaba, pero no me contestó, yo no le hice mucho caso, puesto que los esclavos son muy teatrales para sus cosas, lloran o te imploran frente a un castigo con gran astucia. Sigo trabajando en mis rollos de pergamino y papiros, sobre mi biografía. La escritura es siempre una forma de encontrarse a sí mismo, es un acto de memoria, un placer.



4
La memoria sigue ardiendo entre las cenizas de los recuerdos olvidados. Mi cuerpo nunca me ha servido bien, menos aún a esta edad avanzada en que me hallo pegado a los sesenta, équido sin alas, no me ha dado placeres, ninguno de la carne, sino del conocimiento, de la lectura y de un sentido especial para conocer a cada hombre en cuanto abre su boca; soy un viejo que tan sólo añora una sepultura digna (la tengo debajo de la casa en la que vivo en Tiro) mirando al mar de arboledas olas hasta los astros, de tempestades como montañas que son recuerdos de navegantes y mensajes de los cielos.
Argos me ruega que jamás me queje a quien no sea galeno, nadie puede hacer nada por mí, asegura, el muy charlatán, que la vejez también posee su encanto y sus bendiciones, maldito charlatán, la gente respeta a los ancianos y les hablan con deferencia y escuchan sus fuentes de sabiduría, tampoco esto me tranquiliza, tal vez, los que buscan el placer como fin de la vida, tengan razón: "saborea cada instante de la vida desde todos los ángulos, pero sobre todo desde uno muy especial, el de lo positivo". Creo que la vejez es un estado en el que no se siente compasión por nadie.
Han matado a Marsé y, yo, con cierta quiasmo me pregunto ¿qué siento yo hacia él, lloro por llorar y a veces lloro sin querer?, la respuesta es inmediata, lloro por mis pies, o tan sólo es que, la pérdida de una necesaria propiedad, no es lamentable, en mi interior escucho una voz que me calumnia, un sentimiento de culpa inexplicable.
Para calmar mi insistente y obsesivo pensamiento, le pido a Argos que me cuente historias de su Tarsis lejana, a la distancia de tres años de navegación, ciudad isla amurallada en medio de un lago del río de los hipopótamos, donde los hombres son ricos y los yugos de sus bueyes se funden en plata maciza como las cabezas de los bueyes de Creta. Mi galeno, verdugo de hombres por placer, sabe muy bien que mi bolsa es de buen peso en plata y oro de Ofir y mientras el metal posee la atracción del trueque siempre habrá algún tonto a mi alrededor, junto al traidor metal siempre acude el médico, el sacerdote del templo y el rey. Para acercarme a Argos o él se acerque a mí, con la sutil intención de que me ayude a resolver el suceso de mi esclavo, le pido que me cuente su tragedia junto al río Tatarssos, le prometo escribir su historia. La voy a titular: LA SONRISA TARTÉSSICA. Empiezo a escribir en la lengua ugarita:

LA SONRISA TARTÉSSICA.
Vivía en la ciudad-isla de Tarsis –en el lago del río del mismo nombre- un viejo rey llamado Geryón, el señor de la plata, de varias mujeres tuvo muchos hijos, destacó su favorito, el llamado Mezita, principe de Caramkolo, y una hija llamada Erithea, la mujer que mataba al sonreírte, ella era la dueña de la sonrisa tartéssica, el arma que codiciaban todo los príncipes enemigos. A su vez Geryon tenía un hermano llamado Algís, rey de Mainake, que tuvo una hija llamada Argárica, la cual quiso casar con su sobrino Mezita en unión de reinos. Cuando la princesa Argárica viajaba desde Mainake a Tarsis por el camino interior de Arunda y Acipino con una escolta de treinta hombres de guerra y otros tantos siervos, al cruzar el río Cibus fueron recibidos por la escoltas de Mezita cerca del poblado de Karmona celebraron una cena previa al casamiento, y traidoramente fue envenenada con beleño la princesa Argárica y toda su escoltas.
El asesinato por envenenamiento de Argárica enfureció terriblemente a Algis, rey de Mainake, de tanta ira fue su cólera que para vengarse de su hermano se alió con los focenses de Gadir para asaltar la ciudad-isla de Tarsis y dar un escarmiento a su hermano Geryon. La ciudad poseía un puerto franco, y a un tiro de flecha la muralla de la ciudad rodeando el perímetro a la orillas del gran río-lago. Existía una única y fortificada puerta inexpugnable que se abría y cerraba veloz por un sistema de contrapesas. La única posibilidad de entrar en la ciudad debía ser la astucia y la sorprender, entrar en el puerto era fácil, lo casi imposible burlar la vigilancia de la puerta de Tarsis no era fácil.
Con tal fin, construyeron los focenses una gran nave, un pentekóntori, los calafates de Algis la forrado con abundantes láminas de plata bruñida para que no se quemara la madera, la láminas eran gruesas y unidas a la madera del casco y cubierta por clavos del mismo metal. La quilla de estas naves se construían con madera de roble y la roda con madera de roble cerca de la raíz, las cuadernas se doblegaban al vapor así como las tablas del forro exterior, pero estas eran de madera de pinsapo. La plata fue untada de pez, y en cada costado asomaban cinco grandes ojos por donde, en un momento determinado se prendía fuego en calderas de aceite. Más que una nave, querían que pareciera un monstruoso marino cubierto de llamas, que distrajera por unos momentos a la guardia de la muerta, y al ver en el puerto una nave ardiendo acudirían con intención de apagarla. Pero cómo neutralizar el arma mortal de la sonrisa de la princesa Erithea, para ello construyeron un yelmo cerrado de plata y colocárselo a la princesa, de esa forma neutralizar la sonrisa mortal de aquella mujer, que al sonreírte de mataba. No que no sabían los asaltantes es que, por aquellos días, por suerte, la princesa Erithea, estaba lejos de la ciudad de Tarsis, descansando con sus doncellas y esposo en la granja de Caramkolo. Pero tanto Argos, el hijo de Erithea se hallaba en Tarsis.
La trampa consistía en ocultar dentro de la nave en llamas a cuarenta guerreros fieles a Algis, más dos bueyes de los que embisten con fuego en los cuernos...

Le pido a Argos que deje de contarme las historias de Tarsis, estoy cansado y me duele las piernas, otro días seguiremos. Se ha ido la luz del día, y ya no puedo escribir a contraluz.
Sorprendentemente cuando he notado el dolor en mis huesos, ha empezado a llover, aquí en Tiro, donde jamás llueve, sigue lloviendo con cierta resignación de lo inútil, merece la pena salir a la calle y oler la lluvia, cuando llueve todo Tiro sale a al calle a mojarse de bendiciones. Dejar de escribir y contemplar cómo se forman charcos de agua. He recordado a Marsé cuando venía empapado de agua, pero qué se yo de él, ni de su familia, acaso le pregunté alguna vez por su pasado. ¿me importaba su pasado? No, sinceramente no, un esclavo no tiene pasado.



5
Argos se queda a mi lado, miramos la lluvia (venganza del cielo), mientras yo le cuento mi infancia y juventud, que fueron, sin duda alguna, un manotazo de tragedias sucesivas, quien nace marcado por la desgracia o las iras de Yahveh jamás se endereza su destino. Cometieron conmigo toda clase de abusos y humillaciones. Mi padre se llamó Urías el hitita o el heteo, y mi madre Betsabé la hija de Eliam o Alitojar entre lo israelitas.. Cuando mataron a mi padre yo tenía un año de edad, mi madre me ocultó de los ojos del rey David y me mandó con mi abuela a la ciudad de Mari cerca de Babilonia, más tarde el rey David la tomó por esposa.
Mis hermanastros y entre ellos el apuesto y mimado Salomón, hijo del David el rey pastor y Betsabé (mi madre), nunca supieron quien era yo, ellos me conocían por el escriba y se acordaban de mí en cuanto tenían la necesidad de mandan un mensaje. David, David..., todavía, cada vez que oigo su nombre maldecido por la irreconciliable herencia de un orgullo que en su último gesto había optado por cegar a la propia sangre para no tener testigos que le recordarán sus abusos, su recuerdo, me revuelve el corazón en cóleras que tienen fuego propio y brazos de encinas secas.
El rey David mandó matar a mi padre Urías para quedarse con mi madre, y no se lo puedo perdonar, el hombre debe perdonar pero no olvidar. Las voces acusadoras del pueblo de Israel todavía se escuchan en la memoria de los muros de Jerusalén: "El rey David ha mandado asesinar a Urías y ha tomado a su viuda como esposa", proclamó el pueblo a voces de silencio, sí, es cierto que no lo voceó por las calles protegidas por un miedo a la insurrección, pero todas las gentes lo comentaban en privado de boca a oído, y de oído a olvido, como si los sentimientos de miedo o amor u obediencia no se llegaran nunca a conocer, como si nunca hubieran tenido buena vecindad, como si su diferentes densidades les hicieran enemigos, sentimientos siempre dispuestos a herir a una conciencia no alertada, no preparada, indefendible para qué seguir, si lo que sabe el pueblo es siempre la verdad, porque el pueblo es la sabiduría recopilada, el pueblo sabe cuando miente el poderoso, millones de ojos advierten un parpadeo o un mal mirar en la cara del embustero, y luego se comenta y se dice, y se dicen pensamientos y, se contrastan ideas, siempre dejarán una herida manante, una herida sin coser en un testícu1o castrado. Si las gentes saben en su conciencia, en su innata masa de fuerzas y golpes, que David es culpable del asesinato de mi padre, lo es con cabal certeza, más yo me pregunto, con derecho a dudar y a inculparle como hijo de Urías el hitita, ¿quién lo juzgará, si su Jehová sobornado o un Dios árbitro y verdadero, o en definitiva el clamor del desierto, las egoístas murallas de la ciudad, la paja esquiva que corre por las calles y que sale de los adobes de barro reblandecido por el llanto de los que piden justicia? Tantas esperanzas de justicia quedaron en un encuentro ceremonial de David ante el profeta Natán.
Juré que algún día mataría a David, no podía mientras era el ungido por Dios, el protegido de todo mal, asesino de mi padre y de hombres, obseso sexual, con estas manos, hoy temblorosas, pecosas de otoño donde se refugia el odio, porque no podía esperar, justicia ni de su pueblo ni de su Dios, rara vez un suceso como éste no es amordazado por el poderoso, -¿cuántos esclavos, guerreros y pobres mueren a cada puesta de sol (cada día se cierra de un portazo)?-. Supe la historia de mi desgracias el día de mi circuncisión por boca de mi abuela Azarías en la ciudad Asiria de Mari. Cuando el rey David tomó a mi madre, ella estaba casada y además me tenía a mí con cuatro años, Betsabé la bella o la sabia, hija de Alitojar uno de los generales del rey, no pudo negarse ante los deseos del rey y de su padre, por ello me apartó de su lado cuando ocurrió la accidentada muerte, versión oficial, de mi padre y me escondió con mi abuela en la ciudad de Mari, a orillas del río Tifsae o “vado”, y todavía, como en una frenética confusión, recuerdo la presión de su mano cuando me llevaba para entregarme a mi abuela, una mano sudorosa, floja, suave, mano que me hablaba de una feroz despedida, sin duda era un mensaje escondido en el hueco de su mano y un camino final donde conducían todas sus palabras, no una confesión ni un perdón, sino una cruda despedida en el que ella, después de abandonar el mensaje invisible de su mano en mi mano, apartó de su rostro el llanto con el velo y la mirada como el que ha mentido. Marché con mi abuela, con el corazón mustio, con una separación de cuerpos que más tarde se volvieron a juntar, con un llanto anegando deltas de dolor interior de desprendimiento de carnes.
Argos el tartesio, el hijo de Erithea, me escucha complaciente y a la vez asombrado, es un hombre alto y delgado, de piel con apariencia de las aceitunas y ojos zarzos, debe tener entre cuarenta años y la muerte, pues, aunque sus cabellos blancos y ondulados hacia atrás -muestran una frente despejada- y su barba larga con bucles grises dan un aspecto de vejez avanzada, aunque su túnica, que es como una especia de sayón largo hasta los pies con mangas anchas, bordada con algunos encajes de seda, le envuelven en una elegancia admirable y todavía más sus manos rebosantes de dedos delgados y largo, un tanto huesudos y frágiles para su duro oficio de sanador. Me doy cuenta de que me hallo ante un hombre de expresión poderosa en su rostro, naturalidad de movimientos, y su aspecto de extranjero ofrece una cierta reserva no obstante sus ojos zarzos de niño, no son penetrantes como los de color negros y a ellos les favorece en la levedad de una aterciopelada mirada, sonreí a con cierta disposición a agradar y buscar la aprobación de otra sonrisa, que es siempre como a una llave al buen humor, aunque algunas veces la encuentro fingida y vana en aquella espesura de seriedad que los bucles de su barba ocultan la verdadera intenciones de sus sentimientos. Argos no conoce mi historia y yo, terco con mis pesares, se la he de contar durante las curas que ha de aplicarme cada día, para eso le pago, se paga para no tener dolor o para que te escuchen los lamentos y las quejas, es grato hablar con el galeno porque es el único que escucha tus males a la fuerza, y este gesto, sin duda es un gran alivio, porque en realidad ¿quién te oye?, nadie. Cuando hablas de tus problemas la mente del interlocutor viaja con comparaciones extrañas, inventa argumentos negativos para evadirse, para escapar en un nuevo hallazgo de su mezquindad (y en cuanto le cuentas tu enfermedad él te dice que conoce a un familiar que tiene la misma enfermedad y que se curó o bien se murió con terribles dolores), mientras por el contrario, ningún galeno se retira del lado de un enfermo hasta que la vejiga suelte su último oro, que si es sólido mejor que mejor.
Cuando cumplí diez años, murió mi abuela Azarías en la ciudad de Mari en la que nos encontrábamos desde hacía otros nueve, y al quedarme sin protección familiar, mi madre me mando traer en secreto desde Mari en una caravana de arameos de Damascos, envió a por mí con su esclavo Salim, el tuerto, tras un largo viaje de varias lunas por desiertos, aldeas y ciudades llegué sano y salvo a Jerusalén, la ciudad cien veces purificada. Llevada varios días en Jerusalén cuando mandó mi madre que me llevaran a palacio bajo la artimaña de la esclavitud. Una mañana visitó Betsabé al zoco de Jerusalén donde se vendían los esclavos y cuando regresó a palacio me presentó al rey David bajo la excusa de que yo había sido comprado en el zoco. “Es un joven babilónico que tomaré a mi servicio”, dijo ella. El rey añadió: “no quiero a asirios ni filisteos cerca de mí, si se queda y así veo que es tu deseo, vivirá con las mujeres en el harén y para ello deberá ser castrado” . O capado. lo que era los mismo, extirparme los órganos sexuales”. Ella contuvo sus sentimientos de dolor y no quiso escuchar mis gritos de dolor, no mostró privilegios hacia mí ante los demás servidores, sin una mirada de cariño, sin un beso, sin un abrazo que delatara su maternidad, me trataba como a uno más de sus servidores del harén, como una forma de protegerme y de tenerme cerca, luego fui servidor de Ammón mandó que me ensañaran el arte de la escritura, el mejor regalo, y así fue cómo llegué a ser escriba particular de Betsabé.
Pasé los años en la disciplina del aprendizaje de la escritura hebraica, nadie tenía compasión de mí, ni los sacerdotes ni los sabios profetas. Un día ella mi madre dijo: toma un pincel y rollo de papiros y escribe todo lo que te dicte, divídelo en capítulos y versículos y lo titulas DAVID EN LA CORTE.



Yo empecé a escribir:
Unción de David.
16. 1 Dijo Yahveh a Samuel: “¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, después que yo le he rechazado para que reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a jesé de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí”. 2 Samuel replicó: “Cómo voy a ir? Se enterará Saúl y matará”...

Así fue dictándome hasta el capítulo 31. Cuando lo tuve escrito, en un largo rollo, se lo regaló al rey David para su cuarenta cumpleaños, en prueba de obediencia y admiración por su señor. El rey David, se mostró muy complaciente con lo que se había escrito sobre él, los sacerdotes no tuvieron m´s remedio que dar su aprobación. Fue un rollo que cada mañana leí y releía el rey.
Otro día mi madre quiso complacer al rey con otros capítulos. Me dicto DAVID REY DE JUDA.
David se entera de la muerte de Saúl.
1. 1 Después de la muerte de Saúl, volvió David de derrotar a los amlecitas y se quedó dos días en Siquelag. 2 Al tercer día llegó al campamento uno de los hombres de Saúl, con los vestidos rotos y cubierta de polvo su cabeza; al llegar donde David cayó en tierra y se postró...
Así hasta el capítulo 12.
Cuando Betsabé regaló el rollo a David quedó muy contento y desde ese instante, dejé de ser un anónimo escriba, me presentó a la corte y me protegió y fortificó con un anillo real. Quiso que me encargara de ordenar sus papiros y su biblioteca. Desde ese momento tuve el honor de que el rey me llamara “el escriba filisteo”, porque jamás fue capaz de aprenderse mi nombre. Mi madre había ganado prestigio y enemigos, esto sucede cuando se sobre sale a la fama. También recuerdo perfectamente palabra por palabra cuando el rey me dictó la Ley del Talión. Me sentí como inducido a cumplir esa ley contra él: “Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”.

Disculpa amigo Argos estas libertades, escucha los versículos que van dirigido a ti: 1 - Perdona Señor a este galeno por disimularme la muerte, aunque hay algo que uno no puede evitar, y es, “ ¡maldito seas!”, someter la mente a la penumbra eterna del mandras. 2 -Perdónalo por hacerme sensible del casto dolor, por sentir vergüenza cada vez que me quejo desnudo ante él y ante mis irónicos siervos. 3- Perdona Señor a este gentil tartesio de madre filistea que me saca el dolor a tiras, que si sigue de esta forma, "¡ay!” por tu dios, hijo de un bandolero que huyó al monte" te voy a pagar el doble para que la próxima cura no te cebes en mi dedo pimentón triángulo donde se ha reunido todo el dolor prófugo del mundo. Por mi Dios que haré sacrificios, un buey, dos bueyes, un esclavo si es necesario, pero aparta de mí ese cuchillo.
Gran porción de mi vida juvenil, años que son caballos por detener ante el abismo, la pasé dentro del palacio de David, primero me crié entre las esclavas del rey como una mujer más, oliendo sus perfumes y viendo sus cuerpos desnudos, sus pechos, sus insinuaciones, sus celos, y su lucha por ser la favorita real. Luego, conforme fui creciendo me encargaron otros cometidos de más responsabilidad ordené los sacrificios semanales en el ara del templo, sus contratos, papiros y cartas, fui escriba de sus Salmos y redactor de su vida en cuadrilla por el desierto que me iba dictando Betsabé, y en mañanas de trabajo como escriba del sacerdote Abiatar de la casa de Elí, él único superviviente de la matanza de Nob por parte de Saúl, ahora Abiatar servía a David en la alta jerarquía sacerdotal del Templo. Nuestro común error fue el ser partidario da Adonías, el heredero natural de David. Esta mañana mi aspecto físico no es bueno, en mi piel se puede leer mi vida, la túnica disimula mi dilatada panza, pero no mi cara excesivamente ensanchada que me hace parecer un buey coronado con magníficos príncipes hereditarios, con voluminosos carrillos y un labio inferior caído en parálisis como de un mono de Ofir, algunos confundirían mi aspecto con la de un pescador de cara endurecida por la dieta de asqueroso pescado y el viento enemigo; la gente piensa de mí que soy vengativo y que no perdono las malas acciones, que tengo un carácter, callado, reservado, que soy de los que escuchan más de los que hablan, sin duda tienen razón, porque si miles moscas dicen que las defecaciones de los caballos están deliciosa ha de ser verdad.
No entienden mis criador de Tiro que es mejor callar que hablar, porque cuando uno habla mucho se deslizan graves errores. Sé que me llaman de apodo a mis espaldas "El Cojo", paso mis días en el lecho como si mi cuerpo me pidiera un necesario y acuciante reposo y una larga meditación, al andar, cuando practico el equilibrio, cae mi cuerpo hacia el lado derecho, doblo hacia afuera el eje de la puntera del pie derecho, y eso me hace desequilibrar, mi forma de andar resalta entre los demás por la acumulación de defectos más que por la elegancia de un joven apuesto. También sé que tengo otros motes más despreciativo entre mis servidores, como el de " El Castrado", pues de todos es sabido que lo eunucos de los palacios judíos, fuimos castrados, costumbre asumida de los jesubeos -las costumbres vergonzosas siempre han sido una herencia secreta que el hombre no ha podido dejar en el olvido-. Un verdugo de mano fría sin el dominio de la cirugía sumeria me castró a los trece años, al empezar la pubertad, sentí un dolor de crótalos tan intenso que las plantas de mis pies se encogieron, se me subió por dentro una serpiente que me mordía, la sangre descendía caliente como si me estuviera orinando, luego sentí uno a uno los pinchazos de una invisible punta de aguja de oro con hilo fino de seda (el verdugo tuvo mucha consideración porque a otros les cosían con una tripa seca de ratón), noté que algo me arañaba por dentro, por la tarde se me hinchó todo el vientre de una forma violenta, tomaron mis ingles gran volumen como si dos melones me colgaran, como si mis genitales hubiesen sido frotadas con ortigas verdes, más tarde llegó la terrible fiebre y mis delirios en los que me veía tirado en un pozo sin que la cuerda del cubo me sirviera para salir de allí, creo que estuve una luna entera convaleciente sobre el lecho.



6
Ahora tú me mandas a un lecho duro a propósito, mantiene una molesta rigidez, es el lugar donde vivo atado al suelo, una vara y media es suficiente para que mis pies no salgan de su vértigo, aunque la oda que canta un poeta me entretiene y me eleva el espíritu hacia los astros, ante la fatiga de este carro desvencijado de huesos que es mi cuerpo, cargado de años que me empujan con sus rueda de púas y epopeyas -campos que recibieron la herida de los cascos de los caballos y el fino aro de las ruedas de los carros, hierba que se sintieron presa de un corte circular- piedras que se movieron o que se defendieron con resbalamientos-, quise ser admirado por rodearme de poetas, pagué a mis invitados con versos y ellos se emborracharon con mi vino y hiervas alucinógenas, y sólo mi esclavo Marsé, poderoso bíceps de delicados dedos, tañía las lacerantes cuerda de una cornicabra lira en vez de emplear su fuerza sobre un masaje sedante. ¿Cuánto alivia la poesía al ser humano, en su propio entender, en sí mismo?, mi percepción de la vida ha ido variando con el tiempo, en todo ha de haber una solución distinta de la conocida, sigo pensando que la mejor solución es la no conocida, mi apestosa vida , entre la duda de matar o no matar a David ha sido uno de los fracasos más salvajes de mi existencia. En cambio, odio a los filósofos porque hacen de la realidad una mentira, y de la mentira una realidad fugaz, te señalan la línea en el horizonte marítimo y te dejan perdido a tu navegar de dudas. Y cuando aseguran que la venganza calma es mentira, la venganza genera una larga violencia y ni siquiera una corto placer. Posiblemente nuestra venganza sea una forma de demostrar a los demás que hemos cumplido con lo que se espera que se debe hacer en determinados casos, es una forma de instinto nuevo. Aunque cumplo con ayudar al templo, soy gentil desde hace cuarenta años, pero he sido agnóstico antes, no creo en la existencia de unos dioses o la de un dios invisible, me enseñaron que es invisible porque es infinito ante el que tengamos que rendir cuentas, he aceptado las larguísimas ceremonias religiosas junto a los sacerdotes que se comían las ofrendas de los sacrificios como voraces lobos tras el holocausto, festín sacrílego. Líbranos de los Aspuras (espíritus malignos). Sabía que no podía existir un Ser todopoderoso porque debía ser justo, y no lo fue conmigo, ni con mi madre ni con mi infancia recluida en aquellas chozas flotantes sobre el río Éufrates donde la gente se moría de fiebres, mordido por las serpientes marinas y rodeado de leproso y ciego. Mis años educados por los sacerdotes, gran paradoja, me hicieron ser laico y rebelde ante la religión de una forma casi sanguinaria, con fuerte resentimiento hacia lo religioso, porque aquellos que se educaron con sacerdotes son los más críticos contra ellos. Me siento muy derrotado ante la injusticia, mi mente me traicionó con pensamientos de miedos, y es que se siente lo que se piensa. Existe una dualidad del panteismo religioso, los monoteístas como los judíos (intransigentes e incomprendidos por todo los pueblos, que ven enemigos por todas partes contra su Dios) y los politeístas del mar que creen en varios dioses, unos agrarios (Minos dios toro), (Sejmet, diosa leona), (Deméter el de la hoz de oro) y otros espirituales de salvación, mi infancia junto a mi abuela me enseñó a creer en la reencarnación, asegurándome que siempre estamos muertos, lo que sucede es que, de vez en cuando, nuestra alma vuelve a la vida, unas veces, convertido en seres humanos, otras como animales, plantas o montes, ríos o valles, según hubiera sido nuestro comportamiento en la vida anterior. Si tu eres el verdadero Señor y te sirvo, líbrame de mis enemigos de las fronteras de Israel. Quien conoce tu nombre secreto puede hablar con el Astro.
Es Tiro, ciudad de los antiguos foceos sobre una isla, amplio puerto, murallas, templos y el palacio real más grande jamás conocido, amplios patios, suntuosos muros, columnas de rocas lujosas decapitadas con formas de panes donde reside el rey Hiram. La casa donde vivo desde hace treinta años, no es muy rica pero posee en el sótano su fosa funeraria donde aún se guardan los restos de los antiguos propietarios, creo que en cualquier hueco caben mis huesos y con ello me conformo, con mi nueva vida en ultratumba.
Hoy me entero de que ha fallecido mi hermanastro Salomón, podría regresar a Jerusalén, pero para qué si mi madre también murió. El faraón de Egipto Sheshomq I o Sesac (el general libio que se hizo con el poder de los Tanis), el rey de Asiria Tiglat-Piléser II y el de Babilonia Samas Mudamiq han mandado embajadas para los actos fúnebres que durarán nueve días. Ahora queda la duda de si Roboam posee la capacidad de su padre para administrar un estado, ¿o, acaso, los israelitas, eternos enemigos de Judá, se quedarán quietos? ¿Volverá Jeroboán de su exilio en Egipto?
Creo sinceramente, que después de haber sufrido tantos peligros en mi vida, y haber sobrevivido a ellos, se me ha pasado el delirio de la certeza que el destino no existía, ahora creo en él y no que esté escrito, sino ratificado, me puedo morir cualquier día menos el día que no esté escrito en mi destino, por eso confío en él y en la magia, todas mis propuestas para resistir a la vida son inútiles. Ahora mientras Argos me hace un corto daño terrible en el dedo, escucho risas que son burlas y charlas de esclavos, se nota que a ellos no le duele mi dolor, y es que el dolor tiene una gran deficiencia que no es transmisible, que el dolor es solitario, que es unipersonal, yo no puedo comunicar a nadie mi dolor, por ello, los servidores y mi esclavo Marsé, suaviza el grito de las cuerdas de su lira, que es ella, las liras, único ser que siente mi dolor dentro de la vibración de sus cuerdas tensadas, la lira en la voz del que sufre el dolor físico, ella es la culpable de que muchos hallan perdido la cabeza, fortaleza del pensamiento -bienvenido al mundo de los locos en él todo es diferente, porque la vida es diferente en cuanto no trata de distinta forma cantos de sirena enloquecen a los navegantes odiseos, liras mal curadas en su llanto enloquecen a los solitarios, y la flautas -improbable sonido de faunos y quimeras malísimas-, atontas a las mujeres. No entiendo cómo, dedos o viento, pueden hacer que los instrumentos canten, por ese milagro de la música, dedos torpes llenos de voces, debería ser la respuesta, ¿cómo sabe la cuerda que su oficio es el vibrar cuando se la aporrea o se la roza? Cuando tocaba la lira yo me convertía en un auriga sentía en mis manos las bridas de cuatro caballos desbocados que fueron amamantados por los inagotables pechos de Atenea.
Fui escriba y calígrafo oficial, traductor de varias lenguas, envidia de levitas, pinté sobre el rostro de los esclavos y concubinas, hijos y bastardos, escribí tatuajes de propiedad, puncé las frentes de las bellas mujeres con tintas púrpuras de los caracoles, el cuerpo de las mujeres era mi papiro, ninguna superficie es más agradable que la espalda de una mujer para pintar un corazón, el nombre de nuestro amo está escritos en nuestros cuerpos, mi castración es la firma de mi amo David, un arañazo en la frente puede ser el golpe de un padre, una cicatriz en la mano la advertencia de un can, todo nuestro cuerpo aparece marcado por cicatrices que son caracteres de una especial escritura sobre nuestra piel de destino inefable. La única alegría que me queda, ahora mismo, es poder escribir o contar, y en ella voy a denunciar toda una época en un abuso de poder, contaré menudas anotaciones, unas veces simpáticas y otras muy crudas, contaré la lucha por el poder del reino de David, y las envidias de sus hijos, la suma de la levedad de la vida hace que las historia central se convierta en soporte de una intención casi trascendente, es la suma de las partes lo que hace un todo poderoso.
Quiero escribir parte de la verdad sobre la vida del rey David, y que tú Argos seas depositario y heredero de mis escritos, ante la moribunda carne de la penumbra de mis agotadores días, he perdido la rienda que domina a los años, alzados en guerra contra mí, ante la víspera de la guerra el perro se relame en su baba que mana por la ventana de su boca, que cierran batidas fuerzas en detenida espera de mordedura, hasta que se da cuenta de algo inconmensurable, de que el enemigo es más poderoso de lo esperado, más total, de lo que pensó, por culpa de la bastardía y confiesa su miedo y se refugia con el rabo entre las temblorosas patas que enseñan la cicatriz de un insuficiente lanzazo que pudo matarle tiempo atrás y que no lo hizo (todo venablo ha de ser suficiente para que te mate); por eso tengo miedo a ponerme a escribir, porque me encontraré en campos de enemigos, mis pensamientos más oscuros e incomprensibles, me enfrentaré al más terrible enemigo: el pasado. Unas memorias, serían ciertas si las escribieran tus enemigos o los enemigos que fueron antes tus amigos. Deseo instalarme en la propia vida, pensar, reflexionar, dejar rienda al arrastre de los caballos de mi mente, hurgar en la mezquina estabilidad de lo real, navegar en la ondulación del tiempo que provoca la conciencia de espacio, solo los más duros avatares te hacen cambiar de punto de vista, por eso desconfío de la real deidad. Imprudente es aquel que descuida el presente mientras traza planes para el futuro, el espíritu humano es evasible, desea lo que no posee, y en cuanto lo tiene lo desecha. Una parte importante de mi vida la gasté trazando planes de venganza, justifiqué, otras veces, la acción mezquina de un envenenamiento, busqué las razones de mi ser contradictorio en esa ansiedad por no ser lo que soy y no querer reconocer lo que fui: Seraya el escriba o el Castrado, hijo de Urías el hitita y de Betsabé la Sabia.
Me enamoré de una de las mujeres del rey David, sus ojos eran de un placer tan exquisito que su mirada se podía respirar, era de raza Yemenita, y yo le estuve enseñando a hablar el hebreo, era muy joven cuando entró en el harén como concubina, era un regalo del rey de Ofir. No podía simular placer cuando yacía con el rey, pero yo no la podía consolar después, y por eso hice de alcahueta entre ella y un mozo de caballos, para que de esa forma ella pudiera sentir un placer que el viejo rey no le daba, y cuando acompañaba, secretamente a la mujer de los ojos de respiración a yacer con el mozo, yo me quedaba allí mirando como se revolcaban y yacían, y mi miserable miembro se quedaba flácido e inútil. Tristemente mi obligación era mantenerla intocada, y enseñarle las 14 formas de lamer el glande del hombre, mis negligencias propias de mi poca edad me pudieron costar la cabeza, si no llega a ser porque aquella bellísima yemenita falleció el tener un hijo que desgraciadamente salió negro. Los baños de vapor eran usados por las mujeres durante las mañanas, y los mismos baños en las tardes por los hombre. La desnudez nos hace más hermanos. Tenía que mantener el fuego de las calderas.
David era perverso, una vez preguntó a su hijos cuál era el mayor place de un hombre. Los hijos contestaron hablando sobre la caza, las mujeres, cabalgar al amanecer, y otros placeres menores. En cambio el rey David dijo: el mayor placer de un hombre es matar filisteos, cabalgar su caballos y su mujeres, profanar sus templo, matar a sus seres queridos, exterminar ciudades y jamás tengáis compasión del enemigo vencido, puesto que en cuanto tenga la menor oportunidad se vengará. La fortaleza de un príncipe residen en que no le conmuevan la lágrimas ni le afecten los gritos ni los lamentos. El temor paraliza de miedo al enemigo. Amenazar siempre con arrasar las ciudades que se resistan. Así es como yo he conseguido el respeto de mis enemigos y el imperio de Israel.
Disponía de los guerreros más fuertes sometido a duras pruebas de resistencia y disciplinas. Sus hombres se ejercitaban con los pesados arcos en el lanzamiento de equilibradas flechas, lanzas, escudos, los sometía a hambre y sed para que soportaran las torturas, les hacía caminar días enteros al sol del desierto. Le enseñó a desarrollar los sentidos, agudizar la visa y el oído, a orientarse de noche, a beber la sangre de la yugular de los camellos, a percibir el lejano trote de los caballos, si un enemigo fingía, a espiar, todo hombre debe aprender a desconfiar del contiguo. Tenía mujeres entre sus filas, eran frías y más despiadadas que el hombre.
En la ciudad filistea de Got, no pasó a cuchillo a todo sus habitantes por no perder el tiempo en su avance bélico.
Obligaba a sus generales a beber vino antes de comer, para oír de su boca todas las peculiaridades, quejas y detalles de su ejército. El vino suelta la lengua y la vergüenza. Pero al día siguiente, si un general osaba tomase la confianza que le dio el día anterior, le sometía al castigo de la rueda.
Éstas y no otras eran las verdaderas enseñanzas del rey David, y no la que me vi obligado a escribir por dictado de mi madre.



7
El recuerdo de Marsé brota en mi memoria cual rambla que crece las lluvias del noveno mes. Los actos de injusticia son para mi un revulsivo, la puerta cerrada que hay que abrir. La caja del secreto. No soporto tanto abuso de poder. Hace quince días que le encontré muerto y todavía no sé nada de su asesino, no sé quien le mató. Mi galeno puede ayudarme con resolver algunas sospechas que me fluyen, pero él no le importa mucho la vida de Marsé. No entiendo por qué los esclavos no están bajo la protección del Código del rey de Tiro. Se ofrece a ayudarme a comprar un esclavo nuevo sin tener yo que ir al zoco de los esclavos, pero comprar un esclavo es harto delicado, se necesitan referencias, si va a servir en tu casa, al menos, te debe agradar su rostro y su forma de mover los brazos, no puede ser un prisionero de guerra amaletita. No obstante, acepto su consejo por necesidad, y que se encargue él de comprarme uno nuevo, puesto que mis piernas cada vez se niegan a obedecerme, y los dolores me acuden con más frecuencia, ahora en las dos. Confío en él, es un hombre serio que jamás se ríe ni da bromas. Una tarde me trajo uno al que puso el nombre de como Diógenes, dicen que era cretense aunque hablaba troyano, olía a mar y a excrementos de galera, sus manos eran recias y las palmas duras como tablas, como parte de la armadura de una galera, al parecer fue galeote y echo prisionero en alguna de la batallas marinas del rey de Hiram. Me costó sesenta siclos de plata, muy caro, sin embargo, me era necesario para que me cogiera en brazos y me llevara de un lugar a otro de la casa sin soportar el color de mis piernas, era como una caballo noble dentro de la casa.
Argos me visitaba cada vez con más frecuencia, se había hecho mi amigo y mi administrador, traía a algunos poetas y músicos para que me distrajeran, su actitud era cada vez más familiar, me pedía siempre que le contara mi vida en la corte de rey David con una atención que le asombraba. Noté que no rehuía la conversación de hablar sobre el caso Marsé, pero yo no iba a renunciar a ese tema tan importante en mis días, por ello y ante mi escasa movilidad, me ayudé de Diógenes para que me llevara en sus fornidos brazos al zoco, ahora no dependía tanto de las escasas fuerzas de mis piernas, y además las reservaría para casos de mi intimidad privada, como el hecho de acudir a la letrina.
¿Quién conocía a Marsé?, era una de mis preguntas, cuál era su entorno fuera de la casa. Uno se preocupa poco o nada de sus esclavos o servidores, uno jamás pregunta por su esposa o sus hijos, y qué sabía yo de Marsé, nada de nada. Preguntamos en una pescadería, en una panadería, en la carnicería y tuvimos suerte que en la tienda de la especias le conocían, era una mujer mayor la que atendía, preguntó varias veces quien era yo, para qué, no empezó a hablar hasta que le dije que había muerto. Fue cuando me dijo que casi siempre venía acompañado de otro esclavo, el llamado Ursus de la casa de los Sameitas. Era fácil saber quienes eran los Sameitas una familia de mercaderes caravaneros, y este detalle minúsculos ya lo relacionaba yo con los nudos de las sogas que ataban las manos del cadáver de Marsé, posiblemente estaba sobre un pista, pero ahora no tenía absolutamente nada. Así que le dije a Diógenes que me llevara rápido hasta la casa delos Sameitas, que estaba cerca del puerto nuevo de Tiro. Pero ya era la hora de las oraciones, no apropiada para una vista, y menos sin anunciarme. Pensé en dejarlo para el día siguiente.
Argos me trajo unos rollos muy curios de piel de cabra, contenía dibujos de mapas de su lejana tierra, en la que se dibujaban algunas fieras, gatos salvajes, osos, lobos, hipopótamos y bueyes. Me dijo que los examinara y le diera mi opinión sobre ciertos signos de un idioma primitivo, eran de su propiedad, herencia familiar, según él. De alguna forma quiere distraer mi atención, buscar un tema diferente al de mi enfermedad para de alguna manera relajar la mente.

Continuo escribiendo : LA SONRISA TARTESSICA.
Una noche sin luna, los argonautas focenses y argáricos remontaron a remo la nave plateada por el río Tartessos, favorecidos por el manto de la niebla del río, arribaron al puerto de Tarsis donde había otras naves de Tiro, Menfís, Albiones y hasta de Herni, y allí quedaron emboscados en la noche.
Para que la ciudad abriera las puerta tenía que acontecer algo muy sobrenatural, además, en cualquier momento se podía cerrar, y si esto ocurría el ataque había sido en vano. El ardid era esperar en el muelle al alba recién nacida a que la puerta de la ciudad se abriera como de costumbre, la gente saldría a ver tan extraña nave con curiosidad. Al poco tiempo de arribar la nave forrada de plata, salió de la ciudad una escolta de tartesios en inspección de muelles, estaban descubiertos. Por eso no tuvieron más remedio que prender fue a las caldera de aceite simulando un gran incendio. La puerta de la ciudad se abrió y salieron los guerreros para intentar sofocar las llamas, y apartar las otras naves, pues de seguro las demás naves se contagiarían del fuego, y en esos momentos los argonautas de Mainake abrieron una escotilla y dieron suelta a dos bueyes de embestir con las astas emboladas en llamas, causó gran alboroto entre las gentes del muelle que lo festejaron, en esos momentos de discordia, pues los tartesios son muy aficionados a ese tipo de festejos. El navio en llama era una terrible quimera, aparecida salida de una pesadilla.
Ocultos por el espeso humo, salieron del navio los cuarenta guerreros bien armados, se apoderaron de la puerta y entraron en la ciudad hasta en el palacio de Geryón, donde pasaron a cuchillo a todo defensor y dieron muerte a Mezita y a muchos hijos y siervos. Buscaron a la princesa Erithea para colocarles el yelmo de plata, esa fue su fuerto, no se hallaba en palacio.
Acabado aquel asalto a la ciudad, tomaron esclavos y asolaron media ciudad, nada fue como antes, Algís sometió a sus habitantes a fuerte impuesto, los focenses, que habían ayudado a Algís, se negaron a abandonar la recien conquistada ciudad
Cuando la bella Erithea supo del asalto de Tarsis fue a la ciudad con sus doncellas, no necesitaba escolta, y con la sonrisa fue mando a los fonceses y a los guerreros de Algis, uno a uno. Miraba un guerrero, le sonreía y guerrero muerto. Algis no encontraba la forma de colocar a Erithea el yelmo de plata, así que se lo puso él a modo de protección contra la sonrisa mortal, con intención de pactar un cambio: le entregaría a su hijo Argos a cambio de que no mata a uno más de sus guerreros. Aceptó el intercambio. Ella y su hijo salieron de la ciudad de Tarsis en una nave fenicia...

Le pregunto por su madre, si actualmente vive, me contesta que vive con él en casa, pero desde que envejeció, paulatinamente, ha perdiendo el poder mortal de su sonrisa. Jamás sale de casa por temor a herir a alguien. Yo le digo que me gustaría conocerla. Me asegura que es imposible. De una forma extraña, ese poder de matar se iba convirtiendo en poder para sanar.



8
La memoria se consume en el fuego lento del tiempo como una astilla de pino que aún conserva la resina inflamable en su interior.
Amigo Argos, el rollo de cabra seca que me trajiste es muy interesante, desconozco esa lengua, pero lo curioso son los dibujos de hipopótamos, le pregunté por ellos, por referir un animal sin malicia alguna. Me respondió desafiando mi ignorancia que en sus tierra de nacimiento, hay un gran río que llaman Tartessos, y dicho río formaba un gran lago en cuya orilla se encuentra la ciudad fortificada de Tarsis, el río es navegable y abundan hipopótamos, nutrias gigantes, cocodrilos y sobre todo patos, muchos patos gigantes, el rey se llamaba Geryón, el señor de la plata, y tenía muchas mujeres e hijos, se adornaba con joyas de oro, en su pecho lleva un amuleto de oro en forma de ardilla voladora que es el símbolo de su poder. Insistí en que me contara más cosas de tan lejanas tierras a las que según él se tardan tres años en ir y volver, y de la que tuvo que huir con su madre, la mujer que mataba con la sonrisa.
Cuando le pregunté cómo curtían la piel de hipopótamo sonrió con un “no lo sé”, y cambió de conversación, desafiando a que ahora, yo le contra mi pasado, pues los haré con mucho agrado desde el principio. De alguna forma irracional estaba asociando la correa de piel de hipopótamo con la que estrangularon a Marsé y los hipopótamos que habitaban el río Tartessos. Cómo saber si la dichosa corea del estrangulamiento perteneció a Argos. Renunciando a esa posibilidad tenía, sin querer a un sospechosos: a mi amigo y galeno Argos.
Se marchó Argos tras nuestra conversación, me quedé solo y me puse a escribir sobre Israel y de sus riquezas naturales ocultas.
1 No todo es sequedad y desierto. Un año las torrenciales lluvias destruyeron muchas cosechas y casas de adobes, ¿a qué seguir?, describiendo la destructora mano húmeda de los cielos que nunca acarician con el mismo cariño a todos los campos..., ¿a qué seguir?, si en otras regiones de nombres desconocidos los idólatras sacrificaban novillos cebados en oráculos a las mismas nubes voladoras y de paso fugar por las montañas, pero en otros campos lloraban los desastres de tormenta..., ¿a qué seguir?, si jamás la lluvia fue contento de todos, si jamás complació por igual a pastores, campesinos, mercaderes o caravaneros de la ruta de Biblos..., ¿a qué seguir?, si cuando ya habíamos olvidado la última vez que llovió, y las manos del sol acariciaban las colinas de altos pastos donde la gacela de puntiagudas flechas no tienen ya su despensa para que su herida sangrante fortalezca con destacado vigor al león de Judá, siempre aparece una nube salvadora que lo inunda todo. Guardo de Israel un paisaje inventado por la nostalgia, o es una fábula de la imaginación ante el sordo muro de la vejez, o son acaso mis pupilas cual brillantes escarabajos en la cara de mujeres enamorada, oscuro vidrio de un tiempo pretérito que se quedó quieto sin posibilidad de cambios.
2 Ahora, aquella época pasada y perfecta, no olvidada, es ya, no un recuerdo lejano de lluvia que fornicaba con la sedienta y entregada tierra de obligada labor, sino más bien, aseguraría para mi regocijo interior, sequedad sobre las relucientes piedras de los lechos acostados y desdibujados de lo que fueron corrientes lujuriosas de ríos.
3Esta región es el centro del universo. Las cordilleras de montañas entre el gran ponto, y la depresión del Tiberiades, río Jordán y Mar de la Sal, es una gigantesca elevación de colinas semidesérticas y altitudes moderadas, hongos apilados a las cartas del viento. El hondo valle en la gran depresión del Mar de la Sal, ¡y de qué genero!, corre paralela a la cordillera, para hundirse en siniestro y depresivo valle hasta llegar a los límites del desierto donde nunca llegan a mojar los sedientos labios de las piedras en la refrescante lluvia. El plegamiento del gran valle del Mar Salado se hunde poco a poco en sí mismo como un parto al revés.
4Sufrimos siete años de sequía y un aderezo de plagas de langostas o sapos voladores, nos comieron las cosechas, lo saben bien las acacias del desierto que administraba el agua del subterráneo suelo de dunas ardientes, mientras la zarza de Moisés arde en la palabra y el pan ázimo sin quemarse del todo. O tal vez no es así, tal vez no ocurrió de esta forma, tal vez yo delire con estas pócimas que me untas en el dedo gordo de mi pie, aunque la verdad, la creas o no, importa poco, con tal de que mi nombre quede clarísimo, los aciertos nunca cuentan. En esta tierra aciagas llenas de cruces de caminos donde la miseria es trueque común y los lisiados de batallas anónimas (ningún guerrero debe morir) ocupan las puertas de las ciudades, el hombre se ha obstinado en sobrevivir.
5 Antes de llegar a la bien amuralladas ciudad de Jerusalén, se levanta una desierto que parece más grande de lo que en realidad pretende demostrar, todo lo pequeño se alza para parecer más desmesurado, más colosal, más temible. Las aves abren sus alas nostálgicas del vuelo para aparentar poder y abarcar fuerzas ficticias que engañen al aire que las sostiene por pura casualidad, las aves fondean en los cielos. Lo mismo que la tarde toma prestado el color del cobre sobre las azoteas que, al parecer, se erizan en el horizonte sobre Jerusalén, espejismos de una mentira natural, yo tomo en mi recuerdo la imagen invariable que tengo de ella en mi juventud. Pasaban caravaneros de leyenda sobre la carne peluda de camellos y dromedarios –deformes figuras tétricas de un desierto inexistente en furia de tigres perfumados-, un animal cosido a la cola del siguiente en una hebra de comercio para hacer de Jerusalén la más grande y suntuosa ciudad del mundo.
6 Las arenas de las dunas, secas en su propio cuerpo silicio, ocultan insectos que se defienden de la diurna luz aleación ligera de reflejos, para volver a ser depredadores crueles en la noche cómplice, en el mundo de las tinieblas donde, al parecer, las estrellas bajan al oasis para beber del reflejo de la Luna, o es quizás la Luna buitre que bebe del reflejo de sí misma, es la noche el momento en que las palmeras estiran cuellos de tortugas para respirar y alzarse, siempre, sin que a los ojos humanos le sea perceptible, las plantas viven en un desfase de lentitud, en cuanto los ojos humanos vean crecer a las plantas, sorprendidas en su harén, en su procreación, el hombre quedará hecho sal, conocerá el don de la observación mínima y del desglose del tiempo, y perecerá.
7 Las moscas de cola verde, pequeñas aves, procuran aparecer en los ojos y en el ano de los camellos, mulas y demás semientes, es una señal de que ha amanecido.
8 Las golondrinas con su arquitecta condición construyen sus nidos con barro para venderlos con toda seguridad a otras aves, y las palomas buchonas se han quedado calladitas con su color de camellos laboriosos encaramadas en las palmeras, venciendo el deseo de volar, para no interrumpir el crecimiento lento de las plantas ni el movimiento invisible de las dunas o la vida nocturna de la lechuza, ante del beso del día, antes de que el día empiece a perseguir las sombras. Los buitres cortejan desde su círculo celeste el cadáver de alguna oveja que se perdió en el monte o se le quebró alguna pata.
9 Quizá sea mucho imaginar que lo más hermoso desde el centro del laberinto del oasis, sean las rocas vacías del horizonte, las cuevecillas calcáreas llenas de aire, los corrales aprovechando las cuevas donde el ganado espera la madrugada con un silencio perfecto y una fugitiva espera, temeroso a los leones de Judá cuando se estiran en la zancada de la caza veloz del hambre (son por el contrario las leonas las grandes cazadoras del valle, mientas el macho, bajo la vieja higuera, con uñas alisa su coronada melena, símbolo de su poder anima, bastón de mando en un reino de fieras exacta copia al nuestro), la faja de luz clara en el amanecer, el canto de las aves, el rebuznar de un asno, el olor a cagarrutas del ganado, el sabor de una breva, el paladar de la leche tomada directamente de las tetas de las cabras, el tacto recio de una cuerda de esparto...
10 No todo es desierto, abundas salpicadas coronas verdes de bosques de encinas, algunos cedros, cabeza de torrentes, tejados de vegetación para proteger a los hombres de la sed.




9
Muy temprano, a esa hora de la ensoñación especulativa, en el que la mente se atreve a imaginar posibilidades extrañas, pensé que si al hablar con Ursus se ponía nervioso, había descubierto al asesino, muchos confiesan su delito porque no pueden seguir con su remordimiento. Llamé a mi esclavo Diógenes para que llevara un aviso a casa de los Sameitas, para pedir una cita. Me contestaron que cuando el sol estuviera en su cenit era buena hora. Recogí el cinturón con el que habían estrangulado al pobre Masé. Diógenes me cogió en sus fuertes brazos y me llevó asta la muerta de la casa grande los Sameitas, por fuera era un gran bloque feo para disuadir a los envidiosos, por entro tenía una especie de patio interior, y tenía dos plantas, una gran casa familiar...
Llegó Ursus a mi presencia, vestía bien y calzaba sandalias, lo que suponía ser un esclavo predilecto, él no me miró, pero sin levantar la cabeza le vi los ojos de asesino, no sé por que presiento que él fue quien lo mató a sangre fría . Era alto y delgado, flacucho. Le mostré el cinturón con la hebilla grande y figura por descifrar. Negó que fuera suyo. No quiso hablar sobre Marsé al cual negó conocer. Le sudaban la manos, y temblaba. Contestó mal y su amo llamó al guardador de los esclavos, en la casa había seis o siete, y le castigó delante de mí para que dijera la verdad. No consintió.
Convencido de su culpabilidad, le acusé falsamente de haberle visto en mi casa el día de autos, tenía odio derramado sobre toda la gente. En el zoco sabían de su amistad con Marsé. Me encorajinaba el no haber sido informado de su relación.
El patriarca Sameita consistió que el le sometiera a la prueba de la verdad, consistente en pasarle sobre la lengua un hierro candente, sin era culpable le quemaría la lengua porque la lengua se le secaría, si era inocente no le dolería porque la tendría lo suficientemente húmeda como para que no le doliera. Yo hubiera preferido al prueba del escorpión sagrado, un tipo de escorpión negro del desierto, que cuando te los ponen en la mano solo pica a los asesino, pero su amo no consintió, en esa prueba por ser trasnochada, además no quería perder su propiedad.
La prueba fue un rotundo éxito, le dolió la quemadura del hierro candente sobre la lengua, y fue hecho preso en las mazmorras del castillo de la justicia, hasta ser azotado según conviniera...






10
La memoria se convierte, la mayoría de los días, en el más odiado de los verdugos. Amigo Argos, no puedo dormir, a pesar de los brebajes con los que quieres consolar mi vigilia. Tienes que ayudarme a buscar al asesino de mi esclavo Marsé. Ofrece oro a aquel pueda orientarnos en una pista...
Amigo Argos, fecundo en remedios, el estilo es mas poderoso que una espada hitita templada en el cuerpo musculoso de un esclavo para que su fuerza pase al acero igual que pasa la vida de los corderos sacrificados al cuerpo de quienes los ofrecen en sacrificio, te hablaré del poder de la súplica del débil ante el poderoso (más del que tiene que el que no tiene nada), mejor te contaré el poder del ardid ante la fuerza bruta, este episodio que te voy a narrar no me lo mandó escribir el rey David sino que lo conozco de boca de Jesé el beltlemita, padre de David, en ocasión de un viaje que hice a Belén como recaudador de tributos.
Esta mañana he dejado escrito, que cuando el rey Saúl apareció como un pretexto al principio de su naciente reino con su florido y recién estrenado ejército de soldados en las tierras de Jesé, el viejo betlemita que siempre procuró que el sol jamás le cogiera dormido, se llevó una sorpresa o quizás sintió el asalto súbito de un mal presagio o el muro de piedras cuadriculadas que se queja de la tos de un mendigo, ya que sus ojos, dueños del color de la huida, no se podían alegrar de ver a un ejército tan numeroso y despiadado en el mismo horizonte por donde debería alumbrar su sol decapitado, por aquella colina acostumbrada al capricho del viento y al paso de su rebaño, ahora se hallaba sembrado de tiendas, bandoleras, lanzas, caballos, carros, polvo que resolvió convertirse en niebla irrespirable por las defecaciones de los semovientes, el sudor de los hombres y la ambición convertida en vapor destructivo.
Venía Saúl completando un censo y leva para su ejército, tomó a tres de los hijos de Jesé para la guerra, y un padre por muy patriota que sea, por muy lleno de solidaridad en la ayuda humanitaria, no puede sentirse contento al ver a sus hijos vestidos con corazas, adargas, polainas, lanzas en cuyos agudos y geométricos filos se refugia la muerte. Samuel que buscaba a otro rey para Israel se quiso llevar al benjamín de su casa, a su hijo David preferido, argumentando con una ingenuidad que se desmontaba por su flaqueza, que sabía cantar y con su arte animaría a las tropas en los descansos cuando el guerrero pide vino como recompensa a su levantar la espada. Y cuando Samuel le ungió con el óleo rancio contenido en un cuerno de carnero: si obedece los Mandamientos de Dios, tus enemigos abandonarán tus campos y tú reinarás por siempre). Jesé suplicó a los pies de Samuel que dejaran a David en casa para que cuidara del rebaño en Belén, porque sus otros hijos se habían casado y marchado a otras tierras. "Si un hombre no tiene ganado -expuso casi de rodillas Jesé a Samuel- y no posee fortuna no puede pagar la parte de impuesto a su rey y si el rey no es rico, será por el contrario pequeño". Saúl aceptó parte de su plegaria o elevada instancia, propuso que David cuidara el ganado en los ratos en que no tuviera que hacer en el campamento -apostado a media legua de la casa de Jesé-, haría tareas acordes con sus quince años y su poca fuerza, pues David apenas medía una cuatro codos, y su cara era la de una mujer. Faenas de aguador, cantor, limpieza de tiendas, cuidar de los pesebres de los caballos, buscar leña para el fuego, limpiar espadas servir vino a los guerreros y tocar la cítara para entretenimiento de los espíritus candados del cuerpo en la batalla, y en algunos ratos libres, pocos, apacentar el rebaño: una piara de cabra y doce carneros.
Jesé vio en el interior sincero de los ojos de su hijo una fuerza extraña, una voluntad desmesurada de servir, de hacer faenas múltiples, una satisfacción en el esfuerzo del trabajo, una alegría rara, en contra de la antigua dificultad que tenía para levantarse cada mañana del catre. A pesar de todo, llegó el día de su gloria, el día en que sus padres temieron (aquel que se siente a tu mesa sumiso no es de fiar), su marcha del hogar, su silenciosa alegría lo delataba a gritos, no podía disimular su impaciencia, quizás por eso, se mostraba tan servil y madrugador. Se adivinaba en su duro ceño que no se conformaría toda la vida con ser un pastor de cabras y ovejas, tenía sueño de grandeza, aunque con una mosca se distraía y eso quería decir que poseía gran capacidad de abstracción, no se conformaba con lo suficiente, ambicionaba más de lo que poseía, ¿y qué poseía en la casa del padre? Aquel día de gloria amaneció con un calor que alimentaba, (alegre como una mujer con niño en los brazos, todo en esta vida ha de aparecer siempre inoportuno, y otras veces llegan cuando ya no hace falta, y otras cuando debieron llega antes). A David se lo llevó la madrugada para apacentar el rebaño, las del alba serían, el rocío enternecía la hierba hasta hacerla llorar, se hizo invisible tras la loma donde el agave vigilante marcaba la dirección hacia el campamento de Saúl.
En la noche de aquel día, volvió David a su casa hambriento y durante la cena contó a sus padres que esa mañana había matado a un gigante. "". . . medía por lo menos diez codos y tres palmos de alto, una coraza enorme, una espada. . , así de grande. . . , -señala al techo mientras abría los brazos y hacía sonidos con la boca- como la vara de Moisés con la que abrió el Mar Rojo, fui al río seco recogí cinco chinas como las pesas de un te1ar, tomé el atajo de 1as sabinas, y por sorpresa aparecí en el campo de batalla, en Terebinto...”" Sin parar de hablar, de gesticular, de emitir onomatopeyas contaba su hazaña bajo la atención de sus padres y un criado sordomudo, sin darse cuenta David que sus ropas olían a orín seco y no de cabras, David usó como arma de victoria la única habilidad que aprendió: el tiro con la honda, y con más temores que razones le acertó en la frágil frente de Goliat sabias y veloces piedras, el resto de la historia la cuentan los ciegos en los zocos para ganarse algún mendrugo de pan.
A la mañana siguiente apareció en la casa de Jesé, el valerosos Jonatán hijo de Saúl acompañado de una guardia, mi padre quiere conocer a tu hijo, ¿dónde está que no le veo? Ahí está ante tí. ¿Quién, ese renacuajo? Sí, mi hijo el vencedor de Goliat. No puedes venir con esas pordioseras vestiduras a presencia de mi padre, toma mi manto, mi cinturón, mi espada, mi arco, y vamos antes de que relinche el día y mi padre. La comitiva de recepción se marchó otra vez por el camino del agave vigilante, y no volvió más, ni mandó recado a su padre ni le compenso por la perdida de un jornalero. Jesé no comprendió que es frecuente que los hijos se avergüencen de los orígenes humildes de su familia.
Amigo Argos, que nadie me prive de la certeza de que la aridez del desierto casi obsceno en su desnudez, no influye en el carácter de sus gentes, con demostraciones de rudeza, valor de las cosas por encima del valor de la vida humana. ¿A cuántos hombres puede equivaler un pozo de agua? ¿Cuántos hombres puede valer un oasis?, ¿Cuántos hombres hay que poner en uno de los platillos de una balanza para compensar la construcción de una pirámide o una acorazada fortaleza? . . , ¿cuánto vale una protectora o cobijante muralla, una invisible frontera o esa acacia, que solo produce sombra, de ramas secas y que suplica en una esquina del desierto, a que alguna hacha le corte los siglos de sed, o que unas piedras deseen convertirse en cantos rodados para marcharse del lecho seco? ¿Qué hacemos aquí, a este lado de la existencia, completando el tiempo que nos falta, los que pasamos en la historia somos nosotros? Hubo un tiempo que todo fue diluvio, ponto, agua, y sobre ese mar volaba un arca a la deriva estibada con todos los animales conocidos, porque a los anónimos no hubo necesidad de salvarlos, ya se habían salvado en su propio anonimato. Todo hombre anónimo y sin fama vive siempre a salvo del peligro de lo desconocido. Todo lo visible es invisible en otros mundos de la metafísica, la luz engaña lo invisible, porque si estamos en una cueva no vemos nada, pero si permanecemos allí dentro, empezaremos a ver. Todo ha de ser dudado, sopesado, sospechado, vuelto a dudar porque en el engaño está escondida la ganancia del mercader (todo somos mercaderes de la vida). La verdad es precisamente lo que debemos descubrir, el engaño es el artificio que hace más grande o pequeña a la verdad. Es más fácil hablar que pensar, y a muchos hombres su lengua le traiciona, le compromete o le hunde en el desprecio de los demás. Por eso hay que ser recatado en palabras, largo en pensamiento, abundante en acciones como lo fue David. La oreja atenta a que no se lleven las ovejas de tu cabeza, que no te enreden en las falsas ilusiones, que ahí residen muchos males, uno se deja llevar por las promesas de proyectos fáciles y allegadas a la medida de tus deseos, por 1as que te dejas llevar, abandonas tus defensas de la jaula donde encierras a tu persona y dejas entrar al enemigo disfrazado de ágil serpiente (son los únicos capaces de entrar en las jaulas de las aves) porque te ha dominado la vanidad. Aquel que te adule a los pies a la vez te tiende un lazo. Te haré el mejor regalo que se le puede hacer a un hombre, la sabiduría, los adagios que aprendí de los profetas Natán y Abiatar.
Principales:
Nada hay tan repugnante como un buen consejo y un mal ejemplo, Todos los hombres hacen cosas en privado que no harían en público y es el mismo hombre, los que sucede es que dentro de este pellejo que amamos viven dos: el cuerpo y la mente. La falta de claridad es un pecado, yo peco constantemente. La vida es un estado mental. El señor es mi pastor nada me falta, y aunque camine por el valle de la muerte no temeré.
Secundarios.
Sólo existimos en la memoria, nada queda después, porque los cielos borran con sus nubes los mensajes que nos deja el viento. Existen mensajes de que vivimos por todas partes, hay que saber verlos y sin embargo están ahí, en los muros de las casas, en las húmedas de las plantas, en el canto de los pájaros, en las nubes inquietas que jamás se paran, en las acacias del desierto, en el vuelo del balcón, en la arena que se mueve, en el vuelo de las aves migratorias hacia el Mar Salado. Son tus enemigos y no tus amigos los que te ayudarán a triunfar, ese desprecio o esa crítica harán de ti un hombre fuerte, de cada porrazo debería salir un hombre cada vez más fuerte. Son los enfermos que no curas los que pregonan tu nombre, los que sanas se callarán (somos muy desagradecidos).
Terceros.
La sonrisa es gratuita, proliférala. No hay cerraduras si es de oro la ganzúa. Para el optimista las montañas no existen. Los hombres con más peligrosas acciones es aquel ostenta el poder, su ambición no tendrá sosiego. Jamás podrá complacer a todos, por eso no te desvíes de tu propio criterio.
Mientras el rey David me dictaba algunos asuntos para la administración de su reino órdenes a los jefes de ejército, embajadas de reyes vecinos, reclamación de dotes a sus esposas, recados para sus hijos, instrucciones para sus heraldos, sacrificios para el templo que construía para Jehová y protección del Arca de la Alianza, también me confesaba anécdotas de su vida para no ser escritas en los libros. "Parece a los ojos de los demás -contó David que todo me fue dado, regalado, presentado a mis manos como algo que me perteneciera, mas nada es dado al hombre sin esfuerzos porque la vida es cantera de mármol (riqueza por labrar), habitable tan sólo para los héroes, que no son sino hombres valerosos distintos a los demás en una cosa: no dudan y confían en ellos mismo, no les importa el qué dirán, ni los lloriqueos de las madres, ni la soledad del desierto en su espíritus. El hombre tiene dentro de sí todas las respuestas. Cuando tras mi victoria sobre Goliat, Saúl me llamó a su palacio, al alcance de la ballesta de su cepo, pues no se fiaba de la capacidad de mis ardides, me quería tener cerca de su brazo, el viejo Saúl era un zorro del desierto me veía como otra alimaña intrusa en su corte y candidato espúreo a los intereses de su monarquía hereditaria". "Todo Israel y Judá me quería por mis empresas guerreras y mis victorias sobre los filisteos, les estoy dando seguridad a cambio de nada, ¿no lo entiendes Seraya?, me querían y me quieren porque les mantengo limpios los campos de bandidos. La seguridad cuesta oro y plata, ¿quién paga a los guerreros, ellos necesitan su botín?, mi ejército no puede quedar ocioso, si no de qué vivirían. Saúl recelaba de mí, tanto fue así que quiso atarme a su linaje, mejor diría sujeto al bocado de sus bridas, por eso, examinó la situación y me entregó, diez años después de los de Goliat, como mujer a su hija Merab, antes de la boda me mandó a una cruel batalla con el deseo y la esperanza certera de que no volviera jamás, regresé porque Jehová me protegió, tan peligrosa era la empresa que sólo con mandarme ya me daba por muerto, y tan seguro estaba de ello que, sorprendentemente, a mi regreso Merab había sido entregada a otro hombre de Adriel de Mejolá, ¿te lo puedes creer?", eso me enfureció tanto que pensé en sublevarme contra mi rey, algún temor debió llegar a Saúl que rectificó y me ofreció a otra de sus hijas, yo acepté a Mikal la de los brazos gordos, deseé siempre a mujeres de caderas anchas que me pudieran dar muchos hijos y de senos voluminosos que los pudieran amamantar. De dote quiero cien prepucios de filisteos, me encargó Saúl, así me mandaba de nuevo a 1a guerra por si tenía la buena suerte de caer en espadas de hierro de filisteos. No es que Saúl me tuviera envidia por mi popularidad en la ciudad, es que me odiaba a muerte. Organicé una expedición en tierras de Gat, y en una semana corté los cien prepucios, no todo el ciento eran de enemigos, entre los prepucios mezclé mucha merma de carneros, ¿quién iba a abrir aquel saco de peste?, durante la boda, el mismo Saúl se puso a contar uno a uno los prepucios del botín, hasta que se dio cuenta del engaño, profirió blasfemias, se levantó de su maciza silla, tomó su venablo de la panoplia largo como el bastón del profeta Samuel, toda su encendida, cólera fue directamente hacia mí, una mano invisible me quit6 de su trayectoria (curva de velocidad) y caí al suelo, el bastón de muerte se clavó en los muros, me levanté y huí, Mikal puso en aviso y me protegió bajo una piel de cabra y escapé, sabía que me mataría. Mi único refugio fue acudir a Samuel que andaba en Ramá en trance y no me quiso recibir por temor a Saúl, yo me desgarré las vestiduras y quedé completamente desnudo ofreciendo mi cuerpo como u n presente, mis magulladuras eran mi mensaje escrito en mi piel, me tendí en el suelo y estuve allí sin moverme un día y una noche, basta que Samuel despertó de su transfiguración. Samuel intercedió con Saúl para que me perdonara, más por miedo que por compasión (muchos hombres te venden de una forma tan sutil que nadie puede descubrir sus tretas). También intercedió Jonatán ante su padre por mí pidiéndole que no hiciera derramar sangre inocente, no olvides que si matas a David el pueblo se cebará contigo, hará un mártir de un héroe y no sabemos a donde llegará el pueblo. Su ira no tenía apaciguamiento, le insultó como una vergüenza de la desnudez de su madre. A Mikal la vendió como esclava a un mercader amalecita por haberme encubierto. Yo marché a la ciudad Nob. Sin duda, Saúl tenía motivos para recelar de mí y de su hijo, pues le llegaron noticias de que íbamos a dar un golpe de mano a tu torpe forma de dirigir la guerra contra los filisteos.
" Mientras mayor es el éxito, la envidia aumenta entre los que te rodean, y por lo tanto la amistad se separa como las aguas del Mar Rojo, no porque uno marque distancia, sino porque ellos empequeñecen en su razón, y no importa que un hombre lo tenga todo, en su enana mente puede sentir que le faltan tus éxitos. Ahora, sé, que a mis espaldas hablan y dicen que nunca debí abandonar mi oficio de la honda, me llaman el arpista, y muchas cosas más, pero ante mí se callan, porque me temen, todos temen al fuerte".
Amigo Argos, disconforme yo con la versión de David hice algunas preguntas al profeta Abiator (salvado de la matanza de Nob) y supe una verdad distinta: Mi rey y señor David caminó hasta Nob donde el sacedote Ajimélek tembló de miedo al ver a tan poderoso héroe y fue embaucado con mentiras: "Vengo sólo porque el rey me ha mandado a Gat con mensajes secretos, necesito cinco panes y armas". Le respondió Ajimélek: "Toma los panes pero no tengo armas sólo la espada de Goliat, el filisteo que mataste en Trebinto" . Y David la toamó:" Pesada es, pero es mejor que ninguna" . David se marchó a Gat , mientras un espía de Saúl corrió con la noticia, organizó una banda con forajidos, desertores del ejército, fugitivos y aventureros entre los que estaba Joab, a los que le prometió cargos y tierras cuando fuera rey, con esta promesa se encontró con trescientos hombres, esquilmaron y saquearon los campos enemigos y amigos para sobrevivir mientras esperó como las alimañas en la cueva de Adullam en el desierto de Zif la oportunidad de enfrentarse a Saúl, en maniobras de escaramuzas, emboscadas y acciones de desgaste durante años. Jonatán regresó a la fortaleza de Saúl y éste le preguntó si le había traído la cabeza de David: "Oh, hijo de perra rabiosa, bien sé que estás encubriendo al hijo de Jesé para tu propio provecho por tu ineficacia, y por el total de los días que el hijo de Jesé esté vivo sobre el suelo, tú dejarás de ser mi consejero real, te aparto ahora mismo porque tienes mirada de traidor, puedo escuchar tus ojos no serás restablecido hasta que me hagas una muestra de tu lealtad y me traigas en bandeja de plata la cabeza espúera de David". Mas Jonatán no temía a su padre ni en los momentos de abundante ira; "Por qué debes darle muerte, qué ha hecho" . Respondió Saúl: " Tú me lo preguntas, ¿acaso no lo sabes?" . Y en esos momentos Saúl cogió su venablo y se lo lanzó a su propio hijo, Jonatán lo esquivó, y el bronce rebotó en una colosal escultura cuyas rocas de labradas formas cumplían el servicio arquitectónico de ser una columna.


11
Diógenes me ha servido un desayuno de frutas exóticas, ha empezado con sus tareas domésticas. . Hace unos días que Argos no viene por casa, parece como si rehuyera mi presencia. A la gente le sucede como a los reyes, cuanto más se les conoce más débiles se vuelven. No parece muy interesado en que4 continuemos con LA SONRISA TARTÉSSICA. Después le pido que vaya al zoco y tenga los oído bien abierto y pregunte por los enfermos de Argos, dónde vive, con quien sale, que lo espíe de cerca.
Vuelvo a escribir mis impresiones sobre la añorada Israel, en forma de versículos.
11 El clima del desierto es gélido como manos de barberos en la noche y caluroso durante el día como una manifiesta enemistad de temperaturas que se dieran la mano por un momento (el paso del día a la noche se cumple como una consigna rápida de cambio de guardia). El cultivo se reduce al trigo, cebada, dátiles, cebada y vides. El ganado se reduce al lanar, cabrío, camellos y asnos, algún buey para arar la tierra y para cambiarlo en tiempos de necesidades.
12 Desde el altivo y atalaya natural del Monte de los Olivos se ve el Torrente del Cedrón, la Fuente de Guijón y la ciudad de David que tiene siete puertas: la del Muladar, la de los Caballos, la de las Ovejas, la de los Peces, la del Ángulo, la del Valle y la de la Fuente; la muralla y el terraplén del Milló une las tres torres empujando al cielo: la de Hornos, la del Medio y la de Jananel, en el centro de la mesetas de la ciudad la casa de David cincelado entre las negras rocas apretadas como panes de gula, la antigua fortaleza de los jesubeos. Tras Jerusalén se puede uno imaginar el valle de Hinón y los Montes de Sión y la Fuente de Roquel. La sombra de la tarde envuelve en velos de tinieblas al zafiro de la ciudad, sitiada por dos lechos con fuentes intermitentes, De vez en cuando el viento de las montañas refrescan el hogar de una despedida que se hace eterna y secreta.
13 Descansa Jerusalén sobre una estribación de la más importante formación del país que diverge hacia el sur en dos sierras: la oriental Moria y la occidental Sión, con valles fértiles en los oasis. Rodea a la ciudad una muralla casi triangular que es desilusión de ataques enemigos. Las fuentes de agua que la abastecen son las de Gihon y el Enrolle, a pesar de situarse la ciudad sobre una gran roca calcárea que permite la construcción de cisternas canales subterráneos y pozos artesianos por donde se va al encuentro del agua, y es que quien posee agua posee las minas de Ofir. A lo lejos parece Jerusalén un espejismo de lanzas y mástiles de naves que señalan el límite invisible de las fronteras.
14 Al alba, el sol del desierto es el genio de la luz, persigue a las sombras, se tiende en busca del triunfo de un carro de diamantes y se rocía duna a duna, donde se esconden los hundidos oasis que con sus rodillas de mujer abrazan a las palmeras y al agua montada sobre dromedarios subterráneos. Siempre cebada y piedras, piedras sobre todo, lavadas perfectamente, extensiones blanquecinas y grises, lechos de ríos sedientos y abandonadas sendas que se entrelazan, que se bifurcan, que nos acercan nos se alejan, nos marcas latentes cual rayas en las palmas de las manos. La inmensidad del desierto lo oprime y a la vez lo engrandece todo, ante él sentimos con más fuerza la mezquindad a que somos sometidos los hombres. Todo queda bajo el dominio del silencio y la soledad sonora que nos grita con temor de perder su independencia.
15 Sobre las dunas desoladas se desliza la postrera claridad del día por un desgarro que filtra un cielo por donde algunas veces navegan nubes perfectas encaminadas siempre a los mismo lugares, que nos hace embriagar de la voluntad del deseo de poseer sólo lo necesario parta mantenernos vivos, algunas veces nos mandan rayos mal parados que mata alguna mula o escribe con su luz sobre alguna vieja encina. Al crepúsculo el sol tiende la manta para dormirse, nos dice hasta mañana con una caricia, y aparece el viento, la brisa, y otra vez el viento que no tiene obstáculos ni deseos de someterse a la voluntad efímera del hombre, se pasea entre las retamas, las aulagas que se enamoran de la desnuda soledad, fulgores de una batalla que retumba en el aire como una lejana tormenta de arena. El viento combate sin tregua, las tiendas se agitan constantemente en palmoteos de velas, hay que mirar la seguridad de los tirantes y de los cortavientos, cabos del palo mayor, timón, cabos..., y qué mar no es ese lago salado en exceso que nos proporciona placer en las comidas.
16 Es la noche ladrona, la que roba el color y las formas a las montañas lejanas, violáceas, rojizas como si mantuvieran el rescoldo del de aún encendido. La noche es la tumba de la luz. Las estrellas coronadas bajan al desierto para robarle los ojos a nuestras mujeres, ojos verdes, negros, azules turquesas que venderán en el firmamento a los luceros mercaderes en ruta por las constelaciones. Ojos que hablan, ojos que ríen, ojos maliciosos de los que hay que esconderse porque te atrapan. No existen en el mundo noches con tanto brillo regalado. Estrellas: deslumbrantes ojos de una manada de leones en la selva del firmamento. El fuego celestial goza al capturar con su dentellada a la débil leña de los días o la madera nombres de la arpas de cinco cuerdas (mensajeras de la música, frases en el aire).
17 Jerusalén, posada obligada en inevitable ruta de los caravaneros hacia Biblos, Damasco, Asur o Cnosos, centro comercial de alcaicerías, orfebrerías, esclavos, objetos de bronce, artesanías del cuero, caballos, cordeles, mulos de Tomarga, marfil, ébano, corales, lino fino, trigo, perfumes, aceite, bálsamos, lana de Sadad y sobre todo la Corte del rey David, se engarza como joya en una mano de montañas entre el Mar de la Sal y Egipto. Al Sur tropezamos con Judá de Hebrón y la ruta a Mar Inferior por Aisangeber , rodeada por el desierto de Judá o Jesimón y el Neget más al Sur en la tierra de Edom. ¡Oh Jerusalén!, cuántos siglos te esperan de llanto como preciada envidia, del mal entendimiento, del orgullo excesivo de las doce tribus, de religión, de costumbres, de utopías inalcanzables.
18 Durante la hora de la comida, David reunía a su mesa a toda sus mujeres y a todos su hijos, tras los postres de tortas de miel o dátiles enseñaba que nuestras costumbres judías se fundieron con las de los israelitas desde hacía dos siglos cuando salimos de Egipto. Ahora todos vivíamos bajo la protección de la misma Ley, hay que aceptar la Ley, la que aparece escrita con lengua de fuego en las Tablas de Moisés y la Torá. Nuestras leyes son nuestra patria, el espíritu de un pueblo que siempre fue errante, tribus que racimo nunca fuimos ni unidos en verdadera fraternidad. A nuestros padres Abraham y Moisés descubrieron a los "jinn" o demonios que acechaban desde las sombras y castigaban con plagas, enfermedades y muerte a los hombres. Somos hijos de la fe del desierto, de las arenas, de las rocas de donde mana el agua, de la justicia que no necesita más leyes, sino que se cumplan las que existen. Si bien, yo no me sentaba junto a su familia, podía oír todas sus historias de batallas y su enfrentamiento con Saúl, porque no había en la casa de David nada tan importante como oírle que no es lo mismo que escucha, a pesar de que entre sus historias añadía mentiras muy gordas al apreciar que los hijos le pedían cada vez más anécdotas.
19 Aprendí muy joven que los filisteos de Canaán eran nuestros enemigos y que se asentaron en la costa occidentales procedentes la mítica Creta, que son ladrones de nuestras fronteras, saqueadores, violadores, tercos en el deseo que nos encerremos en el interior del desierto sin salida a los mares que son caminos que no podrían llevar a lejanos países donde los ríos son de oro líquido, los árboles dan frutos de rubíes y zafiros. Cada vecino es nuestro enemigo y así debemos de tratarlos. Al Norte los foceos que, encelados en la defensa de la ciudad de Troya, se aliaron con los teucos para que nunca los aqueos cruzaran el largo estrecho hacia del Mar Negro.
20 Las diez tribus de Israel y Judá, tras la salida de Egipto, erraron por los desiertos de Edom y Moaba, encontraron la Tierra Prometida que es la que pisamos y la que debemos defender con nuestra sangre, y expulsar con los dientes, si fuera lo único que nos quedara, a los adoradores de Baal. Yo como rey os libraré de los ladrones de cosechas, ganados, mujeres, y que vuestro sueño sea el de dar a al rey voluminosos impuestos en grano. Hice de Jerusalén la capital de mi reino tras ganarla a los ociosos jesubeos enemigos de Jehová. Sobrevivir es destruir al enemigo por la fuerza.
21 Nuestros enemigos de Canaán, se empeñan en fraguar poderosas armas de angosto y duro filo que son de un metal nuevo, más resiste que las nuestras de bronce, a las que llaman hierro. Ellos aseguran que el secreto de fabricar armas que cortan las piedras se lo reveló su dios Dragón, pero nosotros tenemos el Arca de la Alianza que es la más potente de todas la armas fabricadas o por fabricar. Ellos nos robaron una vez el Arca en Silo al pie de los montes de Efraím en tiempos de Samuel. Yo os aseguro que mientras adoremos el Arca seremos invencibles porque Jehová nos protege. Cuando los filisteos (nuestros enemigos recordarlo siempre) nos devolvieron el Arca, no sin antes pagar un talento de oro, el pueblo de Israel-Judá exclamó ¡basta, de tantas y ya humillaciones y buscaron a un rey que formara un ejército siempre victorioso, el ejército de la voluntad del Dios verdadero. Hubo cobardes que preguntaron: ¿Cuánto nos va a costar un ejército? Tomaran a nuestros hijos para los carros, se gastarán talentos en armas, pagaremos mayores diezmos. El vidente Samuel aseguró que nada era comparable a la seguridad, y así fue como se reclutó al primer ejército de los israelitas. Jamás volvimos a ser corderos antes los filisteos, ni el hazmerreír de los vecinos, todo respetan al que te puede replicar de una forma certera bien con palabras o con armas de afilado corte (la condición humana es miserable). Buscaron a un joven fuerte y valeroso en Israel, y a la ciudad de Ramá llegó una comitiva de ancianos con mensajes que suplicaban a Samuel: buscamos a un joven fuerte y valeroso para ungirlo rey. El elegido por Samuel fue Saúl el hijo Quis el rico ganadero. Tomó Saúl a un criado y a una de las arcas de su padre y marcharon al encuentro de Samuel en la ciudad de Ramá, allí no se hallaba, al tercer día dieron con él en las tierras de Zuf. Una vez avistada la casa de Samuel, el joven Saúl se agachó por debajo de la asna le agarro con la mano derecha las dos patas delanteras y con la mano izquierda las dos traseras, como si la asna da un corderillo se tratara la subió a sus hombros, el criado tocó a la puerta de la casa de Samuel, y cuando el viejo vidente vio a la puerta tan formidable fuerza escultórica no dudó en afirmar quién era el hombre que buscaban como rey y allí en Guilgal a la hora de la comida fue ungió rey de Israel, sobre todo, al saber noticias de que los ammonitas acampaban en Yabes de Galaad, dentro de las fronteras de Israel. Saúl reclutó a un ejército entre levas de los varones jóvenes de cada familia, un ejército organizado en tres partidas, compró armas y disciplinado que derrotó a los ammonitas, y seguidamente a los amalaquitas, pelió contra Moab, contra Edom, contra Zobá y contra los filisteos a los que derrotó en Mijmás hasta expulsarlos más allá de Ayalón, y Saúl reinó sin darle descanso a su espada. Entré en su ejército voluntariamente, nada hay más hermoso que un soldado voluntario.
22 Saúl cometió un pecado, que no cumplió la inapelable orden de Samuel de extirpar sin compasión como un quiste sobre la tierra a los amalaquitas, sacrificando a todos los hombres, mujeres, niños, ganado y cosechas. Cuando ganó la ciudad de Amalaq mientras mataban a todos los hombres, mujeres y niños, se perdonó a su rey Agag y a lo más selecto del ganado que se lo quedó como botín de guerra para dar de comer a su ejército y repartirlo centre su ejército. Enfurecido Samuel por no cumplir la orden tajante de total destrucción, el propio Samuel mató al rey Agat con la espada de Saúl en Guilgar, ciudad donde Saúl tenía su casa.
23 No existe en el mundo un atardecer comparable al crepúsculo sobre Jerusalén... David fue un joven rebelde, se fingió loco ante Saúl, se refugió en la caverna de Adul-lam, los expresidiarios y bandidos acudieron a él y fue jefe de ellos. Se alió con los filisteos. Saúl le persiguió para matarle. Se refugió en Gat y junto al rey Akis de los filisteos luchó contra Israel...




12
Cuando Diógenes regresó del hacer sus compras en el zoco me trae noticias nuevas de la ciudad, comentarios de verduleras, talabarederos, marroquineros, panaderos, tejedores y joyeros. El esclavo Ursus ha sido sometido a la prueba del hierro candente para confesar su crimen, luego encerrado en los calabozo de la fortaleza, pero hoy ha aparecido otro esclavo muerto de la misma forma, maniatado en casa de los Hermógides. He perdido toda esperanza de que fura él. Deben soltarlo y perdonarme por mi error. Por una falsa acusación He pedido a Diógenes que me lleve a la mazmorra más profunda del palacio de Hiram pedir perdón a Ursus. El asesino sigue suelto, y tú, Argos, me dice sin consuelo que no me preocupe, yo un esclavo no tiene más valor que un camello, una cabra o un cordero bien cebado. Nunca un esclavo puede ser comparado a un buen caballo, hijo del viento, jamás se comería su carne ni se usaría su piel como vestido. A su muerte sería idolatrado. El caballo es uno de los cinco elementos: fuego, agua, aire, tiempo y caballo.
Le pregunté a Diógenes si había visto un cinturón igual al que usaron para estrangular a Marsé, pero cinturones hay muchos, tenía que ser una pieza única, si lo demostraba tenía al asesino. Me faltaban uno detalles, simples, suficientes para asegurarme la verdad.



11
La memoria es como el macho cabrío que golpea y golpea sin ningún provecho.
Amigo Argos, hoy me encuentro muy mal de salud, me duelen los dos pies como si un carro me los hubiera pisado, me huelen a podrido las úlceras, mi cuerpo es lo más inútil que me he encontrado como premio al final del tiempo en que la vida huye. Mientras me curas con tus pócimas te contaré que siempre recordaré, haciendo correcciones de memoria, mi viaje de retorno de Mari a Jerusalén cuando cumplí los doce años, tenía los pies ligeros, y mi abuela Azarías hacía meses que había fallecido, en aquel regreso mis pies parecían ser alas sin cansancio. Durante mi vieja en la caravana de Alimator, crucé ríos y desiertos, colinas y llanos, buscaba por las nubes los caminos, lo mismo me hospedé en posadas de aldeas que en oasis bajo la tienda del universo, y traspasé puertas de ciudades y en todas ellas se contaban historias sobre el rey David, yo también te he de contar la maldición que pesó sobre David, revelada por Jehová al profeta Natán. Y cuando la oigas sabrás que yo, como hijo de Urías, he de sentirme contento, a pesar de que me quedaba por cumplir el juramento de acabar con la vida del asesino de mi padre.
Parece ser, que meses antes de la muerte de mi padre, el mercenario Urías, natural de Tiro, todo el pueblo de Israel conocía que mi madre se había convertido en la favorita de entra las concubinas del rey. Las murmuraciones de las gentes cumplían con acertadas molestias a David, y aunque los reproches no puedan empuñar espadas, causar castigos ni encarcelar (1 a la larga producen su erosión en el ánimo de los culpables, son como las piedras en carne viva los lechos de los ríos), (2 perros tendidos en la puerta de las casas que sólo levantan su oreja cuando se acercan unos pasos y se vuelve a dormir), (3 el murmullo del pueblo inanimado desgasta, y le hace cortes, y las mueve, y las sumerge y las eleva), lo que sacó el pueblo fue que David en represalia subiera los impuestos y tomó levas para atacar a una nueva ciudad enemiga.
Tampoco existían pruebas de su relación adultera, hasta que la propia naturaleza se encargó de dar el aviso, un aviso en forma de volumen de vida interior en el vientre de Betsabé, fue el momento en que no se podía ocultar la evidencia más punible y evidente. Cuando llegó al oído de las demás mujeres de David: Abigaíl y Mical que Betsabé estaba embarazada, las fuerzas del harén son poderosas, no dudaron en contarlo a Natán, exigiendo de él que ejerciera como juez supremo, como una obligada mano santa que debía castigar el crimen y el adulterio real o toda injusticia en el reino de Israel y Judá. Natán solicitó entrevista previa con el rey David sin recibir cita. Como el asunto de la entrevista se mantenía secreta, David sentía la curiosidad acuciante de conocer el motivo para preparar respuestas, encargó a su vidente Gat (cuyos conocimientos sobrepasaban la lectura de las estrellas y algunas paredes de la ciudad) que hiciese gestiones, y averiguó que Natán traía una acusación en el asunto de Urías a las que se tendría que someter como portador de los deseos de Jehová. Conocedor David de los motivos de las intenciones de Natán (todo poder se sustenta en la información) se negó a recibirle con excusas de que la guerra le reclamaba y, como un sediento de sangre tal cual el león depredador que no descansa en la devoración de víctimas, marchó a la bien sitiada ciudad de Rabá donde Joab tenía al ejército desde hacía un año, sin conseguir doblegar la muralla ni ninguna de las puertas ni a sus habitantes hambrientos, (meses antes mi padre Urías fue alcanzado por las veloces flechas de los arqueros).
David no tuvo más remedio que regresar a Jerusalén. Oportunidad que el profeta Natán aprovechó para entrar en la fortaleza y, sin levarse los pies en señal de respeto, le contó a David aquel proverbio de que: Había dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro pobre..., y que tenía sólo una corderilla... el rico sacrificó la única corderilla del pobre...” Terminado su proverbio David no juzgó bien la acción del hombre rico, dime cómo se llama para darle castigo, sin acabar de dar su sentencia, Natán le acusó : ese hombre eres tú, mandaste matar a Urías y has tomado como concubina a su mujer, y la prueba más rotunda e indisimulable es el embarazo de un fruto pecaminoso en el vientre de Betsabé (el segundo hijo de mi madre y el enésimo de David).
En nombre de Jehová, Natán le maldijo con una profecía, con gran respeto ante su rey, con los ojos vueltos hacia los párpados como los que pone un vidente, con la deferencia solemne que se le profesa a un rey malvado y sin escrúpulos. “Jehová me ha revelado que de tu casa no se apartará la espada, por ahora no morirás pero el hijo que has engendrado en pecado con la mujer de Urías morirá recién nacido”, acabado Natán el dictado de Jehová, esperó respuestas, y como no la halló en los labios del rey, se alejó con una reverencia sin darle la espalda (a un hombre como David jamás le daría la espalda y no por cortesía sino porque la espalda era el lugar preferido para asentar una lanza). Tal vez Natán contuvo la satisfacción de haber dado un recado urgente que te quema en las manos, un recado del que no se desea o se espera el desahogo de una respuesta.
Temeroso de que se cumpliera la profecía, David llamó a sus galenos, a su vidente Gad, a las mejores parteras de todo Jerusalén, inició un ayuno como penitencia, y para evitar debilitarse en el prolongado ayuno que le esperaba permanecía todo el día tendido en el suelo cobre una estera de esparto y lana en la puerta del cuarto del niño, para pedir la clemencia de Jehová. Parió mi madre en sábado, David continuó junto a ella y mantuvo el ayuno, y mando holocaustos para el Templo.
El quinto día del nacimiento, llegó a la ciudad de David un mensajero de Joab desde Rabá, la bien sitiada ciudad estaba madura para ser tomada y necesitaban el aliento de su presencia mediadora ante el vencido, más el apoyo último de algunos soldado de refresco. David se negó a abandonar el aposento donde Betsabé cuidaba al recién nacido, que parecía enfermo, ninguno de los dos dejaba de llorar. No dormían de noche pendientes del niño, y en los aposentos no se apagaban las bujías ni los candiles que regalaban tacaña luz de un diagnostico enfermiza. Al día siguiente recibió David otro parte de guerra.
Mensajero.- Milkom, el rey de los amonitas, exige tu presencia para pactar las capitulaciones.
El rey David se negó a abandonar a su mujer y a su hijo enfermo.
David.- Dile a Joab que no levantaré el ayuno, ni saldré de Jerusalén mientras el niño tenga vida.
Mensajero.- Mi señor, mi amo, ¡por piedad!, en Rabá tienes a veinticuatro mil hombre que esperan tu presencia como recompensa del esfuerzo. Tienes a los amonitas con la yugular descubierta, es decisiva tu presencia, si aparezco ante Joab sin ti soy hombre muerto.
El Rey David dio por acabada la audiencia y las muy fundadas súplicas del mensajero y le ordenó que se marchara, la audiencia real se daba por terminada, los consejeros se quedaron perplejos e incluso convocaron a Natán para que le convenciera de su error humano: rey antes que hombre. Al séptimo día el niño murió, y David levantó el ayuno confesó a Betsabé que él planeó la muerte de Urías y por eso habían sido castigados y, sin dilación, ese mismo día se marchó a Rabá con los voluntarios y kereteos de su guardia personal en apoyo de Joab que ya había entrado en la ciudad protegido por escudos de secas pieles de buey, pensaba tomarla de forma amalaquita (extirpar un quiste de la tierra), actitud a la que David se opuso en cuanto llegó a Rabá, asombrosamente perdonó la vida de sus habitantes en un acto de clemencia inusual en el habitual castigo de sus enemigos: la vida a cambio de la esclavitud¸ los mandó a las canteras a aserrar y labrar piedras con instrumentos puntiagudos, hacha de hierro; a los niños y mujeres a fabricar ladrillos: arcilla con paja. Perdonó la vida al rey Milkon y la de su familia a cambio del tesoro real en cuyo botín se contaba con una corona de oro adornada en el frontal con una esmeralda de gran tamaño, valorada en un talento de oro. Tras esta victoria, Natán le esperó a la entrada de la ciudad, se postró y le dijo que había tenido un sueño en el cual Jehová le había perdonado, más había de cumplir una sola condición: consolar a Betsabé y que tuviera otro hijo con ella el que debería ser su verdadero sucesor, de esta forma compensaba el agravio de su pecado y el crimen inducido contra Urías. Para calmar las iras de su Dios quiso hacerle un Templo, pero Natán le advirtió que no lo hiciera, que no le correspondía a él tan elevado honor, sino a uno de sus hijos.

Pasadas nueve lunas y media, Betsabé parió un hermoso hijo al que llamaron Salomón, de apodo el hijo de la sabia. Todavía le puedo recordar jugando con David, y con 14 o 15 años se entrenaba en el arte de las armas con Benaías. Le puedo escuchar dar gritos guerreras:
-¡Ríndete maldito filisteo! ¡ Empuja la espada y mátalo!, vocea Benaías, y ello hace asomarme a la celosía de la ventana. En los pies de Salomón se encuentra Zafías su esclavo con piel de ébano que le sirve para fortalecerse en la lucha, Zafías suda, le sale el corazón por las manos, por los ojos, le mira con una nueva reclamación de piedad, otras veces ha salido herido en algún golpe, no importa los esclavos carecen de alma. Cada día se entrena en las armas, se baña, recibe clases de equitación, música y geometría, mientras los cantores o videntes componen cantos con sus cítaras, salterios y címbalos para propiciar inspiración y alejamiento del mal de ojo. La música resuena en el alma de las bóvedas, las cóncavas bóvedas cumplen la misión de afamar la reputación del arquitecto que las construye. La música es como el calor, se nota pero no se ve. Mi madre, mujer culta que sabía escribir, dirigió la educación de Salomón desde las inmejorables condiciones de la habitación de la favorita, le procuró maestros rabinos y levitas, un maestro caldeo y otro maestro egipcio para la geometría. Pero también en verdad que, en mis años de adolescente mi madre mandó a un rabí menor a que me enseñaran a escribir, de esa forma me daba un saber que me podía librar de la esclavitud, nadie mata a aquellos que saben leer y escribir.


13
La memoria nos protege del laberinto de nuestros días, y nos guía en la voz oscura de los mares profundos.
Querido Argos, que conoces el infortunio de mi vida. Me contó el profeta Natán que fue Betsabé, la que fue mujer de Urías, se refería siempre a ella con este calificativo pues desconocía que yo fuera su hijo olvidado y por eso me hablada con desahogo en la crítica, que ella sedujo al rey David. No entenderé nunca por qué causa es la mujer la culpable de las tentaciones de la carne de la seducción. Yo no conozco el gusto de la carne, pues te he de recordar que fui víctima de una mala castración, eunucos que fornican ocultamente. Dicen que David no fue capaz de desprenderse de aquella mirada encerrada en el brillo de unos ojos verde azulados anzuelos cebados de pasión, desmentidos por la luz tenue en los baños de las mujeres donde ella se dejó ver desnuda como el aire, su belleza y hermosura conquistaba a los hombres (siempre débiles ante una mirada seductora –obligados de alguna forma a comportarse como varones-. Se dejó vencer por la dulce blasfemia de sus palabras de amor.
David debió pensar: Urías es mercenario a mis servicios para procurarme seguridad¸ por qué no felicidad, por propia voluntad se ha convertido en mi siervo, todo lo suyo me pertenece. Lo que a mis siervos pertenece es también mío. Toda mujer que se deja sorprender desnuda como hija de la libertad del Torrente del Cedrón los perfumes, acepta mi deseo y voluntad. Mandaré a Urías con Job al sitio de Rabá, así yo podré poseer a su m mujer sin que me moleste. Si se deja matar por mí ante las armas enemigas, perdiendo su vida, en qué mejor seguras manos puede dejar a su viuda, sino en las de su señor al que tanto entrega y ama.
Betsabé debió pensar: “mi esposo es un extranjero hitita cuya soldada no da más que hambre, tiene otras costumbres a las que no puedo adaptar. No congeniamos en nuestros gustos, él es un bárbaro guerrero, yo educada entre mercaderes que poseen la ruta del norte. El rey, el hombre más poderoso sobre la tierra, es David. Se ha enamorado de mi belleza, debo insinuarme y proponer una relación amorosa con las únicas armas que poseo: mis ojos negros. Se sabe que es mujeriego, débil ante la desnudez de una mujer. Yo me merezco una vida mejor que la que me ofrece Urías. En alguna ocasión me ha abofeteado por celoso, y eso es lo que menos soporto, ese constante acoso de preguntas y sospechas infundadas. David no debe averiguar que tengo un hijo de tres años (Saraya en lengua hitita y Seraya en hebreo) al que debo ocultar, lo mandaré a Mari, donde vive mi madre.
Urías debió pensar: “si mi bella esposa es deseada por los codiciosos ojos del rey, ya habrá sido cubierta como las yeguas de sus caballerizas, he de repudiarla, pero si la repudio soy hombre muerto, no tengo posibilidad de competir con él. Lo más conveniente es alejarme. Pediré marchar al sitio de Rabá. Si una mujer casada es mirada por David, su marido se convierte todo en cuello donde el lazo de una soga lo colgará de una viga. Son miradas que matan. El rey me ha mandado invitación para que coma con él, y nadie come con el rey a cambio de nada. Fingiré ebriedad para no hacer caso a lo que me pida, que seguro se trata de no repudiar a mi mujer, porque he vuelto de una batalla y no he entrado en casa, aceptar el hijo que seguramente traiga de David y criarlo como si fuese mío. No soy un mamporrero sino un soldado de honor al servicio de mi rey y no de sus genitales.
David aceptó que Urías se marchase al destino de más peligro y fatiga, nunca mejor ocasión jamas apretar las bridas al que se quiere marchar. A la vez que partía le nombró mensajero real con un pergamino e cartuchera de cuero con el sello de David (una honda con cinco cantos rodados) dirigido a Joab con la excusa de que eran directrices sobre la continuación del sitio de Rabá, además le entregó un brazalete como prueba de amistad con el que tendría paso franco. Urías tomó el camino por donde el sol araña las montañas de la tarde, acompañado por dos jinetes que también eran hititas. Desconocía el contenido del pergamino del que era portador y aunque lo hubiera querido leer tampoco podía, no sabía leer aquellos símbolos: "Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y quitarle protección para que sea herido da muerte". La misma noche que Urías salía para Rabá con el pergamino convertido en sentencia de muerte para entregársela a las verdugas manos de Joab, Betsabé volvió una vez más a la fortaleza, pensando que había conseguido sus propósitos, las mujeres del harén la bañaron y vistieron de seda zarco de Egipto, entró David en el cuarto, ella yacía perfumada con olores profanos de almizcle con nerolí y nardos: "quiero que me llenes de hijos, quiero ser el dàtil masticado en tu boca".
No existen tonos de colores violetas tan intensos como los que se asoman en las noches desde la meseta de Jerusalén, las sombras jamás llegan a ser del todo oscuridad como bocas de una fiera, las estrellas se dejan acariciar como dóciles lomos de borregos; aunque aquella noche de cara sonora por rayos de la quinta luna que se acomodaban directamente en el cuarto a través del mirador o balconada del palacio cuyas dovelas formaban un coqueto arco, el fresco de la noria crepuscular les hizo juntar los cuerpos desnudos en danzas sobre el vientre, la mujer cerró sus ojos y abrió sus labios, y en medio del silencio cualquier suspiro era aumentado como por un ruido de piedras preciosas; Betsabé abandonó su cuerpo y se dejó internar por los bosques de amor atacado por lobos de lujuria. Amáronse sin camas alzadas en el mismo suelos sobre almohadones y esteras de lana como si todas las ovejas del mundo se hubiesen dejado esquilar para proporcionar el más cómodo lecho posible.
Mi madre quedó embarazada, y pensaron de mutuo acuerdo que ni padre ya no debí a volver, acción a la que David ya se había adelantado. No me cabe duda de que planearon una escaramuza de limpieza de estorbos ante un futuro que se abría para ellos bajo un cielo que le advertía de sus desahogos y adulterios. Los meses que estuvieron practicando una alameda de abrazos contemplaron en sí mismos la destrucción de la voluntad, la visión de sus cuerpos quedó en sus pupi1as grabadas como la sensación más hermosa que fuese posible soñar, Y en ausencia uno del otro no tenían que esforzarse para evocar aquella agradable amistad diferente de otras experiencias anteriores. David, cansado de orgullo y, sobre todo, de una constante alerta contra sus enemigos en los más duros campos de lucha, aunque los peores enemigos sean algunas veces los más cercanos (hombres a los que todos los días les tienes que oler el alientos por su proximidad que acaba por convertirse en una emanación de defecaciones de flores), entregado en brazo de la Betsabé flotaba por encima de la tierra, porque aquellos ojos acuáticos en los que se miraba como un nenúfar (lastimadas hojas que corren por el egipcio río), le permitían atravesar el paraíso aunque fuera por unas horas en que privaba a su gobierno de sus sabias decisiones (decidir es en sí lo más trágico de la vida y lo que más cuesta) o por el pago anticipado de un castigo anunciado. Sus lenguajes eran sus ojos, prescindían del juego de las palabras para entenderse. Ambos habían abandonado el culto a sus obligaciones, Y todos los servidores de la corte murmuraban a sus espaldas sin que ellos se dieran cuenta porque el mundo, fuera de ellos, dejó de existir. Toda pareja cree que ellos dos son los únicos seres supervivientes de un fin del mundo que va sucediendo cada di a (día y noche son amantes lo que sucede es que jamás se pueden estar juntos), sus mentes se hacen tan pequeñas que creen que nadie los ve pecar, ausentes del viaje circular que las lenguas de abejorros se encargan de picotear a su alrededor .Mientras en el regazo, Betsabé, con una dulzura que sólo se podía conseguir con una dedicación insistente, tocaba la propia cítara de David, con un conocimiento casi profesional enseñado por maestros sumerios, dejaba salir de la cítara un amor embalsamado que perfumaba de ternura el aire no comparado a ningún otro deleite en la tierra, era el momento sublime en que ella se sentía complacida en la gloria que había soñado al ver al poderoso rey arrodillado a sus pies, casi dormido, mientras ella sostenía la cabeza entre sus muslos como un trofeo de caza ganado en el bosque secreto de la delicadeza y el perfume. La actitud del gran señor de las vidas de los israelitas sólo podía ser definida como de insólita.
La poligamia es la única fórmula posible para que todas las mujeres puedan dar sus frutos, la densidad de población femenina duplica a la de hombres, porque éstos son los encargados de morir en defensa de las ciudades. El matrimonio tiene efecto protector y bienhechor para el hombre, en cambio, es perjudicial para la mujer que sale perdiendo pues se hace madre de una recua de hijos a los que ha de criar, se encargará de la huerta, de la leña del hogar y de hacer de comer. Los hijos son una renta segura para el padre. La mujer necesita apoyo emocional y el hombre apoyo práctico, con esta fórmula se asegura la descendencia.



14
La memoria se consume en el fuego perpetuo del tiempo.
Amigo Argos, cómplice de mis demonios interiores, de mi conversación con la temida enfermedad, aunque dudes que la casa del poderoso no existe el lamento o el quebranto, la casa de David fue una hebra interminable de tragedias desde la de su primogénito Amnón o la de Absalón como si, con toda certeza, se cumpliera la sentencia divina del profeta Natán aquella mañana en que la verdad relucía en las piedras de las murallas como sol sobre los panes pétreos del desierto. Sucedió, irremediablemente, que en la octava luna del año en que se recuerda como aquel que una estrella incendiada cayó de los cielos sobre la ciudad de Gat, Absalón, el de la trenza de mujer, huía de su padre (ningún padre es bueno desde el ejercicio de su patria potestad: me he comprometido en aceptar la sumisión de que me ames) y a horcajadas vacilantes de su mula herida de cansancio quedó colgado y reo de las ramas de ciervo de una vieja encina en el bosque de Efraím sin que los pies toparan con la tierra para auparse ni sus brazos pudieran desenredar el nudo capilar, cepo, en que su hermosa cabellera se había convertido. Abasalón, atrapado por la encina, hubo de recordar periodos de su vida o la afrenta de Amnón cuando engañó a Tamar, hermana de madre de Absalón, y recodaría con indignación que la poseyó contra el lecho y contra su voluntad, y consumó la infamia del incesto prohibida en la ciudad de David; y, seguro de elegir un recuerdo de infancia, hubo de recordar cuando su padre lo llevara a conocer la nieve en la laderas del Sinaí o no sé a qué montañas sembradas de floridos almendros como si una imagen pudiera sustituir a un deseo necesario. Antes de salir a la batalla le advirtió Absalón a su esposa: "Tráeme las armas y riega los rosales por si el retorno se apodera de mí y no me deja volver tras el esforzado encuentro con mis enemigos”.
Mientras Absalón permaneció preso de aquella trampa cefálica y peluda como las crines negras de un caballo volador, sujeto por su rebeldía, por el mal sabor de los sueños, por no acatar la sumisión al padre, antes de que llegara Joab y lo rematara con tres dardos en el costado como a un traidor sin derecho a empuñar una espada (1-por la sublevación de Hebrón) (2- todo traidor tiene su castigo) (3-por su fraticidio o abelismo cometido), tuvo tiempo de recapacitar en su vida pasada.
Queja de Absalón a su padre:
- Mi hermana Tamar ha sido engañada y forzada en el tálamo por Amnón. Lo más canallesco ha sido que consumado el acto de frenética lujuria la ha repudiado con desprecio tal cual pisa un sapo de piel viscosa a la puerta de la casa en húmeda mañana, sin darle explicaciones, sin cumplir la promesa de amor, y sin un argumento a la recusación, la ha echado a los fariseos. Tamar, por el contrario, sumisa ante el temor a los que podrían acusar en el dedo de la deshonra -temores obstinados sin solución ni salida en la consumida raia- de haber sido engañada con tan endebles argumentos, le suplicó a los pies y le abrazó las rodillas, pidió que no la echaran de la casa porque sería una mujer pública con el quebranto de su imágen de doncella, se resistió a salir, más luego usando sin éxito el lloro y la inexorable súplica no consiguió su urgente necesidad de quedarse con él, más el espúreo Amnón le pegó y la arrojó a la calle y el sirviente (yo Seraya lo fui en aquellos días) , la han echado a la calle y le han cerrado la puerta.
La puerta se cerró tras ella, y la noche descendió sobre el sol y el mundo se hizo oscuro y pequeño dominado por el sarcasmo de la hipocresía y prejuicios fariseos en la lapidación, espejos en los que ellos se deberían mirar antes de criticar. La luna la miró con ojos llenos de plumas, frío de musgos, coral de rosas y dalias, una cobra tendida que habla. Dandab en calor la noche mientras la luna se desnudaba con un color de palomas blancas. Un hilo de coral rodó por su falda como gotas de una flor torturada. Las piedras de la muralla de Jerusalén se apretaron en sí mismas y gritaron a las torres que las miraban. Los palacios se derrumbaron con un rumor de luces rojas y el oro dejó de alimentarse de brillo. Envilecida mi hermana por tan grave escarnio, se desgarró las mangas de la túnica de seda, se desnudó los brazos tersos como una noche de invierno triste en que un escarabajo sagrado devorara por dentro, y se descubrió la cabeza y dejó volar el cuervo del odio y se echó cenizas en señal de que deseaba ser cadáver y enterrada, y, con todas sus ganas, gritaba a toda voz: "He sido ultrajada por mi hermano Amnón, he sido poseída, he sido violada.
Absalón a su madre:
Mi padre no ha castigado severamente a Ammón, tan solo le ha desterrado a Hebrón ¿Qué he de hacer madre, si vengar la deshonra de mi hermana o denunciarlo ante los jueces? Mi hermana vive ahora en mi casa como una perra despreciada, recluida en sí misma, sin mirar nunca el espejo de cobre, en el desprecio a los alimentos, llora sin parar como tormenta de verano, busca el camino de las tinieblas que se tienden como las sombras en un bosque. Vive en la vigilancia los cirujanos engreídos en su sangre. ¿Qué he de hacer madre no ha sido castigado por sodomía, o adulterio con Betsabé, quizá sea le hombre que más pecados ha cometido contra la virtud de la moral femenina y jamás ha practicado la justicia por igual, si igual es la justicia de Jehová para todos (el fiel de su balanza siempre se inclina a su favor y es a él a quien obedece). Nunca fue un juez imparcial ante los que vinieron a la ciudad a pedir juicios justos, por lindes, ganados, usurpaciones o malos testamentos. ¿Qué juicio podemos pedir los justos?, cuando mi padre ha tenido concubinas y esclavas como ganado hormigueando en su lecho, cuando lo primero que hace cuando va a una ciudad es pedir que le traigan mujeres a su lecho, cuando la balanza siempre se implica a favor de aquel que le ha puesto unas monedas como astillas que levantan los sumarios y tapa los oídos de testigos ¿No pienses que hablo sin respeto a mi padre, pues tú defiendes al león de Judea por temor a sus garras? ¿Cuáles son lo derechos a la víctimas? Tu silencio me ilumina el camino de la duda.

Lamento de Tamar a Absalón:
-Hermano Absalón, mi querido hermano, yo no soy más que una mujer, nada es ya más que yo menos que una mula o una cabra, y tú me pides que apele al rey, ¿quien me va a oír?, ¿quién me se va a poner a mi favor?, ¿cómo quieres que señale al primogénito de David?, con el débil dedo acusador de una mujer, contra un hombre poderoso reconocido por su valor en toda Judá, que hizo campañas contra los filisteos, que mató a un león con sus propias manos y viste con su piel en día los sábados? Yo, una mujer, querido hermano, sólo puedo recurrir a ti, al consuelo de que me puedas reparar la afrenta. Es cierto que fui a casa de Amnón porque estaba enfermo, su servidro Seraya vino a decirme que quería que cocinara para él tortas de miel como las hacía su madre Ahinoam, cociné para él las tortas de trigo con en forma de corazón en su casa, luego me llevó al cuarto interior y me hizo que le diera de comer con mi mano y luego de mi boca a su boca, me propuso yacer y aunque me resistí a sus insinuaciones primeras, su servidor me impidió la huida, "si no hace lo que te pide mi amo, tú de aquí no vas a salir viva", también me amenazó con entregarme a los mercaderes de esclavos, ante el temor me vi forzada, créeme hermano mío, fui a su casa creyendo poder servirle las tortas, dice la ley que se ha de visitar a los enfermos con presentes. Se aprovechó de mi ingenuidad, aunque siempre sospeché que nunca me miró como a una hermana, sus ojos fueron siempre insistentes miradas de rapaz, me buscaban en cualquier parte que estuviera, yo no supe dónde esconder mis ojos que siempre los llevé gachos, sumisos como me enseñó nuestra madre, sin mirar jamás a los maléficos ojos de los hombres. Nunca provoqué celos ni insinuaciones ni falsas esperanzas, y la verdad es que desconozco si los hombres tienen dos o tres ojos en la cara. Jamás pude imaginar que un hombre te hiciera tanto daño donde la mujer tiene su secreto. Te juro que me forzó y me humilló en el lecho de su cuarto, sin que yo me entregara a él. Luché y forcejeé sin porde zafarme de sus guerreros brazos. Yo creí que me amaba, pero tras terminar el acto me acusó de ser una ramera, y como un perro acurrucado contra la pared me puse a llorar su clemencia, pero no quiso escucharme y dijo que me fuera, que no quería verme nunca más. ¿Quién me va a creer a mí, a una mujer, contra el hijo de David? Esta esclava de la injusticia viene a tu casa suplicando ayuda, y tú me dices: "¿Acaso ésta es la casa de las mujeres ultrajadas? Reclamo la hospitalidad de la Ley, no puedo vivir junto a mis demás hermanas. Aquí, junto a tu lado y bajo la protección de nuestra madre podré sobrevivir, antes de que se me pase por la cabezas el vender mis ojos a la noche. Aquí estaré alerta a la noticia de que tú me has vengado.

Dos años después: Absalón a Tamar:
Queridísima esposa (se habían casado por compasión, pues una mujer ultrajada no tienen porvenir de matrimonio y consiguió una licencia de Natán para casarse con su hermana), deja de llorar y píntate los ojos, las uñas, vístete con seda bordadas, porque he restaurado tu nombre. El día que esquilamos las ovejas en el establo de Baljasor invité a comer a mis hermanos, entre ellos vino Amnón, y mandé a mis criados que cuando el corazón de Amnón viviera la alegría del vino y mejor aún si yacía con alguna atractiva esclava de piel esperalda, lo matarán sin saña o mejor desangrado por el corte del prepucio. Fue fácil matarlo. Siempre es fácil matar a un hombre. Aunque en el mundo hay muchos lobos, siempre habrá más corderos que lobos, está escrito que el mundo es un corral. Su muerte fue rápida, un corte en la nuca donde terminan lo invisibles bellos, el filo de una cuchilla de silex de esquilador le corrió de lado a lado, en el mismo punto donde muerde el león a sus presas o de donde levanta a sus crías y las transporta con suma delicadeza en esa cuna de colmillos afilados que son cepos en detenida espera. Me dijeron que se desangró enseguida. No sufrió. Se quedó boca abajo dando un par de coces. Condujeron hasta mi padre rumores de mucha sangre. Mi padre ha puesto precio a mi cabeza que vale menos que las sandalias de un ciego. Ahora he de huir al desierto.

Confesión de Absalón a la encina de la que estaba colgado por su larga y abundante cabellera:
A pesar de que tus orejas son de recia madera, sé que me puedes oír, porque puedes sentir el viento y atraparlo entre tus hojas, tú me retienes, me atrapas con tus ramas que son dedos de verdugo y no me dejas partir, siento manosear cada uno de mis pelos y no sé cuanto tiempo voy a resistir así izado. Te pido que me sueltes, soy poca presa para tan gran cazador de sombras como tú. Desde mi infancia acarreo tristezas y humillaciones, mi padre nunca me prestó atención, ni me regaló un caballo ni siquiera una burra, ni me enseñó a leer en las estrellas ni en los pergaminos sagrados ni en las tablillas de arcilla, ni me dirigió jamás una palabra de cariño, porque decía que un rey no podía dedicar su escaso tiempo a los hijos, para ese encargo se mantenían preceptores, maestros rabinos y criados. Pero ese infantil tiempo que negó a sus otros hijos o nietos, lo está entregando al pequeño Salomón hijo de Betsabé la Sabia. Se le ve contento a su vejez, el pequeño Salomón se monta sobre sus reales espaldas, y mi padre hace de yegua más que de caballo. David suelta toda sus risas con él, sin embargo, a mi me desprecia porque tenía derecho a reinar en Hebrón, llevo doble sangre real, mi abuelo materno fue el rey de Guesur. ¿No crees tú, sabia encina, que hice bien en proclamarme rey de la atorreada ciudad de Hebrón, a una jornada al sur de Jerusalén. Mi padre se merecía que alguien se enfentase a él, y de una vez por todas le dijeran lo desatendido que tenía a su gran imperio.
Hay de mí si he de pasar aquí colgado una larga agonía. Me duele la cabellera y me balancea el viento. Si tuviera a mano la gumía cortaría la cabellera. Si no me sueltas ahora mismo te juro que cuando me libere haré contigo una gran hoguera y no dejaré cruda una sola bellota para que rebrotes. Eres como las personas, mientras más complaciente te portas con ellas, responden con peores acciones. Mientras más se ama, más se aborrecerá después. Jamás fui un hijo preferido, ni el ungido como su sucesor. Tuve partidarios en Hebrón, mis cincuenta guerreros bien armados y pagados se apoderaron de la ciudad, los sacerdotes y consejeros me proclamaron rey de Judá, ¡ qué remedio!, sin derramar sangre, al toque del cuerno de carnero con adornos de plata de Tarsis, a la señal acordada me proclamaron rey. Mi padre envejece y no abdicaba en mi favor.
La única posibilidad de ganar la batalla era en el campo de los ejércitos, donde se inflama el valor ante la sangre coral, donde la púrpura es el carro que nos llena el cuerpo de valor, el vino embriagador que a todos nos envalentona, que nos agarra por el cuello y nos salpica con barro y sangre en el rostro. ¿Proclamo la lucha como único camino para conseguir el poder, para doblegar al amo a que ceda, que doble el brazo y abra su bolsa, o firme su derrota? El corazón de Israel fue partidario mío, no conseguí sorprender a mi padre en Jerusalén, huyó con sus hijos, hijas, mujeres, siervos, ganado y músicos con timbales. Cubierta su huida a retaguardia por sus veteranos y kereteos, con el Arca de la Alianza como protector ante el laberinto del desierto. Se me escapó mi padre por culpa de perder dos jornadas en Jerusalén. Quería darle muerte. Lo deseé. No fue posible, adivinaba todos mis movimientos a pesar de los espías que yo infiltré en sus tropas, por al contrario, mi padre tenía más espías en mis filas. En Jerusalén y todos los hombres de Israel me aclamaron, ¡qué remedio! , "¡Viva el rey, viva el rey", vitoreaba Jusay animando a las masas, y eso me complacía y me regocijaba, me ungieron rey de todo Israel. En la ciudad hallé a diez concubinas que había dejado mi padre en Jerusalén, las más bellas, trampa para mis debilidades y la carne de hombre se complaciera con ellas y perdiera jornadas en su persecución, pedí consejo al traidor Ajitófel, me aconsejó que descansáramos. Mi padre, hombre de guerra, astuto y forjado en mil batallas, conocía cobardía, y yo tuve que escapar de allí para salvarme de una muerte segura. Aquí estoy ahora, sin parar de hablar con una encina, colgado, trastornado, me balanceo como péndulo inexorable de un tiempo larguísimo, ahora me doy cuenta de que soy un necio, un hombre entre la cabeza vacía y las ideas empapadas de cerveza de mijo. Pude vivir como príncipe obediente y sumiso en casa de mi padre, por el contrario, aprendí el miserable lenguaje de la guerra, lo que demuestra que no soy ni inteligente ni astuto, ni capaz, ni honrado, ni buen hijo, ni acumulo fortuna, y lo peor de todo es que no sé rezar. ¡Silencio!, escucho el trote de un caballo, se me acerca por la derecha, no puedo mover la cabeza para verle, mas las voces del jinete me hacen reconocerle como Joab, el que fue mi lugarteniente, grito para que me vea, es lo único que puedo hacer, pedirle vergonzante ayuda. Se me acerca más. Estoy seguro de que viene a descolgarme, convencido de que con esta samaritana acción ganará mi perdón, seguro que le perdonaré aunque por otra parte sabe que cuelgo aquí inerme como un blanco fácil de corazón abierto al grito. No me puede hace daño porque soy el hijo de David. El más valeroso, el más bello, el deseado, el elegido para reinar por Jehová. ¡Cuánto ha sufrido la piedra frágil de mi corazón! Soy como la piel mudada de una serpiente, algo que ha dejado de servir.



15
La memoria es pacto de las llamas del olvido. Continué escribiendo: Cuando David supo lo del asesinato de Absalón se estremeció en sí mismo, hubo de recordar la muerte de su primogénito, y también, la de mi padre, y por qué no otras muertes que le causaron placer y gloria como la del gigante Goliat. Gritó con todas sus fuerzas y una voz de dolor estremecido rompió todas las ramas del bosque hostil de la ira. Pidió que le trajeran el cuerpo de Absalón para velarlo en la tienda real de campaña. Cuando le trajeron aquel cuerpo aún más bello por la quietud de la muerte lloró con lágrimas mensajeras de un dolor que no le era nuevo, clamaba entre sollozos: ¡hijo mío, hijo mío, hijo mío Absalón! Yo debí morir colgado de la encina en tu lugar".
El ejército, el pueblo que le seguía y su familia, supo que David quedó, incomprensiblemente, desolado por la muerte de su hijo rebelde, con tal confusión entre el ánimo del pueblo que todos se sintieron avergonzados. El profeta Natán entró en la tienda real: Señor, sabemos que tu pena no se quita con nada, que lloras por tu hijo, pero lamento hacerte ver que ya no tiene remedio, con tus lloros de hombre desanimas a tu ejército y a tu pueblo, ¡alábate! , porque con tu victoria has salvado tu vida, la vida de tus hijos, hijas, mujeres, siervos, ¿por qué aborreces ahora a los que te aman? Demuestras con tu llanto que nada te importa, abandonas tu sabia obligación de gobernar. Perdona a Joab, tu fiel servidor, perro subordinado, desconocía la recompensa de: "solo vivo" él cumplió con su sagrado deber: librar al rey de sus enemigos quienes sean. Si por el contrario, Absalón nos hubiera vencido, ahora, todos seríamos huesos en picos corvos de buitres y cuervos, carne de esclavos para los reinos de asiria. Levántate y sal de la tienda, habla al corazón de tus hombres, elévales el ánimo y regresemos a Jerusalén, no sin antes agradecer el asilo al rey de los ammonitas".
Todo el pueblo y el ejército acampado en el oasis de Benolá, acudió a la tienda de David, más tarde, David salió conteniendo sus sentimientos y preparó su vuelta a Jerusalén añorada. Cruzó de nuevo el Jordán con el Arca de la Alianza adornada con tumores de oro llevada por los levitas y los kereteos. En el camino mandó jinetes con mensajes a Jerusa1én, que si bien no iba a ser de nuevo conquistada en forma troyana, si debía sufrir algunos castigos entre sus habitantes, ajusticiar a algunos traidores, torturar sobre el potro a los más rebeldes y sacar de las cloacas a los topos escondidos como alimañas (eso que nunca dan la cara ni en una batalla a su favor y que nunca sintieron el fuego de la pelea ni la presencia del rugir del león de la guerra, ni el sabor de una gota de sangre enemiga salpicada en la boca). Sacerdotes y Jefes de las tribus que apoyaron a Absalón se avergonzaron y juraron obediencia. Esto hizo pensar a David sobre las miserias del alma de los hombres en momentos de dificultades. Otros no conformes con prestar obediencia tomaron el camino del exilio voluntario, que siempre es forzoso.

Confesiones de David a su hermano Jonodab:
"Queridísimo y amado hermano Jonodad: Esta noche es duelo y velatorio. ¿Cómo no llorar la muerte de mi hijo Absalón, aunque se alzase contra mí, aunque quebrantase mi brazo y mi ánimo, aunque se levantara en armas o en bienes contra mí? Un hijo siempre merece un perdón, una oportunidad razonable, una puerta de entrada, una casa, un plato de lentejas. Solamente aquellos que tenemos hijos sabemos del dolor tan intenso que origina la falta de uno tan solo, es algo más fuerte que el hierro candente marcando su calor sobre nuestras carnes, y tanto es así, que incluso cuando se hallan enfermos preferimos poseer nosotros su mal. ¡Cómo no llorar a un hijo! , ¿a caso es un perro al pie del camino atropellado por las ruedas de un carro de guerra con cuchillas o espolones de muerte? Sólo quien es padre sabe con certeza lo que duele la pérdida de un hijo, más que el dolor físico es como un terremoto interior que nos desvencija las entrañas y nos hace sentirnos al revés en un estremecimiento que no tiene consuelo ni admite palabras para mitigar el sufrimiento. Ofrecí recompensas para que me lo trajeran vivo, jamás muerto, para que respetaran su vida, pero ahora me traen su cuerpo fenecido, sin a1iento, y ahí yace como una alimaña acabada su belleza salvaje, inerme en espera de una sepultura. ¿ Qué he de hacer con Joab?, Natán me pide que le perdone, en cambio, el ejecutor no me obedeció, qué hacer con él que se pasó a mis filas, y antes luchó en el sitio de Rabá, que defendió mis fronteras, mis albercas y cada grano de las arenas de mi reino, lacayo villano, ejecutor de Urías, perro cumplidor, pilar de la disciplina de mi ejército, valeroso, querido del pueblo y mi confidente. ¿Qué he de hacer? Ya lo sé, ejecutaré a su hijo lo mismo que ha hecho él con el mío, eso es lo que voy a mandar que le cuelguen. La condena por desobedecer a un rey debe ser castigo insuperable. Creo con firmeza en la maldición que me persigue: "La espada no saldrá de tu casa". Ahora nadie podrá reprocharme que disfrute de un incontenible rencor, aunque el resentimiento emane del sufrimiento por no eliminar por nuestras propias manos a la persona odiada. Ya entiendo, no hace falta que me repliques, no apruebas que mate al hijo de Joab, no lo haré, por una primera vez te oiré el consejo.- La verdad es que mi hijo Absalón me gustaba, tenía algunas dotes, la ambición exacta, el mando amplio, la justicia medida, mejor incluso para gobernar que mi primogénito, que se dormía en la piel esmeralda de las esclavas de Ofir, ¿pero podía yo dejar mi trono en manos de un hombre que mató a su propio hermano? Un rey no puede carecer del sentido común ni confundir el bien de todos con sus propios intereses. Comprender no es saber. Cada mañana pido a Jehová que me dé alegría y conocimientos. Mi hijo fue asesinado a manos de mis perros escapados de la correa de mi mano, perros cazadores que no obedecen la llamada de su amo cuando la sangre les ha empapado la boca. Las fieras que ya no reconocen la mano que les da de comer han de ser sacrificadas. De haber sido ejecutado a manos de los enemigos filisteos, hubiese sido una muerte provechosa, una muerte en el campo del honor empuñando una espada, con el corazón lleno de Israel como Saúl y sus hijos, es digna de ejemplo. Es cierto, lo reconozco, me desafió, y en modo magnífico, me hizo huir de Jerusalén aconsejado por mis videntes y sacerdotes que no confiaban en la muralla por acabar. Demostró tener capacidad de desafío que también es una muestra de orgullo, una demostración necesaria de hacerse respetar, porque el hacerse respetar ante los demás es sobrevivir, llevaba dentro la estirpe de raza, de tribu de Jacob, de la familia en le herencia de la sangre, sin duda, un signo de grandeza que lel honraba."
"¿Acaso, no debí dejar la herencia de mi reino a Absalón cuando la fiera herida de la vejez me avisaba de su indudable llegada, cuando fue domado por la honda de los años que se han apoderado de mis huesos sin carne? Le dejé el Principado de Hebrón, no se contentó, lo quería todo, aconsejado por su madre o por los amigos de los amigos que son siempre mis enemigos. Ahora qué aptitudes posee Adonías mi cuarto hijo para reinar, es joven inmaduro, se deja llevar por los consejos de su madre. ¿Qué detalles de un gobernante se le pueden ver a su corta edad sino deseos de jugar y locuras de infancia, banda de mérito, sin garantías de un hombre juicioso de Estado. Su edad no le ha dado ocasión de medirse en hazañas o situaciones de crisis, donde se ve el verdadero valor y la capacidad de decidir fríamente, perder la cabeza es un lujo de pocos.
"Te he de contar un secreto, hermano, Natán me hizo jurar que antes de morir tenía que ungir a Salomón en recompensa a la muerte de Urías, porque así pagaría mi pecado. Te lo puedes creer semejante estupidez. Jamás me saltaré el orden hereditario."

La memoria me juega malas pasadas, amigo Argos, el saqueador de la bolsa de los enfermos, algunas veces que quedo en blanco como si no necesitara recordar nada más. Los libros sagrados cantarán que hubo una vez un rey que tuvo muchos hijos: seis nacidos en Hebrón y once en Jerusalén. El primogénito Amnón hijo de Ajinoam; el segundo Kilab -muerto en su infancia- hijo de Abigail; el tercero Absalón el rebelde, hijo de Maaká hija del rey de Gusur, el cuarto Adonías hijo de Agit; el quinto Setafías hijo de Abital; el sexto Yitream hijo de Egá; el séptimo Salomón hijo de Betsabé la sabia. Pero además de estos hijos con sus esposas, tuvo ciento veinte hijos e hijas de esclavas y concubinas, gracias a la bendición de Jehová. Otros, los que siempre te llevan las cuentas de todo dirán que fue el vencedor de Goliat, pero nadie olvidará que mandó matar a Urías, y que por ello el profeta Natán le reveló el castigo divino. Muchos se preguntarán que cómo se forjaron tantas intrigas, envidias, tantas luchas por el poder, por el gobierno de un reino de tierras valdías, desiertos avanzados, pobreza innumerables y miseria como plato del hambre. El único comercio capaz de generar alguna riquezas son los caravaneros en paso por la ciudades, fielatos en las ciudades, asentamientos de artesanos que siempre procuran algún ahorro, y eso lleva al préstamo y el préstamo al corretaje, y engrandecimiento de las aldeas y estas en ciudades, pero es que en Jerusalén, doblemente amurallada, todo tiene valor: piedras, leña, hasta el agua escasea, lo que escasea tiene mucho precio. Las cosas de este mundo tienen el valor de su demanda, y la escasez hace del agua que sea oro líquido brotando entre las piedras. En una isla desértica que solo tuviera oro y agua, ¿que elegirías para sobrevivir? Tampoco nadie debe escandalizarse de la ambición de los hijos de David, pues él también estuvo dotado de la señal de Caín, de ambiciones bien amarradas, porque empezó como pastor con el rebaño de su padre y luego pasó reclutado por la recomendación de Samuel al servicio de la casa de Saúl tocando la cítara para entretenimiento de Saúl y su corte, y mira dónde acabó. Y es que el joven David no aspiraba a ser el director de orquesta de los equipos musicales sino el director de todas la orquestas del reino de Israel. Aunque tampoco es de menospreciar el valor de aquel tañedor de cítaras frente a Goliat de Agat en los campos de Terebinto, llevados por una apuesta. ¿Qué edad podría gastar David en aquellos años?, al menos entre quince y veinte, cuando el poder de un brazo reúne toda su sabiduría y su ciencia, la suya, la edad del lanzamiento de la piedra con la honda y el chasquido sea un trueno. Sabía que para ser admirado por Saúl, tenía que hacer alguna heroicidad, igual que hizo Saúl con el asna a sus hombros. David tuvo una oportunidad y la aprovechó, cada hombre tiene su ocasión oculta en su camino, quien es sabio en aprovecharlas consigue el éxito, otros caminan de espalda a las oportunidades, y es que muchos no tienen ninguna. Aunque tampoco le fue fácil ocupar el trono de Saúl, el fuerte y sabio rey receloso de todos y consciente de que estaba rodeado de peligrosos enemigos, de jóvenes ambiciosos sin corazón ni límites. Rey que murió en batallas junto a su hijo Jonatán y sus cuerpos colgados de la muralla de Betsán. Aunque en realidad fue rematado a petición propia, cuando se desangraba poco a poco con toda su vida marchándosele por la boca de rosa negra, y le suplicó a un amalecita que le rematara a él y a Jonatán, Y a tres hijos bastardos. "Toma mi diadema y mi brazalete y llévaselo a David, él es el único con agallas en todo el reino, el puede vengar mi muerte" , y David cantó en Hebrón una elegía sobre los campos de perfidia de Gelboé, donde murieron Saúl y Sus tres hijos, y dijo eso de por tu muerte estoy herido, lleno de angustia, hermano mío. En Hebrón capital de Judá fue ungido rey de la casa de Judá. Esta demostración de dolor no fue suficiente, porque Isbaal, uno de los hijos de Saúl salvado del Gelboá, fue proclamada rey de todo Israel, y la tierra prometida se dividió en dos pequeños reinos: La parte norte correspondiente a Jerusalén hasta Efraím con el nombre de Israel y la parte sur con Hebrón con la denominación de reino de Judá por David. Tenemos a dos jóvenes antagonistas, que siguen luchando por el control de una tierra yerma, vacía y pobre y a su vez dividida en mil tribus que son tanto reinos como familias. Han de seguir luchando como una sed que hay que apagar, y se juntaron en la alberca de Gabaón, pozos para recoger y vender agua, y allí ambas huestes empezaron a pelear. Y se encontraron allí no por casualidad, sino por dominar la riqueza que oculta manaba del fondo: el agua, recursos con brillo propio como el sol.
Israel se fue debilitando en la guerra civil, de tal forma que hubo ciertos pactos entre Isbaal y David en el que salió ganando David, como fue el de recuperar a su mujer Mikal, hija de Saúl, la que compró a cambio de cien prepucios de filisteos -no serían tantos, porque David mató corderos y sus prepucios mezclados entre los de los filisteos o tal vez quiso decir reconversión por circunscisión-, y lo más lamentable de esta devolución, fue que Mikal había sido entregada en ausencia de David a otro hombre, y éste pobre y desconsolado marido con cuatro hijos cuando se enteró de que Mikal volvía con David, se puso a llorar, más que a llorar a ponerse en huelga de hambre a la puerta de un Templo. Más tarde, dos hermanos asesinos a sueldo, posiblemente pagados por David, benjaministas, y una tarde cuando Isbaal dormía la siesta, entraron en sus aposento, le hirieron y le mataron, le cortaron la cabeza como prueba de su asesinato y se la llevaron a David en Hebrón: "Aquí tienes la cabeza de tu enemigo Isbaal". Pero David en vez de pagarle, mandó matarlos, así debe ser para aquellos mortales que tienen la insensatez de asesinar a un rey, le cortaron las manos y los pies y luego lo colgaron cerca de la alberca de Hebrón, y la cabeza de Isbaal enterrada en su sepulcro. Por ese temor a tan severo castigo de un magnicidio, yo no tuve el suficiente valor de vengarme del rey David, mi oportunidad debí llegar cuando no lo tuviera tal rango.
Cumplía David treinta años cuando vinieron a Hebrón los ancianos de la tribu de Israel y le pidieron que tomara las largas riendas del fronterizo reino, con la promesa de que le ayudarían a tomar Sión, la rica ciudad de los jesubeos, le puso sitio y fue vencida gracias a la debilidad de la vigilancia de los túneles de agua, entró en la ciudad por sorpresa y vació las albercas dejándoles morir de sed, los jesubeos entregaron la ciudad a David (ciegos y cojos no entrarán en la casa de David). Por eso la eterna obsesión de David fue la de asegurar las albercas y la nueva muralla perimetral a la conquistada ciudad, pues todo aquel que conoce las debilidades ajenas le se convierten en propias cuando las ha vencido. Los jesubeos juraron obediencia no sin antes tener que colgar en la puerta de la ciudad a los que no se dejaron someter, otro se exiliaron en Canaan -los sacerdotes y los que poseían riquezas, pues siempre se quedan los mismos en las ciudades sometidas: los pobres ajenos al orgullo que no tienen nada más que cuidar que el propio pellejo-. David ocupó la antigua fortaleza de los jesubeos, organizó el ejército, protegió las puertas Jerusalén y con esta seguridad consiguió que los mercaderes pagaran cada vez más diezmos.





16
LA MEMORIA se mantiene joven, sobre todo en los recuerdos de la infancia. Todavía no es posible declasarse hombre, por lo visto la vida no es posible sin la extraña fuerza de sentirse vivo. Fui durante muchos años escriba (intérprete de las leyes de la Torá y recaudador de impuestos, los campesinos son egoístas ocultan toda su cosecha y dicen que son pobres ante el escriba y sus soldados, y ese campesino avaro hay que darle palos delante de sus vecinos como ejemplo) en la corte de David, pero también lo fui de todas las consultas de sus hijos. Mi amistad con Adonías se ensanchó en clara armonía de afinidad, yo apostaba porque algún día sería ungido como sucesor, estaba seguro de que reinaría pues las enseñanzas de David fueron dirigidos hacia él, tal vez su mala experiencia con Absalón le había hecho recapacitar. Un día le dijo David a Adonías delante de mí:
-Hijo mío, antes de que seas ungido como rey de Judá e Israel por los sacerdotes, quiero hablarte en consejo sólo alcanzable a la inteligencia privilegiada de los reyes. Mañana antes de que las murallas de Jerusalén tomen los ojos del sol prepárate para venir conmigo al pabellón de la caza de los leones, he de hablarte de las fieras del mundo. A la mañana siguiente la ausencia de toda palabra encubría las pardas y remotas torres de Jerusalén, toda ella se estremecía a la calma y, como embriagada por la orquesta luminosa de la primavera, Adonías se desperezaba y estiraba los brazos al aire puro y fresco a la aventura del día con aparente cara mal despierta de torpe madrugar, esperaba a su padre en la Puerta de los Caballos con ostentación de fuerza y cara abierta al corazón -enganchado a su carro de dos ruedas, pateaban dos corceles nerviosos de un limpio color almendras peladas, lanzas de bronce en la cuja, carcaj con flechas de punta de hierro (de las que tienen espolones para impedir que se caigan de un pecho saetado) forjadas en secreto por los filisteos, adornos de plata de Tarsis y sobre el torso un manto de púrpura de Tiro- y casi descalabrada visión de un joven imprudente al que le dominaban intactas ganas de derrotar a todos los leones feroces (representan las calamidades del mundo en avanzada descomposición) del desierto. Cuando se es joven se es joven para siempre, la juventud es de una fuerza inaudita, cuando la vida es vegetación que florece nunca se envejece y todo el estiércol favorece su lontananza. Esperó con impaciencia Adonías a su majestad el rey, mientras los caballos enganchados al tiro escarbaban con sus pezuñas delanteras la dentadura del atrio de la fortaleza antigua, que aún no era palacio, y que en la mente de Adonías existía el vivo proyecto de continuar la construcción de un palacio y del Templo como ningún otro conocido. Es cierto que los hombres ambiciosos son los encargados de escribir la Historia. En la parte de atrás de la fortaleza, bajo el clave del arco cuyas labradas piedras el tiempo envejeció, salió humilde la cabeza altiva de David, montaba su mula azuzada por una vara seca de acebuche, pelada y alargada fusta, sobre su cuerpo dejaba caer la túnica de lana cruda, demostraba un deseo de humildad externa (maldito viejo cuando él era la llama del orgullo mismo, para enmendar un error se han de cometer tres más), sin más armas ni más lazos para la caza del león que la sabiduría en el bandolerismo (uno ha de luchar con la armas propias y no con las que te obligan las circunstancias adversas). El viejo David tuvo que contener una sonrisa sarcástica al ver a su hijo brillar como una tea por el bronce bruñido de su peto en el deseo de cazar con la fortuna asegurada y lazos de seda en manos de asesinos.
El valiente David, cansado de tener en sus manos la flácida honda con la que mató a Goliat de Agat colgada siempre de la percha de su trono de marfil, la espada desnuda frente a sus enemigos, yugo de poder, esmeralda de Israel, el puño cerrado como la garra de un ave muerta, tenía como máxima: mientras puedas respirar no te quejes.
-Hijo amado, en las monterías y cacerías de leones tú debes de abstenerte de perseguirlos, hostigarlos o cazarlos, son tus siervos, tu pueblo quienes los cazan para tu gloria y grandeza, tu misión es tu presencia y tu ánimo, tú eres cazador de hombres, de sus corazones, de sus sentimientos, de su voluntad, de su valor, de su coraje, lanzador de retos y buenas intenciones, representar, moderar; un rey no debe exponerse a las garras irresponsables de las fieras (ellas no saben apreciar la carne de rey, ni la piel que se crió con baños de miel con nodrizas, la cítara entre las rodillas y el constante estudio de las estrellas), para luchar contra el león en el que debes de ver a tu enemigo, existe el ejército o los bárbaros mercenarios a sueldo, tú eres como Agamenón, domador de hombres, los hombres son domadores de caballos, de camellos, de espadas, de mujeres, de esclavos, pero el rey, el único sabio reconocido, la única cabeza balaustrada de conocimientos y elegido por Jehová, doma a los hombres, que por naturaleza son rebeldes a obedecer, cobardes ante el enemigo, débil ante la cerveza de mijo, embustero ante el miedo, pero también debe domar al destino y a la historia cómplice de su tiempo, porque será juzgado por el estilo insobornable de la historia. Un buen rey no debe llegar al pabellón de caza montado en un carro brillante como los ojos de la codicia, centro de miradas envidiosas o recelosas, porque si el rey se como un huevo, ten seguridad que el ejército se comerá mil gallinas, por placer, por superarte. Deja el carro de guerra para la guerra, cada arma ha de tener su preciso uso, no gastes fuerzas donde no son necesarias. Agárrate a esta mula de reata, símbolo de la prudencia, sígueme detrás, como te corresponde, cada hombre tiene su lugar, y ¡hay de aquel que no sepa cual es el suyo!, no ofendas ni provoques recelos entre tus súbditos, ellos son los que te ensalzarán y te darán el mejor sitio, la mejor comida, las mejores mujeres, pero también no debes olvidar que son ellos los que te pueden quitar el trono. Recuerda que el sabio es el burro y no el caballo, porque el sabio no lo aparenta ni lo dice, aguanta los palos y sólo da la coz muy de tarde en tarde. Hay de recordar que un rey jamás debe parecer cansado, después de días de marcha en una batalla, ha de presentarse ante sus súbditos como si acabara de salir del baño, fresco, sonriente, sin parecer agotado, porque él es el Sol Padre, en el que se miran, del que deben sentirse orgullosos, en el que deben depositar sus esperanzas, tu pueblo no tendrá en cuenta las veces que aciertes sino las que falles. Debes atraer a tus súbditos con, jalea real más que con miel. No debes escandalizar. No provocar envidias. El pueblo posee una fuerza colosal que es la memoria, jamás olvida y él es el más sabio de todos y carece de sentimientos. Aunque también debes ser respetado sin ser aborrecido. Si la vida fuera fácil no sería necesaria la corona ni el ejército, ni el gobierno, ni la administración; más no es así, por ello te necesitan.
-Lo tendré en cuenta, amado padre -respondió el joven Adonías que tenía la urgente mirada del poder en su rostro y el deseo de reinar, sin embargo, tenía mucho por aprender porque carecía de la espúrea diplomacia, porque es ciencia de masticar sangre día a día. Se le aproximaban épocas de paz, su padre apaciguó las tribus, hizo pactos fuertes con algunos de sus vecinos, única garantía de perpetuidad, dialogó sin armas, pero con armas. Era de pequeña estatura como todos los hijos de David, piel aceitunada, empezaba a dejarse una barba con largo bucles al estilo asirio, cuya moda nunca dejó de tener seguidores.

Padre e hijo salieron de la gran tienda improvisado pabellón de caza, me preguntó Adonías si yo había tomado buena cuenta de las palabras de su padre, porque mi memoria fue siempre privilegiada, y en mis años jóvenes era capaz de retener todas la palabras de una conversación, luego tomaba mis anotaciones y guardaba cada entrevista real, pues sabía que todos me preguntarían después como si yo fuera depósito de memorias colectivas. Aquella mañana el sol se tendió sobre el desierto, se sentía triste y lánguido como si quisiera desprenderse de un sueño de piedra, hacía desaparecer las sombras, luego se vistió de vaporosas nubes con belicismo de lluvia que eran lametazos sobre la arena indolente. El brillo, que las luminosas piedras del desierto tuvieron otros días, habían huido hacia el horizonte donde menudeaban los tamariscos, las tochas de esparto, arbustos de raíces como brazos de viejas mujeres, ramificaciones económicas. Otros días a lo lejos, se podía ver un frontón de calizas montañas que semejaban la silueta de una manada de dromedarios quietos el viento amaestrado. En la mirada de Adonías, ausente de malicia, noté una gran safisfacción, agradecía aquellos consejos de un viejo (sesenta y tres años) muy manipulado por el roce de los días, por el saludo de sus súbditos -los hombres actúan por imitación-, por los privilegios que le donarán sus jefes militares cabezas de tribus por el veneno del poder, por las intrigas de Betsabé, que no dejaba en el ardiente empeño que su pequeño Salomón reinara algún día.
Te puedo asegurar, amigo Argos, que mi hermanastro Salomón, desconoce que yo sea su hermano, nadie lo sabe, más que yo y mi madre, por supuesto, en el anonimato me protejo contra toda envida o sospechas de un posible enemigo, si supiera que soy del mismo manantial de su sangre no se enorgullecería de mí, ¿cómo un liberto, un siervo, un escriba es hermano del gran príncipe?, los metales hablan por su sonido los hombres por su corazón, mas ya no me importa que pueda llegar a su oído. El trato con Salomón me enseñaba día a día cuál era la actitud que debía tomar hacia él, sin duda su inteligente no deseaba a su lado otro inteligente que como yo le hiciera se adelantara en las respuestas a los enigmas y acertijos. Yo fui hizo extraviado, el gran secreto de mi madre, a ella no le convenía que apareciera un hijo, a pesar de que habitábamos en la misma fortaleza mis relaciones con ella fueron las de un servidor no la de un hijo, y ni en público ni en privado me dio muestras de cariño, la dureza de su corazón fue sólo comparable a la dureza del eje un carro de guerra. No obstante, me preguntaba sutilmente sobre los asuntos del rey, también me consultó sobre la entrevista de David y Adonías en la caza de los leones, y la verdad es que yo no me podía negar a sus preguntas, en realidad fui un espía al servicio de mi madre.
YO. -David quiere ungir a Adonías como su sucesor, le va dando consejos que sólo interesan a un príncipe. Cuando le lleva a cazar leones le enseña a cazar hombres.
BETSABÉ.- Eso es mentira, es mi hijo el que ha de reinar.
YO.- Azotadme si miento. Al servirte soy yo quien me sirvo. Pero dejadme que sea partidario de Adonías, así si alguna vez llega a reinar yo podría protegerte. Él tiene más posibilidades que Salomón.
BETSABÉ.- Tu boca está llena de víboras. De aquí en adelante has de tenerme informada, has de ser abundante en oídos, si no quieres. . . , ya sabe. Si me mientes pagarás con tu cabeza. No hay cada por encima de la sucesión de Salomón.
YO. Sí Señora, entiendo, pero insisto en que deberías pensar en lo que te digo.
BETSABÉ.- Se acabó la audiencia puedes marchar.

Amigo Argos, Adonías iba a reinar estaba seguro de ello, David se lo había prometido, a pesar de que necesitaba en muchas clases peripatéticas del cinismo de la política. Sus afamados preceptores: sabios caldeos y sumerios, no le habían podido enseñar grandes conocimientos, su gran afición fueron los caballos, los carros de guerra, armas y todo aquello que su mente guerrera le causara alguna victoria, fue todo lo contrario que Salomón, cuyos conocimientos de geometría y astronomía, le hacían sobresalir entre sus preceptores. David no deseó una nueva rebelión de su hijo como le ocurrió con Absalón (su ambición de poder se debió a una obligación de devolver todos los favores que había pedido a sus amistades influyentes: sacerdotes, escribas y rabinos, tal vez no tuvo en cuenta la elemental práctica de que todo favor que se recibe ha de devolverse algún día).
David le desveló a Adonías el divino arte de reinar, y así lo escribí yo: "Un reino es como un rompecabezas de territorios, tribu, pozos de agua, ganados y desigualdades riquezas, desavenencias entre hermanos: Tras horas de búsqueda en el montón de piezas confundidas por su perfil o coloración, eres de repente atraído por otra que al instante comprende que encaja en el hueco que espera ser ocupado, sin que en ese momento tuvieras tu atención puesta en ella ni en sus contornos y matices y tras un somero ensayo al comprobar que encaja a la perfección no puedes por menos que sentir satisfacción al hallazgo del pequeño tesoro, de la elegida pieza. Y cuando todas tus facultades estén ocupadas en otro punto del rompecabezas vienes en reparar en aquella figura que en apariencia corresponde por entero al hueco al que en anteriores momentos habías dedicado tantos desvelos. Y ni ninguna pieza estará contenta de su hueco, ninguna querrá ocupar el lugar que en el destino le corresponde, sin entender que no puede zafarse del lugar que ocupa en el de territorios. Un reino es un rompecabezas, jamás compuesto, siempre en discordia, sin saber exactamente cuáles son las piezas que le encajan, que un día tienen una forma y otro día otra, que un día te piden una cosa y al siguiente no están conforme con nada, que cuando tienen la ocasión te exigen o te venden, y que esas piezas te cogen por el cuello y te zarandean si pueden, y que sólo tienes satisfacciones pequeñas cuando la vez que algunas piezas encajan y se conforman con su lugar en el destino. Jamás se puede esperar agradecimiento por el gobernado, la gente en masa no tiene sentimientos individuales, sino colectivos”.
Te sugería amigo Argos que Adonías necesitaba muchas clases de cinismo político, ahora, con el hecho que voy a relatarte lo conforman: Adonías tenía confirmada la firme promesa de ser ungido sucesor de su padre, y para festejar aquel momento hizo holocausto de dos ovejas, un buey y vacas en el oasis de la fuente Roquel, en Piedra Zojélet, invitó a sus hermanos de madre, a los hijos de David con excepción de Salomón, cuya enemistad era evidente, a Semeí hijo de Saúl, a Joab jefe del ejército de David, al sacerdote Aviatar, a cincuenta hombres a su servicio, a servidores de David, también a mí. No invitó al profeta Natán ni al sacerdote Sadoq. En aquel oasis cuyas palmeras ofrecían sus sombras como contribución a un hecho claro, mientras los niños descalzos y los perros acechaban desde lejos la oportunidad de recoger algunas sobras, el día parecía contribuir con un cuerno de paz y luminosidad sobre los montículos de piedras guardianes de una comida en la que no faltó vino de Heldón ni dátiles de Edom en los postres. Después de los sacrificios en los que se oró a Jehová en gracias y durante la comida se dieron vítores de ¡Viva el rey! ¡Dios bendiga al rey! con una certeza de la que no cabía ninguna duda posible, pensé que situarme a su lado era lo más adecuado y más certera decisión de las que había tomado por entonces, seguro de lo evidente, jugador con trampas. Fui siempre partidario de Adonías, es difícil y costoso mantenerse siempre firme a los mismo principios, a la misma condición, no cambiar ante las desgraciadas eventualidades, ante la plaga de los hombres. También es cierto que el hombre que sabe cambiar a tiempo es un sabio.





17
La memoria se remueve en el fango y siempre saca a la superficie respirable lo más indigno del ser. La memoria es la luz de una conciencia. Amigo Argos, jinete de la enfermedad sobre mi cuerpo debilitado no ya por los años, mosaico de piezas dispares, sino por la llegada a término de todo de mi quehacer, no ya usada por el roce de los años deslumbrantes sino desgastada por manos torpes, a pesar del desmesurado deseo de recordar no sé si seré capaz de finalizar todas mis memorias, he de seguir mientras mi mano, tullida de sarmientos, pueda sostener el estilo, no contarlo todo me hace sentir desgraciado igual que un halcón al que se le entrena para cazar y luego no se le ofrece una paloma. Uno de los más graves errores que cometió el rey David lo perpetró por cobardía o tal vez se equivocó en un torpe juicio de sucesión no meditada con su hijo Adonías con el cual no cumplió la palabra dada y le mintió. En la tarde del día de nuestro regocijo en el Oasis de la fuente de Roquel, llegó un jinete en un caballo veloz marcado de sudorosa espuma por el roce de los arneses, era Jonatán hijo del sacerdote Abiatar con una desafortunada noticia: "Salomón acaba de ser ungido rey de Israel y Judá en la Fuente de Guijón por el profeta Natán, por el sacerdote Sadoq y Benaías según el mandato de David, Salomón ha montado en la mula del rey y en el trono". Tanto Adonías y muchos de los que gozábamos en la mesa nos rasgamos las conciencias como tratando de buscar en ella algún error, se profirieron blasfemias, no entendíamos tal cambio a última hora, si Adonías era al que le correspondía la sucesión, en esos momentos era el mayor de los hijos de David. Tras la noticia los invitados huimos al campo y cada uno tomó un camino (red que une a las aldeas y a las ciudades), pues es bien conocido el proverbio de que nadie aplaude al perdedor. Yo mismo oí salir de la entrebarbada boca de David las instrucciones que dio a Adonías en el arte de reinar. Por otra parte no existían graves problemas en el reino, que hicieran cambiar de política, el pueblo se sentía contento y protegido, los mercaderes acudían llenos de mercancías, y el rumor del oro se sentía como una sonaja que adormeciera a las calles empedradas en alegre convivencia. Supimos, con la desilusión que las noticias desagradables producen, que el trono había caído en poder de Salomón el Sabio, así se apodaba porque era hijo de Betsabé la Sabia, hermanastro al que odiaba por su arrogancia y engreimiento. Temimos los cambios que se iban a producir enseguida. Conforme me acercaba a Jerusalén a toda prisa pensando en el temor que mi partidismo iba a provocar en Betsabé, oí que salía de la muralla el bufido alegre de las gentes tocando flautas, timbales, chiflidos de las mujeres y proclamando alaridos de ¡viva el rey Salomón! Hasta los perros ladraban y los gallos cantaban.
Oí una voz en mi cabeza; el momento fatal que estuve esperando con tanta alevosía durante tantos años en los que se cobija una venganza, el odio sobre David el asesino de mi padre, ese estado de la pasión vista desde lo más recóndito del ser, había llegado a su puerto, uno más de sus abusos (no ungir a Adonías) había provocado que de la idea de venganza pasara a la acción (estado de creación), ¿cómo tenía que matarle no era nuevo para mí?, si lo mataba ahora no destronaba ningún rey porque ya lo era Salomón, matándole no cometía un crimen sino que cumplía una sentencia por todos sus abusos y pecados cometidos. Su muerte iba a ser silenciosa causada por un clandestino y alevoso veneno extraído de la flor de las adelfas blancas; incoloro e inodoro, ”será rápido” me aseguró el mago que me lo vendió en las montañas de Gelboa, cerca de Jerusalén a tiro de arco. Mi oportunidad me llegó una noche que, Abisab la sumita -joven a su servicio para que le diera calor, joven que odiaba al viejo David y que amaba a Adonías-, me pidió que le ayudara en llevar la cena al rey, era tal la oportunidad que el destino me ofrecía que no podía dejar pasar la ocasión, en concomitancia con ella le mezclamos el letal jugo de adelfas en un plato de trigo pelado con cordero. Comió, se durmió y no despertó. No creas ahora, amigo Argos, que ante estos dolores a los que no puedo enseñarles el camino de la huida, no voy yo a hacer lo mismo conmigo, mas antes debo usar las últimas fuerzas para terminar mi testamento o confesión al que tiene derecho todo criminal (bien, con su espíritu o la conciencia). David se fue por le camino de todos y se acostó en la sepultura de sus padres y de sus hijos en la ciudad de David. Nadie supo jamás que el rey David fue envenenado, ni los sacerdotes encargados de embalsamarle, autorizados a entrar en la morada de los muertos -pertenece a Jehová-, encontraron la letal arma entre sus tripas. Las ceremonias de momificación son secretas, llenan las cavidades del muerto con finas telas de lino, óleos y resinas de plantas que con el ineludible paso del tiempo empalizan a modo de viga el cuerpo muerto. Se celebraron nueve días de luto, bueyes y ovejas se inmolaron con toda ceremonia. Durante esos días Salomón estudió su futuro gobierno sin que acudiera a mí para escribir pergaminos -entendí con aquella ausencia que había sido excluido como un amigo del que no se puede confiar.
Me preguntarás amigo que quién fue el que, entre todos los cortesanos, doblegó la última voluntad de David en favor de Salomón, la única persona capaz de asesorar al rey y suplicarle era Betsabé, gran jefe femenino de todas las intrigas del harén que se confabularon en la vieja fortaleza de los jesubeos. Mi madre tuvo conocimiento del sacrificio y de la comida de Adonías en el Oasis de Roquel por el profeta Natán, cuyos espías fueron certeros en la noticia. El que Betsabé supiera de la comida Roquel por Natán en vez de por mí, fue la causa, evidente por otra parte, de su cólera sobre mí, de cuya boca jamás oí tantos insultos ni tantas amenazas y, como medida preventiva, me recluyó en mi habitación sin salir hasta pensar qué hacer conmigo, como doble esclavo a su servicio podía hacer de mí lo que le apeteciera en benevolente voluntad.
Betsabé no dudó en la mañana del sacrificio en Roquel, acudir presta ante el rey, se arrodilló y postrada le contó que Adonías celebraba ya la coronación, le recordó el juramento que había hecho a Jehová ante Natán de sentar a Salomón en el trono, lloró e interpretó un exacerbado temor de que si no reinaba Salomón, tanto ella como Salomón corrían peligro de muerte, pues en la comida de Roquel, Adonías había invitado a todos sus hermanos menos a él, David, tras una meditación pausada en busca de una solución que pudo ser valiente, negó que jamás hubiera prometido a Adonías que le iba a suceder en el trono. Mentiras para salir de la encricijada, más como Natán también se encontraba dentro de la fortaleza, y ante el profeta no era capaz de mentir pues el temor que le profesaba era sólo comparado al que le tenía a Jehová. David dio órdenes urgentes de que Salomón fuera ungido rey en Guijón -fuente cerca de Jerusalén.
Acabados los funerales, Adonías temió por su vida. Se refugió en el Templo y se subió en el altar y agarrado a los cuernos pidió público perdón por el holocaustro celebrado en Roquel, juró que no bajaría hasta no ver a Salomón cara a cara para pedir perdón. Salomón acudió al Templo, Adonías le suplicó que no le negara, y ante el pueblo y los sacerdotes, el nuevo rey aseguró que no moriría a espada si su corazón permanecía limpio como los pensamientos de un niño. Bajó del altar Adonías con cierta alerta y para probar las verdaderas intenciones de su hermano le solicitó como esposa a la joven y última concubina de David la sumita Abisag, se le negó dicha gracia, y Salomón no dudó en acabar con la vida de su hermano Adonías ante el temor a futuras intrigas fraticidas, encargó a Benaías, nuevo Jefe de su ejército, que lo matara.
Al tercer día de la muerte de Adonías, encadenado fui llevado a la tribuna del rey Salomón junto al sacerdote Abiator, Joab, Semeí, Jonatán y otros fieles de Adonías, nos acusaban de alta traición. Abiator y su hijo Jonatán fueron desterrados a Anatot; Joab sentenciado a muerte; Semeí confinado en Jerusalén; y yo desterrado como la pus de un grano podrido a Tiro, ciudad de la que era natural ni padre, y todo gracias a mi madre que intercedió ante Salomón para ganar mi vida (mi vida para Salomón carecía de importancia), siempre el instinto maternal permanece en el corazón de una mujer, aunque yo no sé si merecía vivir cumplida mi venganza, ¿quién duda de que no merecía un castigo que diera satisfacción a una culpa que se manifestaba en determinados momentos?, no siempre, pues creí en determinados momentos obrar en cumplida justicia (La Juscicia sólo se sacia con la sangre de su enemigos). Aquel mismo día de mi destierro, los hermanos de Salomón: Sefatías y Yetream le juraron fidelidad, el trono fue dual, junto a Salomón se sentó también La Sabia a la cual le había hecho un asiento a su misma altura hasta su muerte ocurrida hace quince años.
Israel y Judá son la tierra de la fortuna. Salomón con su viva juventud (diecinueve años) desde lo más suntuoso de su trono de oro y marfil porque fue el hombre más rico de la tierra durante cuarenta años, desde el poder que proporciona el oro y la plata, consiguió la sumisión de hombres y voluntades, y expuso a la corte, más que una orden tajante y divina y jamás contradecida, un deseo, el de construir un gran Templo para el Arca de la Alianza donde viviera Jehová, para tales propósitos necesitaba expansión, esfuerzos de todos sus súbditos y cuando se pide escuerzos se aprieta sus espaldas. Al proclamar tan ambiciosos deseos sus súbditos se arrodillaron sin un murmullo de oposición, y en esos momentos debió sentir por un instante sublime y memorable, que nadie le pararía en un proyecto de convertir a sus unificados reinos en fortaleza de riquezas, más grande que Egipto o Babilonia. Convencido de que el yugo del oro es el único poder invencible para conseguir doblegar voluntades reticentes juró pactos con Hiram, rey de Tiro señor del Gran Mar, le pidió cedros -de los que en las laderas del Líbano crecían tiesos como si se anticiparan a ser mástiles de veloces naves, timones, mascarones de popa, agudas quillas deseosas de ser vestidas de mar-, marineros y calafates. De alguna forma Salomón les dio a entender al rey de Tiro y al faraón de Egipto que en aliaran con él para contrarrestar la expansión del reino asirio, amenaza llegaba ahora traidas por el viento del oriente y el reino de los dos ríos. En la fuerza hallarían la paz, esa paz no sería duradera sin las riquezas Ofir o Punt donde se escondían gran cantidad de oro. Los fenicios componían las tripulaciones expertas en la navegación de grandes distancias en el mar de los cretenses y tartesios, en un viaje trajeron a la vuelta 420 talentos de oro, marfil, y exóticos monos y pavos.
Amigo Argos, me pregunto que cómo llegó a conocimiento de Salomón la ubicación exacta de las minas de oro y de las piedras preciosas en Ofir, tal vez, se lo debió contar el ambicioso Sheshonk, consejero libio del faraón que acompañó a Nínfula hija del faraón Psusennes II a la corte de Salomón ofrecida en matrimonio, gran privilegio para los israelitas poder emparentarse con los faraones, los antiguos amos, que por tantos siglos esclavizaron al pueblo hebreo, ahora eran aliados. En dote de a su hija el faraón conquistó la ciudad cananea de Gezer.
Más qué importa, amigo Argos, dónde se encuentren los tesoros, si desconocemos que el mayor tesoro se encuentra en la confianza de sí mismo, en la seguridad de actuar con diligencia y el acierto que las situaciones requieren en cada momento de la vida. Para llegar al centro de uno mismo existe un camino: el del conocimiento por el estudio y el aprovechamiento de las experiencias. En cuanto más débil es un hombre más necesita la riqueza terrenal para sentirse seguro, por eso se aferra a la conquista y a la dominación, con ostentación de riquezas, poder, fuerzas, apariencias. Durante aquellos años de alianzas entre egipcios e israelitas, no hubo verdadera hermandad porque los dos pueblos son orgullosos de sus tradiciones, prepotentes de dominar el mundo, cada uno se considera el mejor, el más valiente, el elegido. La certera duda de vivir aparece ante la grave enfermedad, la que yo padezco y me propongo acabar pronto con el sufrimiento como un derecho a la eutanasia, con la misma ponzoña que le di a cenar a David.
Mi hermanastro se juró a sí mismo hacerse grande al verse tan pequeño por dentro, cuando encontré 1as tierras de Ofir o Punt en la cornisa sur del Mar Rojo gracias a su demostrada ambición en la que no dejaba de insistir, acudió al brillo turbador del oro, plata y piedras preciosas, al fin y al cabo piedras, su instinto de poder era comparable al rastreo incansable de un sabueso (1-no encuentra obstáculos ni límites en los cielos) (2-se deja las patas en los huesos en el esfuerzo) tras la sangre de una presa por muy bien que se oculte. Llegaron a Jerusalén arquitectos, canteros, plateros, orfebres, carpinteros, calafates, forjadores, geómetras, poetas, músicos, astrólogos, magos, y también acudieron mercenarios de ejércitos vecinos. El rey de Ofir , el Yemenita, propuso a Salmón casar a su hija Saba. Eso le provocaba una dicotomía de grave importancia sobre el comercio, en primer lugar porque Nínfula, hija del faraón vecino y nieta por el rey de Tarsis, tenía garantizado los puertos de Menfis y Bubastis puerta al Gran Mar (patrón plata) y con la alianza del rey de Tiro bosques de cedros donde se abastecía de maderas para sus barcos y para su Templo y palacios; en cambio con Saba, ganaba el Mar Rojo (patrón oro) y las tierras de Ofir y mejores maderas. Su madre Betsabé le aconsejé que no se casara con Saba, podía conseguir alianzas con otros métodos que no fuera el matrimonio, si construía un puerto en Asiangaber en tierras de Edom a orillas del Suf, y que por el Mar Rojo también se podía llegar a tierras de Ofir con naves de gran calado.





18
Desde la terraza puedo contar las almenadas murallas del puerto y la cocha, un barco inicia una prudente maniobra a través de los botes, las barcas de pesca y naves de gran transporte ancladas una al costad de la otra, cuanto más se adentra se estrecha el canal navegable, la multiplicación de los mástiles y velamen, maderas y cáñamos, se hace cada vez más confusa, no se distinguiría de las demás si no fuera porque va en parco y sigiloso movimiento, la viveza de la luz crepuscular como raíces de un oscuro pasado salpicaban sobre las brillantes ondas movibles del mar, las antorchas de los prácticos y soldados de la defensa de Tiro. En los muelles ingente masa de esclavos, guerreros, tabernas con el farol en la puerta, mujerzuelas endurecidas en el vigor de las naves, bestias de carga, carros victoriosos con magníficos corceles, cada puerto está repleto de fluir de mareas, casas, mercancías, animales exóticos, maderas del oriente, aves enjauladas, turbios patrones con látigos y palos para hundirlos en la profundidad de la carne no disciplinada.

El dolor ha perdurado más que el tiempo, no he podido empezar a escribir el reinado de mi hermanastro Salomón, no me ha dado tiempo, el tiempo es lo que no tengo. El dolor es lo que me soba, nada puede sanar el sufrimiento humano, la inasible eternidad abierta a lo infinito, todo se reduce al fin del esfuerzo, ha terminado el paisaje de la vida como una señal, ¡oh!, no... vuelve otra vez este dolor de tortura en el que los campos de un suave clamor de vela azules se unen a las nubes que aligeran el paso de los esclavos que vienen a robarme, tristeza del presentimiento de la angustia, de celestiales velas que acuden al encuentro de la nada, frío de piedras, dolor insoportable de cabeza, aceleración del respirar... ¡oh, dolor ya no humano, solo para criaturas azuzadas por el látigo de la esclavitud multicolor! Le ruego a mi galeno con toda vibrante sumisión que ponga el remedio mágico, el que sea, en mi pierna y a mi cuerpo luédano, que no puedo soportar por más horas el sofocante dolor.

Argos me insinúa que tenía que viajar a Jerusalén con una embajada del rey de Hiram. (Cuando Salomón terminó el magnífico Templo, tras los veinte años de trabajos, y muchas sangre derramada de los esclavos, el rey Hiram quiso cobrar y en pago, Salomón, endeudado no le pudo pagar con oro, y le entregó a cambio veinte ciudades de Galilea, a los que el rey de Tiro les llamó tierras de Cabul (tierras sin nadie). Argos, al que yo le he confiado los secretos más íntimos y más cobardes de mi vida de zarzas y espinas, me advierte de que a su vuelta me tendrá que amputar la piernas gangrenosas desde la flexión de rodilla.
Antes de amputarme la pierna, me debía preparar espiritualmente. Hacía tiempo que me encontraba paralizado por dos circunstancias, el dolor insoportable de mis piernas y el dolor invencible y no superable de no haber podido descubrir al asesino de mi esclavo Marsé. Le pedí a Diógenes que me disciplinara con la correa de su estrangulamiento para mortificación y penitencia por mi torpeza, cuando hubo terminado observé que el betún que cubría la había desaparecido, era de plata y descifré un enigma. Al desprenderse el betún, apareció resuelto el jeroglífico de la hebilla, la extraña figura era el triangulo facial de una persona: la sonrisa tartéssica. Ello me confirmaba mis sospecha, solo me hacía falta asegurar que la plata procedía de la minas de Tarsis. La envié a unun joyero y en cuando la vio me aseguró que sí era de Tarsis y muy pura. Tenía la solución a mi enigma: fue Argos.
En ausencia de Argos, le pido a Diógenes que me lleve a horcajadas hasta la casa Argos, he de buscar más pruebas que le inculpen definitivamente. Una vez en casa de Argos oí la voz de una mujer, anciana, que me hablaba en un idioma desconocido para mí. Me vi sorprendido, era sin duda Erithea la madre de Argos, si sonreía estaba perdido. No sabía cómo explicarle que era amigo de Argos y estaba allí para cuidar de ella. Cuando en la penumbra pude ver el rostro de la mujer me di cuenta que estaba ciega, pero eso no impedía que sonriera. No le convencían mis palabras. A tientas se acercó a mí hasta agarrarse a mi brazo, sonrió y noté una fuerte presión en el corazón, carcajadas y nada más. Evidentemente su sonrisa se había debilitado o, acaso, fueron mentiras todo lo que me contó Argos de su lejana Tarsis. La cuestión es que Diógenes halló en el cuarto de Doeg, el esclavo de Argos, la túnica de Marsé. Teníamos otra de las pruebas.
La pierna izquierda se me ha puesto violeta negruzca, las venas se salen de la piel, las úlceras me huelen mal. Cuando Argos ha regresado de la embajada que le envió a Jerusalén, se ha enfadado mucho conmigo por haber molestado a su madre, se ha enfurecido para causarme mayor dolor. Acusé directamente a Argos, le dije en su cara que tenía las pruebas de su delito, el cinturón con hebilla de plata de Tarsis con el símbolo de la sonrisa tartéssica y la túnica de Marsé. ¿No quiere reconocer que el cinturón es de su propiedad, si no hiciste tú lo hizo Doeg, tu esclavo amante, también tuviste relaciones homosexuales con él. Te lo he demostrado, ahora dime la verdad.
Sí, fui yo, me confirma.
Me niego a creerte... ¿cómo pudiste?... estoy seguro que me lo dices para que te odie cuando me vaya a amputar la pierna, continué conjunjido. “Sí es cierto, confesó Argos, lo has adivinado, lo mató Doeg, y ahora qué vas a hacer viejo moribundo”, dijo con despotismo y añadió.. “lo mató Doeg por celos, me robó el cinturón y con él le asesinó, y por ello le he castigado severamente, creyó que Marsé y yo teníamos relaciones amorosas cuando venía a curarte. Odiaba que Marsé le tratara con ese aire de superioridad que es la casa de un escriba, o como a un indeseable extranjero, quería hacerme daño moral. ¿Además qué importancia tiene un esclavo más o menos? ¿Acaso tú le amabas?
No lo había confesado, yo lo había descubierto con mis investigaciones y la ayuda de mi esclavo... Se había visto descubierto y obligado a confesar. Temió que si me contaba el crimen, yo perdería el ánimo en escribir tu historia: LA SONRISA TARTESICA. Lo siento pero no seguiré escribiéndola. Lo que lamento es que menospreciara mi inteligencia. . Si no me atrevo a soportar el dolor de la amputación, y a mi edad me recomienda el suicidio con “veneno dulce” o la sonrisa tartéssica. ¿La sonrisa de quién?, le pregunto con cierta ingenuidad y sorpresa La mía, me constató, heredé el poder misterioso de la sonrisa de mi madre, yo alivio del peso mortal de la vida a los enfermos terminales, a incurables, a quien me lo suplica, en realidad todos meremos un bien morir, solo la uso en caso de humanidad.
En esos momentos fue cuando leí la verdad en su mirada, en su rostro, en que jamás me sonreía, su rostro estático y ecuánime. Si de verdad podía matar con su sonrisa, no tuvo necesidad de estrangular a mi esclavo Marsé, con que le sonriera tenía suficiente.
Continuó hablando sobre la preparación de mi muerte, pero no le escuché, la satisfacción de haberle descubierto compensaba mi sacrificio y me daba aliento para seguir luchando. Él seguiría comportándose como un hombre libre respetado, y mi esclavo un perro no acogido a los beneficios del Código de la ciudad de Tiro. Ahora no iba a permitir que me amputara la pierna, temí que al verse descubierto me aplicara su sonrisa tartéssica.
Llevo semanas renunciando a la amistad y a los servicios de Argos. Mi cuerpo se había sensibilizado al dolor. No lo puedo soportar. Hace mucho tiempo que dejé de poder dormir. A mis años, que he vivido en el regocijo del capricho de los demás, de nada importa vivir, si me espera la otra vida, que será mejor que esta, y allí veré a mi esclavo Marsé, a mi padre Urías, el hitita, y a los que me han querido. Doy la orden de que mi esclavo Diógenes prepare el baño y me aplique “veneno dulce”. Aprendí de Argos que agua es la forma de disolverse de nuevo en el principio de las cosas. El agua da vida a las semillas. Es el más poderoso y complejo de los elementos. El agua te resucita. Nada ni nadie es capaz de retener el agua, es el más poderoso de los elementos porque se adapta al recipiente.
Es la hora final, todo final es un nuevo principio, Diógenes me ha lavado todo el cuerpo, me saca del baño, yo apenas puedo ser auriga del carro desvencijado de mi cuerpo, sobre mi arrugada desnudez me han vestido con mis mejores ropas de sedas púrpuras de Tiro, me he perfumado con sándalo (todo cuerpo en un pequeño sol) para entrar dentro de mi propia morada por una puerta que es el jugo venenoso de estas flores del bien morir que es el no morir sino el empezar de nuevo a vivir. No tengo suficiente valor en esta última voluntad. Los dolores son como si mi cuerpo fuera arroyado por carros y caballos de furia inusitada. A Diógenes le he pagado muy bien, le he dejado todo a mi fortuna pata que compre su libertad a cambio de una muerte veloz y seductora.
-¿Amo, estás preparado?, me pregunta Diógenes con cierta tristeza en su rostro de bruto.
Le he contestado afirmativamente, entra con un recipiente de cerámica decorada con la llave de otra vida...

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