jueves, 20 de marzo de 2008

MIGUEL HERNÁNDEZ Y LA POESÍA DE JOSÉ LEZAMA LIMA Y CINTIO VITIER

MIGUEL HERNÁNDEZ Y LA POESÍA DE JOSÉ LEZAMA LIMA Y CINTIO VITIER

Enrique Saínz

La obra poética de Miguel Hernández es desigual e intensa, profundamente auténtica, en ocasiones dura, acusadora, espontánea, tierna, de una triste delicadeza cuando evoca la memoria de su hijo, y en sus mejores momentos heredera de una tradición secular que España legó a la cultura occidental. Puede afirmarse que este singular poeta nos dejó una obra en consonancia consigo mismo, con una etapa inicial de tanteo y de búsqueda de un estilo, portadora en su evolución de las ideas políticas y sociales que a lo largo de su vida fue conformando la Historia en el autor, siempre partidario incansable de la justicia, de un humanismo raigal que combatió a las fuerzas más sombrías de su época, los duros años de la guerra civil española, en la que participó como combatiente y de la que más tarde fue víctima en la cárcel. Su breve existencia, tan española en la hondura de su sufrimiento por el desagarrado dolor de su infancia, la inclemente experiencia de la batalla y la destrucción en la lucha contra el fascismo, el encierro y la posterior enfermedad que lo condujo a la muerte, lo mantuvo siempre distante de academias, movimientos literarios, frivolidades, egocentrismos y todo género de vanidades y simulaciones, tan frecuentes en la vida literaria de casi todos los períodos de la historia de la cultura. Desde luego, nada de eso lo convierte en una figura importante de la poesía española, virtud que depende sólo de la calidad intrínseca de su lírica, de la mayor o menor creatividad de sus textos. Sin embargo, aunque en ocasiones el texto puro y simple no posea el vigor ni la riqueza lexical y sintáctica que vemos en otros poetas españoles de su generación, la genuina manera que tuvo este creador de apoderarse de su tradición y de su idioma, de los hechos de la vida que con tanta pasión vivió y padeció, lo identifican plenamente con una cosmovisión de gran fuerza fecundante, como sucedió con César Vallejo, su homólogo por más de una razón, si bien las obras de ambos difieren entre sí en calidad y trascendencia. Si Miguel Hernández no dejó una huella significativa en la poesía del idioma desde su escritura misma, sí puede encontrarse esa huella en lo que podríamos llamar las raíces de su estilo, esa manera de dialogar con la realidad y de plantearse las preguntas y las respuestas del individuo ante el suceder y el sentido último de la existencia, en una palabra, en esa manera tan suya de ser español, cuya más alta expresión literaria la encontramos en su poemario Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), lo mejor, a mi juicio, de toda su obra lírica. Ciertamente, ni el ingenuo barroquismo de muchos de sus textos primeros –homenaje a Góngora que inició la generación de 1927 y que revitalizó la sensibilidad desde una actitud vanguardista de frutos no muy perdurables, pero tan válidos como cualquier hallazgo de significación que esos autores hayan hecho–, ni el ímpetu redentor que animó sus creaciones militantes durante la guerra civil y en su visita a la Unión Soviética, ni siquiera el humanismo que rezuman sus poemas de temas tan dolorosos como el recuerdo del hijo muerto, son capaces de atravesar los años y llegar hasta nosotros con el vigor y la frescura de sus intenciones. Los rasgos definidores de esas páginas se inscriben en el movimiento renovador que por entonces experimentaba la poesía de nuestra lengua en la obra mayor de grandes creadores de España y de América Latina: García Lorca, Alberti, Neruda, Huidobro, Vallejo, Borges, herederos ellos también de una España eterna en la maravilla de su riqueza espiritual y de su heroísmo trágico. Cuando Miguel Hernández escribe Cancionero y romancero de ausencias nos entrega, en la voz de su gran tradición anónima, el más refinado espíritu del idioma y el drama que estaba en el centro de su angustia de hombre y poeta cabal. En su obra toda sentimos la presencia de un poeta que ha vivido siempre en la más profunda dimensión de lo que podríamos denominar la búsqueda insaciable de la verdad, esa esencia última de lo real, ya sea en la naturaleza, en la sociedad, en la vida trascendente, en la más límpida espiritualidad. Considero que Miguel Hernández nos ha dejado una lección de pureza que no tiene paralelo en sus coetáneos de España. Hay en su mirada y en su palabra una segunda realidad, mucho más rica y sustanciosa que la primera o evidente, mucho más aleccionadora que aquella de los hechos que no acabamos de descifrar en nuestro diálogo con el mundo.

En sus textos iniciales Lezama y Vitier se plantearon una reescritura de la vida precisamente desde esa perspectiva, desde la necesidad perentoria de hallar la verdad esencial de la poesía, problemática que sus coetáneos y predecesores inmediatos en Cuba no se habían planteado, no al menos con esa fuerza y esa decisión de tan perdurables frutos. En la poética de Hernández, en su pensamiento implícito, hallamos importantes semejanzas con las páginas de Muerte de Narciso (1937), de Lezama, y de Luz ya sueño (1938), de Cintio Vitier, dos ejemplos de una renovación que ambos trajeron a la poesía cubana y que, en el caso de Vitier, alcanzó una mayor solidez teórica en su ensayo Experiencia de la poesía, de 1944. Si leemos a Hernández desde la perspectiva de un impulso oscuro, sabio en la medida en que indaga en los frutos de la tierra y en el espacio físico de un país y a la vez en un espacio abstracto, mientras canta con mayor o menor precisión y acierto estilístico la deshumanización y las crueldades de la guerra, al hombre desalmado y al hombre justificado por sus obras, a la desdicha y el sufrimiento por la pérdida del hijo, al amor y al cariño de la mujer y madre; si leemos su poesía como un desesperado combate del hombre contra la injusticia y en busca de un paraíso perdido en la realidad social, el reino de la justicia, si leemos su obra como una rememoración continua de las fuentes más limpias y hermosas del idioma, aun en la confusión sintáctica que a veces nos abruma en sus versos, comprenderemos la afinidad con los poetas cubanos que a mediados de la década de 1930 trajeron otra manera de ver y de sentir la palabra y la realidad, hayan o no conocido entonces la obra del español, probablemente desconocido para ellos en esos momentos. No se trata, pues, de hallar una influencia directa de aquél en estos, sino de sentir la presencia en los tres de una común fuente nutricia que viene del fondo del alma española, madre de ese bellísimo capítulo de la historia de la cultura que se llama la hispanidad, de tantas y tan altas excelencias desde el Myo Cid y el Romancero. El propio Vitier había visto ya en Muerte de Narciso, al definir su originalidad, esa manera tan suya que lo aleja del barroquismo de algunos de los representantes de la generación de 1927, para señalar su otra manera de asumir la hispanidad, su otra manera de mirar y de sentir, tan distinto incluso de Góngora, a quien fusionaba en su poema junto a Gracilazo. Miguel Hernández, en esa su fuerza telúrica que lo caracterizó en vida y obra, transitó también por las lecciones gongorinas y por las maneras garcilasianas, pero desde luego con su estilo, sólo remotamente parangonable con el Lezama que nos está mostrando Vitier en sus reflexiones de Lo cubano en la poesía (1957). Sin embargo, aunque están muy lejos uno del otro en circunstancias y escritura, percibimos un aire de familia entrañable y definidor, un sentir de lejanas semejanzas, no por ello menos reales y creadoras. Apunta Vitier años antes, en Experiencia de la poesía, refiriéndose a Muerte de Narciso: “Más que un prólogo eficaz en el tiempo, la copiosa elegía significó para mí, respecto a la experiencia de este libro [Enemigo rumor] como una duda que se mezcla con las voces enigmáticas de la verdad […].”[1] En ese texto inicial de la obra lezamiana encontramos a un tiempo la deleitable contemplación de una belleza natural de extraordinaria plenitud y un oculto y en ocasiones visible drama ontológico, dualidad que hallamos asimismo en la poesía de Miguel Hernández, si bien, como ya señalamos en más de una ocasión, con un estilo diferente. Los textos juveniles del poeta español poseen un desbordado canto apasionado a la naturaleza, rasgo que volvemos a encontrar en otros muchos pasajes de su quehacer a lo largo de los años a medida que avanzamos en la lectura. Hay un gusto primario, diríamos, en los frutos naturales que el poeta recuerda o contempla, un regusto trágico en sus rememoraciones de la muerte, de la guerra o del amor, lleno el autor de lo que Unamuno, tan español, llamara, en el título de su libro mayor, El sentimiento trágico de la vida. Una primigenia relación gustosa hallamos en esas poéticas tan vitales, tan plenas de una madurez espiritual de primer orden, con diferente elaboración en la que está presente la distinción de lo americano en oposición o complemento de lo español, esas dos vertientes de la hispanidad que cada uno de estos dos poetas representa a su modo. Ya en Enemigo rumor (1941) Lezama se abre a un espacio de más dilatas dimensiones, espacio inabarcable en la descomunal absorción material que realiza, siempre imantado por un idioma que él supo transformar como nadie en su momento y que desde Martí no se integraba en la cultura universal como lo hacía ahora en los textos de este libro extraordinario. Ahí percibimos, lejanamente y como en sordina secular, la palabra de nuestros ancestros, de los poetas mayores y menores del idioma, entre ellos Miguel Hernández por la limpieza de su ímpetu primero y la tristeza de su necesidad de edificar de nuevo la vida con su poesía.

Cintio Vitier, por su parte, en las reflexiones intensas y lúcidas que hace en ese su primer ensayo y que ya nos había insinuado en su poemario de 1938, revela su origen en la plenitud de una historia espiritual que lo precede y lo conforma como individuo y como poeta. Ahí están sus páginas espléndidas acerca de lo que llama “Sustancia española de la poesía”, donde encontramos afirmaciones como estas, en las que parece que nos quisiera definir la poesía de Miguel Hernández:

Si nos acercamos, en lo posible, a la intimidad creadora de un poeta, de un artista, en seguida advertimos esa ternura especial de su mirada que es la energía más profunda de que dispone para penetrar en el mundo y ductilizarlo en cuanto belleza. La paradoja y la eficacia de esa mirada consiste justamente en que, sin dejar de amar las cosas del mundo en su conmovedora diversidad e individualidad […], y por eso mismo, las traduce a un oscuro idioma de nostalgia que es como el barro de una nueva creación, barro de la ternura humana en que las cosas se funden, no se confunden, adquiriendo esa calidad sedienta que es el signo de su entrada en el reino del arte. Pero he dicho oscuro idioma de nostalgia, y esas palabras, tan naturalmente sentidas, esconden el misterio más grande.[2]

Más adelante se adentra Vitier en otras observaciones acerca de la poesía y nos dice lo siguiente, como si volviese sobre Miguel Hernández, en quien tan claramente vemos esos rasgos que el cubano señala en su ensayo como lo español: “El español parece que, a cualquier altura que nazca, tiene que empezar de nuevo, desde la raíz, a ser hombre, como si no tuviera padres y lo humano fuera su invención. Por eso está excepcionalmente dotado para la creación poética, porque su palabra sanguínea guarda siempre una virginidad, una ternura, una violencia, que le comunican al solo nombre de una cosa el temblor mágico de su resurrección.”[3] Ahí está el núcleo fundamental de lo que Vitier consideraba lo español en la poesía y al mismo tiempo uno de los centros de la propia poesía del autor, por el que se identifica con el fundamento mismo del poeta de Orihuela. La raíz hispánica que nutre sus poemas de adolescencia y los libros Perito en lunas (1933), El silbo vulnerado (1934), El rayo que no cesa (1935), Viento del pueblo (1937), El hombre acecha (1939), Cancionero y romancero de ausencias (1941) y los textos que no recogió en volumen, pertenecientes a la última etapa de su obra, es asimismo la fuente de la que bebieron Lezama, Vitier y los demás miembros del grupo Orígenes, herederos y renovadores de una hispanidad que renació vigorosamente en sus poemarios y que antes había cobrado nueva vida en los creadores de la generación de 1927. Miguel Hernández nos entrega el inocente júbilo de su palabra y recrea en nosotros la experiencia primigenia del poeta, canta a la Historia y a la Vida, a la fugacidad y a la belleza como lo harían más tarde otros autores de la lengua, como lo harían. Cada uno a su modo, Lezama, Vitier, Eliseo Diego, Octavio Smith, Gastón Baquero, Fina García Marruz, Ángel Gaztelu, continuadores de una herencia que tuvo en el poeta candoroso y dolorido que peleó por la justicia, fue encarcelado y murió enfermo y pobre, a un hermano menor de Góngora y de Gracilaso.

NOTAS

1. Cintio Vitier. “Experiencia de la poesía”, en Poética. Prólogo de Enrique Saínz. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997 (Obras 1), p. 29.

2. Ídem, p. 34.

3. Ídem, p. 38-39.



[1] Cintio Vitier. “Experiencia de la poesía”, en Poética. Prólogo de Enrique Saínz. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, p. 29.

[2] Ídem, p. 34

[3] Ídem, p. 38-39.

La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Título: La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Autoras: Elizabet Rodríguez Hernández e Idania Trujillo de la Paz

Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

Ciudad de La Habana.

Introducción

Toda la obra periodística y literaria de Pablo de la Torriente Brau tiene el espíritu, la esencia y el misterio de la poesía. Cómo olvidar la belleza de estas imágenes: «Algunas veces —dice en una de sus últimas cartas desde su exilio neoyorquino— he sido arrastrado por el río nocturno de Broadway, bordeado por la orilla de montes incendiados con fuegos infinitos de bengala. A la puerta de cada burlesque, de cada cine, el río hace remolinos [...] y por las escaleras del subterráneo se hunden los hombres ya cansados». Y con hermosa decisión afirma: «Pero ahora me voy a España, a ser arrastrado por el gran río de la revolución». Se juntan en esta frase ímpetu revolucionario y expresión poética.

Fugaz, lúcida y llena de humor fue su aventura poética. Si bien los versos que escribió son una zona menor en el conjunto de su obra literaria y de la que, al decir de sus más íntimos, sólo se ha conservado una ínfima parte, resulta de interés para conocer otros aspectos de su escritura y de su personalidad.

Sus poemas breves y ocasionales, aparecidos en el “corpus” de sus cuentos y narraciones están hechos «para montar a caballo» como diría Martí en el prólogo a Los poetas de la guerra. Evocan vivencias personales donde la belleza, fuerza humana e ingenio están expresados de manera auténtica, sin rebuscamientos ni artificios. Son también, por qué no decirlo, el testimonio de una época desde la perspectiva de un hombre con una rica y compleja personalidad, capaz de combinar en su vida y su producción literaria los elementos de «ese sol del mundo moral» que distinguió a los de su generación.

Con esta comunicación intentamos acercarnos a una faceta poco conocida del escritor, periodista y revolucionario, revolucionario no sólo en la acepción política de la palabra sino en el sentido transgresor con que vivió, amó, sufrió y gozó la vida este hombre de apenas treinta y cinco años que decidió irse a España a defender la República.

Aventura poética

Toda la obra en verso de Pablo, desde el poema «Plegaria a dios en la gravedad de mi gato “Moña”» —escrito a los veinte años, cuando todavía era un muchacho «de músculos ágiles y loca imaginación»—, hasta los que describen las desgarradoras escenas de presidio, tienen ese cierto sabor ingenuo y a la vez intenso del hombre capaz de conmoverse por extrañas y maravillosas visiones. Acaso aquellas que sólo los poetas son capaces de captar.

Si vigorosos y trascendentes son los temas humanos que llevó a su obra periodística y narrativa (novela y cuentos); su poesía tiene el encanto de revelarnos la fuerza de su vocación y voluntad creadora, plena de vivencias personales en las que el ingenio, la pasión y el humor están siempre presentes.

Como expresa el poeta Nelson Herrera Ysla, en el prólogo a El calor de tantas manos[1], una selección de los versos escritos por Pablo y a él dedicados por autores cubanos y extranjeros: «[…] en puros términos literarios de género, Pablo escribió poca poesía. En sentido más amplio, rectificando, todo fue en él un inmenso poema armado en los escasos minutos que sus deberes sociales y políticos le dejaban libres«.

«Si hubiese querido dedicarse por entero al arte de escribir versos, hubiésemos tenido tal vez el privilegio de contar con un poeta agudísimo en la construcción del poema breve, casi epigramático y contar también con un creador de poemas extensos, coloquiales, donde se transpira con intensidad el espíritu innato de la narración […]».

Coincidimos con Herrera Ysla en su apreciación acerca del espíritu coloquial de la poesía que hubiera podido escribir Pablo. Prosa poética acaso no es lo que cuenta en esta carta del 29 de octubre de 1936 desde el frente de Madrid: «Me acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, las viejas amigas del cielo de Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró una duda: ¿Era Casiopea la constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es porque se tiene miedo […]».

Como un caleidoscopio se muestran, en esta narración, algunos motivos poéticos: la soledad, la añoranza por la mujer amada, por los recuerdos lejanos, las cosas/seres queridos (los árboles, los perros, la casa); cuantas sensaciones y emociones que, en medio de una guerra parecen lejanas, inalcanzables, el periodista/poeta evoca y compara: la luna de Madrid y la luna de Presidio; las estrellas, sus eternas compañeras, el frío, el miedo…

Pero esa fugaz aventura poética también está presente en su libro Presidio Modelo, ¿acaso el más desgarrador testimonio narrado desde dentro del horror mismo por la mirada acusadora del cronista? Es interesante cómo Pablo intercala en algunos de los relatos de Presidio..., breves poemas que nacen de la experiencia cruda, violenta, desoladora vivida durante el tiempo que sufrió prisión, contada no sólo desde la perspectiva del narrador, sino también desde la particular sensibilidad del poeta. Veamos algunos ejemplos, en los que incluimos las aclaraciones hechas por él acerca del momento y las circunstancias en que estos versos complementan la trama de los cuentos.

«Luna del Presidio»[2]

Era un globo de silencio, transparente y azul. Así era la noche, y yo estaba sentado a su lado, en el suelo, en uno de los corredores de uno de los patios, de uno de los pabellones del hospital, en el Presidio, allá, en Isla de Pinos. Yo había escrito unos versos que decían en una parte:

La luna sobre el filo

del patio del Presidio

es tan solo el cadáver

de la esperanza muerta,

que asesinó a la tarde

el toque del “recuento”...

Y en otra parte decían:

“Seis mil ojos de los presos,

a través de las rejas,

la están mirando ahora,

sobre el filo

de las galeras del Presidio,

marcar el doble tiempo indiferente

¡de una noche menos!

¡de una noche más!

Y otra parte decía:

Hace treinta años,

cuando llegaron los que ya son viejos

la vieron sobre el filo

de las galeras del Presidio!...

¡Y ahora también platea las tumbas

de los hombres que se murieron en Presidio!

Y yo no recuerdo ahora más de aquellos versos, que no tenían importancia, sino por la extraña fascinación que ejercieron sobre mi compañero, un viejo de cuarenta años. Aquella noche, de verdad, algo de magnetizador tuve yo en mí para lograr la revelación.

Pero la luna — ¡Oh, sobre todo la luna, lo recuerdo! — también me ayudó. Y el silencio también.

Cuando yo le recitaba los versos, la redonda, la lenta luna llena fue ascendiendo en los cielos y hubo un momento en que se puso

Sobre el filo

de las galeras del Presidio.

Fue entonces creo, que él dijo con una voz de enigma:

—¡La luna!...

[…]

También en Presidio en «Los hombres azules»[3] nos dice:

[R]ecuerdo el comienzo de aquel poema que entonces escribí:

¡Hombres azules de las cuadrillas,

que pasáis lentos bajo la lluvia!...

Asesinos, ladrones y tahúres.

¡Carne podrida

reivindicada por los tormentos del Presidio!...

En «Relatos»[4] encontramos nuevos versos en su narración:

Fatiga, angustia, traición, soldados, balas, muertos...

¡y siempre igual!...

¡Y olvido!...

Tampoco hay que olvidar que Pablo escribía en los sitios más insólitos. La prisa e intensidad con que vivió le impidió, a veces, concluir algunos de sus proyectos literarios. Así ocurre con estos versos, a los que denominamos “poesía trunca” que, sin embargo, él asegura caprichosamente haberlos terminado.

Aquí están tal y como él los cita en sus relatos, con esa peculiar humorada, plena de gracia y sutil ironía:

En uno de sus cuentos, «Caballo dos damas»[5]

[…]

De pronto oigo una música maravillosa. Era uno de los conciertos aristocráticos de Pro Arte Musical y toca Orloff. Me fijé en él y sentado ante el piano parecía un dentista limpiándole la dentadura a un negro cubista... Empezó a tocar la Gavota de Gluck y yo le hice unos que decían así:

Como cristalina gota,

milagrosas de luz,

danzando ya van las notas

de la Gavota

de Gluck

Le dije a un amigo que eran de Rubén Darío y le pareció que tenían realmente una música de gavota galante... Ahora ya no cree que aquello de “La princesa está triste, etc”, sea del divino Rubén... y a lo mejor tiene razón. ¡Tantos han hecho cosas parecidas!...

El sonido de cristal de Orloff me adurmió y tuve la visión poética de una nota que salía del piano, transformada en perfume se esparcía por la sala, luego se fundía en mariposa policromada y, finalmente, trocada en rayo de luz empieza a taladrar, despacio... despacio... el cielo azul, espacio inmenso...

Pero ahora siento un escalofrío irritante, como si me picara una chinche. Toca Heifetz, el ovacionado como los boxeadores... Un clamor estremece la sala, lo aplauden, le gritan, le piden... Me indigno y le compongo una oda que empieza de esta manera vanguardista:

Salve a ti, oh insigne maromero del violín,

Paganini sin alma!”...

Nunca dejó de sentir el fuego de las palabras. Había nacido para vivir emociones intensas, porque sus ojos se habían hecho para ver las cosas extraordinarias y su maquinita para contarlas. Para él no había «temas serios o gloriosos». Escribió de todo y cuánto pudo. «Todo valía para gozar la letra impresa que excitaba a los dioses y a Edgar Allan Poe, su preferido».

Pero Pablo no sólo escribió versos de modo fugaz y atrevido, también «ejerció el criterio», como suele decirse modernamente. Sus opiniones acerca de la poesía aparecen en cartas, comentarios, crónicas y apuntes. Lo más interesente es que él veía la poesía no sólo como expresión de belleza, sino como ejercicio intelectual de compromiso con su tiempo.

En carta dirigida al escritor ecuatoriano Jorge Icaza, autor de Huasipungo y En las calles, le hace este agudo y despampanante comentario: «[…] Me reafirmo en mi convicción de que es Ud. el poeta del asco y la pudrición. No sé como ha sabido hacer tales maravillas. Me acuerdo, cuando lo leo, de un poema de José Zacarías Tallet, el autor de La rumba en el que después de asegurar que hay poesía en un buen par de nalgas, en un par de tetas, en un policía y hasta en un chofer, termina asegurando, “la cuestión es dar con ella”. Y no hay duda que Ud. ha dado en ella», concluye.

También en este sentido, le propone algunas sugerencias a su entrañable amigo Roa, quien tenía en mente publicar una biografía sobre el poeta cubano Rubén Martínez Villena. Veamos qué le dice a Roa: «[…] [Rubén] fue sin duda un intenso poeta, pero su vida patética estuvo infinitamente por encima de sus versos aristocráticos. Tuvo la desgracia de brillar en un momento casi fugaz, de transición poética en Cuba, y, si perdura, es porque tuvo talento, profunda emoción lírica, y sobre todo, vida, vida de poeta activo […]. En definitiva, Rubén es de los seres privilegiados que tienen leyenda, que pertenecen a ella. Y tú sabes que yo pienso que sólo son legendarios los individuos capaces de engendrar leyendas, capaces de merecerlas […]. Rubén, como poeta, era algo legendario para las masas […]. Él no escribió para ellas más que otros versos que nadie se ha ocupado de recoger, canciones anónimas de la revolución que sí convienen a la leyenda de Rubén. No pienso que la historia deba desvirtuarse por ningún modo, pero creo que hay que dejar madurar las figuras en la conciencia popular. Tú, sabrás en tu prólogo-biografía difuminar las bruscas líneas de transición que hay en la vida de Rubén, todas las cuales tuvieron, no obstante, la tónica común de un sentido de la generosidad y el sacrificio —atributos del poeta puro e intenso— que muy pocos han tenido en Cuba con tal persistencia».

Las voces de los otros

Pablo despertó (despierta), las más encendidas pasiones a un lado y otro del Atlántico, antes y después de morir en su vida privada o pública. Nadie fue indiferente ante su figura o memoria.

Por esa razón las manos de Pablo se unen con las de otros seres de voces profundas, creadores de esa poesía siempre necesaria, imprescindible. Poetas, muchos de ellos contemporáneos suyos como Regino Pedroso, Emilio Ballagas, Ramón Guirao, Navarro Luna, Fina García Marrúz; y otros de estos tiempos que vieron en él al paradigma de hombre que combina la pasión, el desenfado y la capacidad de pensar con cabeza propia. Están los versos que su personalidad inspiró en, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Luis Suardíaz, Mercedes Santos Moray, Romualdo Santos...

Con todo derecho son los poetas, desde perspectivas estéticas diferentes, quienes se aproximan mejor a las esencias humanas del niño que aprendió a leer en La Edad de Oro, de José Martí, y a quien su abuelo materno, Salvador Brau, dedica Juan Pico de Oro.

«Hay en los hombres singulares un perfil íntimo, un modo distinto, que no pasa a sus biografías», dice Juan Marinello de Pablo. Mientras el poeta camagüeyano Emilio Ballagas (1908-1954), autor de Júbilo y fuga y Antología de la poesía negra hispanoamericana y Premio Nacional de Poesía en 1951, en el poema «Pablo de la Torriente Brau», escrito en 1937, afirma rotundamente: Pablo «está en todo lo que amó».

No lo lloréis compañeros.

Luchad por lo que él luchó!

Que si su voz se ha perdido

se funde a la voz total:

sonará en el himno pleno

del mundo que asoma ya.

Vivió a un ritmo crepitante. Nada le fue indiferente. Desde las luchas campesinas y estudiantiles, el abandono de las ciudades, los turbios negocios de la “terrateniencia criolla”, los crímenes de Presidio Modelo, la literatura, la música, la pintura, el cine hasta la voracidad imperialista del capital norteamericano sobre nuestras tierras de América. Y como él mismo dijo «no tengo nunca miedo de escribir lo que pienso, ni con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones».

Decidió irse a España, a la Revolución Española «para aprender para lo nuestro algún día», y «lo nuestro» era la Revolución, la revolución que se había «ido a bolina» unos años antes. España era el sitio preciso, la oportunidad para conocer y aprender. Resulta curioso que antes de marcharse a Madrid, en carta fechada en Nueva York, el 11 de marzo de 1935, le cuenta a Fernando Ortiz, en su acostumbrado tono humorístico, de la presencia de Rafael Alberti en esa ciudad norteamericana: «Aquí está ahora Rafael Alberti, metido ya a comunista o cosa por el estilo, y es muy probable que vaya para Cuba en donde espero que le harán un recibimiento adecuado a su fama, y que lo metan en El Príncipe o La Cabaña, para que escriba luego la “Balada de la Reja y el Mar” o algo por el estilo. Todavía no lo conozco. Él habla hoy en un lado pero yo tengo que ir a otro a ver si fundamos un club para recoger dinero para los presos cubanos. Me han dicho que es un hombre pequeño y simpático. Tengo que verlo de todas maneras porque quiere conocer cosas de Cuba y establecer contactos […]».

No podría imaginarse Torriente que unos meses después, en plena contienda, compartiría con Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández… Preciamente Alberti publica el poema «Vosotros no caísteis» reproducido en un periódico de la época con una dedicatoria, presumiblemente redactada por el editor, y dedicada a un grupo de comisarios que murieron luchando por la República entre los cuales se encontraba Pablo.

¿Quién dijo que estáis muertos? Se escucha entre el silbido

que abre el vertiginoso sendero de las balas,

un rumor, que ya es canto, gloria recién nacido,

lejos de las piquetas y funerales palas.

A los vivos, hermanos, nunca se les olvida.

Cantad ya con nosotros, con nuestras multitudes

de cara al viento libre, a la mar, a la vida.

No sois la muerte, sois las nuevas juventudes.

Desde su inseparable hermana Zoe, quien lo consideró siempre un camarada, hasta intelectuales como Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez recuperan, en breves comentarios, el misterio poético que siempre acompañó a Pablo para devolvernos entera y múltiple su figura de escritor y de héroe.

En uno de sus testimonios Zoe cuenta: «Yo fui su compañera inseparable de juegos y estudios. Nos llamaban en casa los camaradas. Nuestros temperamentos, tan diversos, se complementaban admirablemente. Mientras yo lo llevaba al juego a las discusiones, a la pelea, al estudio de las matemáticas, él me orientaba en el manejo del diccionario, me enseñaba geografía e historia. Hacíamos competencias de memoria. Ya aprendía versos y se imponía la tarea de aprender una página de un diccionario pequeño, que me hacía tomarle de memoria, sin un error, con solo leerlo tres veces».

El gran escritor español Juan Ramón Jiménez dejó escritas estas hermosas palabras sobre Pablo: «[…] ningún hombre, ni uno solo, que sea del lado y de la cara que fuese, y sea del que fuese su acuse de destino, se atreverá a dudar ni a sonreír pública ni íntimamente de la fe, la esperanza, la caridad, el noble heroísmo de otro hombre palpitantemente joven y poeta, que deja una hirviente paz y su patria viva para morir con el corazón en la mano, por el mundo que sueña, en otra».

Cuando trabajábamos en la preparación de El calor de tantas manos —que ya tiene una segunda edición realizada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y la Diputación de Córdoba en España— nos propusimos dar a conocer esta faceta poco conocida de la producción literaria de Pablo.

El libro, que nació en los archivos de bibliotecas, rastreando papeles, apuntes, libros, ha sido una suerte de ventana, un camino siempre abierto que se enriquece con nuevos versos, nuevas palabras, nuevas voces, y se nutre del espíritu irreverente, provocador y transgresor con que Pablo vivió y escribió.

Manuel Navarro Luna publicaba en Mediodía en 1937: «Salud comisario»:

Los que lloran, que canten;

Los que cantan, que luchen.

¡Qué luchen en las trincheras de la muerte y de las lágrimas¡ Hay que tirar la sangre,

Hay que tirar el pecho sobre el pecho herido de España!

Por esa ventana se han ido colando nuevas voces: las de poetas populares, gente sencilla de pueblo que en Cuba y en España le cantaron a Pablo. También y, afortunadamente, hemos ido encontrando poemas de autores cubanos como Romualdo Santos, que desconocíamos había escrito estos versos sobre el Presidio Modelo, donde alude a la generación del 30, de la que Pablo formó parte activa y militante:

Aquí vinieron a parar por los tiempos

en que el mundo ya giraba en los torbellinos de las grandes

despresiones

y todos los senderos se abrían a plomo y látigo y hambre,

aquellos hombres, aquellos padres inflamados de percisiones

inmensas

para quienes el día distante pero cierto se trasmutó en

puras claridades,

en calles trepitantes y en ciudades exánimes,

en voces airadas y en la cólera por ellas animadas,

recios hombres venidos del central y de la fábrica,

creciendo allí, frente a las descargas con que el odio

intentaba detenerlos,

en los gritos de Muera el tirano, Abajo Machado

y, sobre todo, Fuera los yanquis de esta tierra.

Desde todas las voces y con todas las manos, Pablo nos convoca y nos alienta. Por eso, queremos concluir esta ponencia con estos versos, de la Elegía Segunda de Miguel Hernández, a quien conoció en el frente de Madrid, durante la Guerra Civil Española. El pastorcito de Orihuela —al que dedicamos este Coloquio— nos devuelve la figura del compañero que murió «con el sol español puesto en la cara/ y el de Cuba en los huesos».

«Me quedaré en España compañero»,

me dijiste con gesto enamorado.

Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero

en la hierba de España te has quedado.

Nadie llora a tu lado:

desde el soldado al duro comandante,

todos te ven, te cercan y te atienden

con ojos de granito amenazante,

con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.

Valentín el volcán, que si llora algún día

será con unas lágrimas de hierro,

se viste emocionado de alegría

para robustecer el río de tu entierro.

Como el yunque que pierde su martillo,

Manuel Moral se calla

colérico y sencillo.

Y hay muchos capitanes y muchos comisarios

quitándote pedazos de metrallla,

poniéndote trofeos funerarios.

Ya no hablarás de vivos y de muertos

ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida

no te verá en las calles ni en los puertos

pasar como una ráfaga garrida.

Pablo de la Torriente

has quedado en España

y en mi alma caído:

nunca se pondrá el sol sobre tu frente,

heredará tu altura la montaña

y tu valor el toro del bramido.

De una forma vestida de preclara

has perdido las plumas y los besos,

con el sol español puesto en la cara

y el de Cuba en los huesos.

Pasad ante el cubano generoso,

hombres de su Brigada,

con el fusil furioso,

las botas iracundas y la mano crispada.

Miradlo sonriendo a los terrones

y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos

a nuestros más floridos batallones

y a sus varones como rayos rudos.

Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.

No temáis que se extinga su sangre sin objeto,

Porque éste es de los muertos que crecen y se

[ agrandan

aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.



[1] Elizabet Rodríguez e Idania Trujillo. El calor de tantas manos, [Prólogo de Nelson Herrera Ysla], Ediciones La Memoria, Coedición Diputación Provincial de Córdoba y Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Colección Palabras de Pablo, Córdoba-La Habana, 2006.

[2] Pablo de la Torriente Brau, Presidio, Ediciones La Memoria, Colección Palabras de Pablo, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2000.

[3] Pablo de la Torriente Brau, Presidio Modelo. Sexta Parte. Capítulo XXXI, «Relatos», Ediciones La Memoria. Colección Palabras de Pablo. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. La Habana, 2000. p. 316.

[4] Ibídem, Octava parte. «Relatos», ob. cit., p. 334.

[5] Pablo de la Torriente Brau. Cuentos completos, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1998.




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LINO NOVÁS CALVO, MIGUEL HERNÁNDEZ Y PABLO DE LA TORRIENTE BRAU: ENLACES ENTRE LAS CULTURAS CUBANA Y ESPAÑOLA.

CIRA ROMERO

Comparto la teoría expuesta por el intelectual español José Luis Abellán[1] a propósito de que durante la Guerra Civil Española se crearon dos grandes modelos culturales. La República encaró este modelo alrededor de la idea de pueblo, en tanto que los militares rebeldes se unieron en torno a la de imperio, que había sido lanzada por Ernesto Jiménez Caballero en 1932 en su libro Genio de España bajo la consigna « ¡Sed católicos e imperiales! ¡César y Dios! Esta es la voz de mando». Pero va a ser el pueblo español, respaldado por la autoridad que otorgaba un régimen político elegido democráticamente, el que va a defender su democracia, lo cual va a provocar una exaltación de lo popular. El hecho no puede pasar inadvertido y mucho menos que sea Viento del pueblo el título preciso que en 1937 le da Miguel Hernández a su famoso poema, mientras que a Antonio Machado ese sentimiento lo va a impulsar a desarrollar una teoría sobre la cultura que se expresa de manera más detallada en su discurso Sobre la defensa y la difusión de la cultura, donde basa su ideal literario de «escribir para el pueblo».

Es aquí, precisamente, donde entroncan los nombres de Lino Novás Calvo, Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau, quienes participaron en la contienda bélica tanto desde posiciones culturales como armadas. ¿Cómo se entrecruzaron la vida de estos tres nombres decisivos, los de Lino y Pablo, para la cultura cubana, y el de Miguel para la española en medio de los avatares de una guerra, cruenta como todas? Lino era gallego. Había nacido en la aldea serrana de Grañas do Sor en 1903 y, como tantos otros, vino a Cuba en busca de mejores opciones económicas que nunca conquistó, mas sí un lugar relevante en la literatura de habla española, en particular la narrativa. Regresó a España en 1931 como corresponsal del semanario gráfico Orbe (1931-1933), donde reflejó, tanto para Cuba como para el resto de América, muchas de las aristas político-sociales de la España republicana. El estallido de julio de 1936 lo sorprendió en Asturias, donde hacía un reportaje sobre el sistema penitenciario ibérico, y regresó de inmediato a Madrid para colocarse al lado de las tropas republicanas como oficial de enlace de la tropa comandada por Valentín González, El Campesino, y se vinculó a periódicos revolucionarios como Ayuda, órgano del Socorro Rojo Internacional, en los que publicó diversos trabajos relacionados con la contienda. Desde Cuba ya conocía a Pablo de la Torriente Brau, de quien había reseñado su libro de cuentos Batey,[2] aparecido en el año 1930, y que el cubano-puertorriqueño había escrito con la coautoría Gonzalo Mazas Garbayo. En Madrid Lino y Pablo compartieron, en tanto colaboradores, en el citado periódico Ayuda, cuando el segundo ya era comisario político de batallón. Fue a Novás a quien le correspondió darle la noticia a otro gran cubano, el hispanista José María Chacón y Calvo, que consideraba a Pablo como a un hijo, de la muerte de éste en una escaramuza bélica. En carta fechada en Madrid el 21 de diciembre de 1936 le expresa: «Hoy, día 21 de diciembre, me han dado la noticia: nuestro entrañable Pablo ha quedado herido de muerte, en campo enemigo. Prefiero darle así, brutalmente, la noticia. No tengo ánimo para hacerlo de otro modo. Me bastó el tratarle pasajeramente en Cuba, y brevemente aquí, para quererle como a un hermano. Cuba ha perdido a Pablo (lo damos ya por perdido): lo hemos percibido todos físicamente; yo lo llevaré en el corazón mientras viva. Esta guerra terrible se alarga. Yo sigo donde me mandan, con la esperanza de que la sangre vertida por el pueblo no será estéril, y con esperanzas también de que un día volveré a Cuba a recordar entre nuestros amigos al amigo caído». Dos días después le comunica al propio Chacón: «Hace días le escribí una breve carta dándole la noticia de la muerte de nuestro Pablo. Hay vuelvo a hacerlo para preguntarle qué hacemos con las cosas que ha dejado en su casa y en manos de sus compañeros de batallón. Su pongo que Saavedra[3] le escribirá sobre lo mismo, dándole relación de los objetos que se conservan. De esos objetos una máquina fotográfica está en mi poder; un reloj pulsera y algunos billetes, en poder de Miguel Hernández, comisario de cultura de Campesino; el resto en casa de usted. Yo fui allí, y he visto que tenía ropa, documentos personales, cuadernos de notas, una máquina de escribir /…/ y copias de artículos enviados a El Machete y a New Masses. Se me ocurre que todo esto debemos mandárselo a su mujer, [4] menos las copias de los artículos (artículos-reportajes sobre esta lucha) que pudiéramos editarlos ahora o más tarde en folletos. /…/ Hoy puedo completarle los datos de mi carta anterior: el cadáver de Pablo ha sido rescatado; el enemigo no lo tocó. El día 21 le dimos tierra en el cementerio de Chamartín. Fue un acto conmovedor. Yo lo he despedido. Le vi bajar a la tierra; no lo olvidaré jamás. Mi admiración hacia él creció con el trato personal; le he llegado a querer como se puede querer a un hermano. Hemos perdido uno de los talentos y uno de los corazones más grandes de América».

Lino escribió también un artículo titulado «El entierro de Pablo de la Torriente Brau», [5] testimonio invaluable de este postrer momento, cuando, en compañía del poeta Aparicio «subimos a una terraza alta, desde donde se dominaba el bosque. El Comisario de Cultura de la Brigada de Campesino, Miguel Hernández, escribía al sol un informe jurídico. Me senté junto a él, esperando que terminara y me contara despacio cómo había sido rescatado el cadáver. Mientras aguardaba me dio a leer uno de sus últimos y magníficos poemas, una elegía a García Lorca:

Tú el más firme edificio destruido.

Tú, el gavilán más alto desplomado,

Tú, el más grande rugido,

Callado y más callado y más callado.

Me leí una y otra vez aquel poema, continúa Lino. Así yo hubiera querido escribir uno a la muerte de Pablo. Por no poder, pensé que hubiera querido morir con él, luchando a su lado».[6]

Y Miguel Hernández le contó cómo había sido la muerte de Pablo de la Torriente: «Una bala de fusil o de ametralladora le atravesaba el corazón. Sólo le había quedado tiempo para decir Me muero y echar mano a su cartera con ánimos de deshacerse de documentos que pudieran interesar al enemigo. Pero este no llegó a pisar aquel campo. Sus manos manchadas con la sangre de los trabajadores no llegaron donde sus balas habían llegado».

Al momento de bajar el féretro de Pablo a lo hondo de la tierra, volvió a la mente de Lino «otra estrofa de la Elegía de Miguel Hernández dedicada a Lorca y se me apretó al corazón:

¡Qué sencilla la muerte, qué

sencilla,

pero qué injustamente arrebatada!

¡No sabe andar despacio y acuchilla,

cuando menos se espera, su turbia

cuchillada!

Fue Pablo de la Torriente Brau lazo de unión entre Lino Novás Calvo y Miguel Hernández, en medio de una lucha que cada vez adquiría un carácter más internacional. Pero quizás no haya sido la trinchera lo que primero los unió, sino haber podido intercambiar en el plano cultural inquietudes similares, propuestas de textos o lecturas comunes. Ahora la contienda entre ellos se torna, más que pelear desde una misma zanja abierta a golpe de fuerza bruta, una acometividad cultural que en esa tríada de nombres adopta una especie de microhistoria como entendimiento más allá de las comunes ideologías, sino mediante la estatura del verso o de la prosa beligerante. Es imposible, pues, que estos intelectuales estén au dessus de la mèelee, pues se trata de una guerra civil. «Yo no sé, ha señalado Eugenio Imaz en su Topía y utopía,[7] si el hombre es un microcosmos; lo que sí sé, porque lo he vivido, es que la guerra civil es una microhistoria, y por eso en ella el hombre vive y comprende la historia entera con una intensidad y una concentración únicas. ¿Y ha de ser el intelectual el que huya de esta experiencia humana medular?». Claro que no, y entonces, aunque después Lino Novás Calvo tomara caminos políticos opuestos a los de entonces, quizás – es solamente una posibilidad—porque los sufrimientos de la guerra lastimaron profundamente su ser, estos intelectuales no se permitieron la contemplación y, como muchos, se introdujeron en ese mundo para conocerlo y para, conociéndolo, hacerlo. Había que tomar una postura y había que forjarse posiciones, y cada uno de ellos adoptó la justa, la que les dictaba el momento que se vivía, que no era otra que estar al lado de la República, desde la cultura y desde la trinchera.

A su regreso a Cuba en 1939, Lino Novás Calvo publicó muchos artículos relacionados con la contienda recién finalizada en el periódico de los comunistas cubanos: Noticias de Hoy, colaboraciones que se extendieron de manera sistemática hasta el año 1940, cuando rompió su vinculación con dicha organización. La muerte del poeta de Orihuelaa no estuvo presente en sus artículos del momento, que entonces aparecían, sobre todo, en Bohemia y en Gaceta del Caribe, pero sí en sus cartas. En una dirigida a Chacón y Calvo, fechada en diciembre de 1942, al hacer una especie de recuento de su vida, le comenta: «De España guardo buenos y malos recuerdos. Cuando salí de allí era un niño y cuando regresé me costó trabajo adaptarme al ambiente literario de Madrid, me era ajeno. Durante la guerra, en la que me vi involucrado en un minuto, tuve la oportunidad de conocer a gente muy valiosa, de intimar con algunos, y estuve muy cerca de nuestro Pablo. También compartí con Miguel Hernández, de cuya grandeza de alma puedo dar fe. Su muerte me ha conmovido y la veo como otra tragedia más de esa guerra que tantos estragos hizo. Amigo Chacón, la vida da esos golpes y yo tengo los nervios deshechos de ver tanto malo /sic/».

De esta manera se despide Lino Novás Calvo de Miguel Hernández, cuando ya, entre uno y otro no quedaba más que el sabor amargo de la pérdida de una lucha que les pertenecía y que vieron caer en el crepúsculo de las hordas fascistas.

Las respectivas obras literarias de Lino Novás Calvo, Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau tienen como sustrato común, ser expresión de una realidad multivalente y de cuya comprensión se han ocupado y preocupado historiadores, filólogos y críticos, escorados muchas veces en posiciones doctrinales antagónicas. No obstante, las tres enfrentan y asumen una «realidad cultural» desde flancos francamente humanistas y donde la empatía tiene un espacio común dictado por fuertes circunstancias epocales que refuerzan las claves que en unos y en otros se dan. Si Pablo cayó en el frente y Miguel Hernández en la soledad de una cárcel, Novás Calvo pudo traspasar los Pirineos hasta llegar a territorio francés y arribar a su capital «esquivando los campos de concentración, con toda la tragedia de España sobre el alma y un trapo sobre el cuerpo /… No sé todavía si me mandarán a valencia o Madrid. No quisiera ir, tengo los nervios destrozados». Es su comentario casi final, cuando está apenas a unos meses de regresar a Cuba, donde el recuerdo de la guerra atormentará sus días.

Al preguntarle al poeta y profesor español Jaime Ferrán, compañero de Lino Novás Calvo en la universidad norteamericana de Syracuse, donde ambos ejercieron la docencia, acerca de si Lino le había comentado sus experiencias en torno a la Guerra Civil Española, me respondió: «Cada vez que le traté ese tema, nunca quiso hablar de él». Pero en 1943, al escribir el prólogo al libro Órbita de España (1943), de Fernando G. Campoamor, había expresado: «He estado dentro de aquella sangre y de aquel fuego. No puedo decir que los vi. Estaba demasiado dentro de ellos para ver. Por eso, al retorno -- que es como volver de la muerte—me interesa comprender las cosas que tuve cerca, a través de los demás. Es ahora cuando tengo que estudiar realmente –en el documento y en la emoción ajenos—lo que allí ha pasado. La historia tiene estos dos aspectos: interior y exterior, que no se contradicen, sino que se complementan. Y los dos son verdaderos. Hasta las mentiras que se han dicho de España han tenido su sentido y su meta. Pasará tiempo antes de que se puedan destruir esas mentiras. Todo falta por hacer. Otros acontecimientos, todavía más voluminosos, parecen ahogar su servicio, empujarlo al pasado. Pero no olvidemos que la guerra de España fue el preludio y puente de la presente. La que allí, españoles e internacionales hemos librado, será siempre la batalla inicial de todas las batallas de nuestra época. Por eso está bien que, todos los que la hemos vivido de cerca o a distancia, llevemos al papel su sentido y su pasión. /…/ España es una tumba, es un desierto cubierto de esqueletos. Pero sobre esa piel sembrada de muerte se escribió una gran lección que el mundo ya ha debido aprender». Intentó llevar al papel lo allí sufrido, hasta con una novela, como le expresa a José Antonio Portuondo en una carta. Pero, al parecer, no tuvo la fuerza suficiente para concluirla, además de que «me enredo en situaciones y personajes y se me hace muy difícil poder avanzar». Lo cierto es que tras el prólogo antes citado, poca o ninguna referencia existe en la bibliografía de Lino Novás Calvo que dé cuenta de haber tratado esos hechos,[8] que también fueron escasamente abordado en su notable obra de ficción, donde solamente se localiza el cuento titulado «El comisario ciego», aparecido en 1939, como portador temático de una escaramuza guerrillera en el frente de guerra.

Tres temperamentos artísticos y personales diferentes aunaron demasiadas certezas como para poder ignorarse mutuamente. Lino Novás Calvo, Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau, unidos por la dinámica de la crueldad de una guerra, establecieron con sus contactos una especie de continuidad desgarradora, alimentada por ideales comunes y por anudar posturas existenciales no aisladas de una realidad que se hacía cada vez más dolorosa. Todo conflicto bélico presupone una rasgadura interior y este triunvirato de nombres se adentró, por una causa justa, en la geografía de una escritura que hoy se nos muestra como un ejercicio de entendimiento y de práctica de una conducta que devino no en una huida, sino en un lugar invulnerable para el fluir del sentimiento.



[1] Cfr. «La ‘Guerra Civil’ como categoría cultural», en Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, (440.441): 43-55, febrero-marzo, 1987.

[2] Revista de Avance. La Habana, abril 15, 1930, p. 125.

[3] Pedro Saavedra Alemán. Funcionario de la Legación de Cuba en Madrid.

[4] Teté Casuso (1912-1914). Poetisa y novelista.

[5] Puede publicado en la revista costarricense Repertorio Americano del 23 de enero de 1937, p. 52. Se reprodujo en la revista habanera Mediodía del 25 de febrero de 1937, pp. 10-11. en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1987 y en Lino Novás Calvo, periodista encontrado, de Norge Céspedes. Matanzas, Ediciones Aldabón, 2004.

[6] Sin embargo, poco tiempo después publicó su «Soneto a Federico García Lorca», donde expresó:

No lloran, Federico, que estallaron

las cuerdas de tu Sur atormentado;

y galopa, de fuga, amedrentado,

el eco del fragor a que callaron.

Las Gracias de tus versos despertaron

y en libros resonancias han mimado,

volviéndose el poeta asesinado,

de piedra calcinada se tornaron.

No llora, Federico, que enrojece,

la entraña que en romanos palpitara

con ardor de cadera estremecida:

por pueblos que tu verso se merece,

impune tanta ofensa no quedara,

si a este pueblo costara cara vida.

Fue publicado originalmente en la revista Repertorio Americano correspondiente al 7 de noviembre de 1936. Puede consultarse en Arpa de troncos vivos. De Cuba a Federico. Compilación y prólogo de César López. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2006, p. 59.

[7] México, 1946, p. 9.

[8] Véase al respecto, elaborada por Carlos Espinosa Domínguez, la Bibliografía de Lino Novás Calvo. Los libros de las cuatro estaciones, Cincinnato, Ohio, invierno, 2007.

http://www.centropablo.cult.cu/jornada_hernandiana_ponencias.html


miércoles, 19 de marzo de 2008

Yo creía que los fiscales eran como jueces.

Leo esta mañana:
Cuatro de los seis jueces centrales de Instrucción de la Audiencia Nacional (AN) manifestaron ayer su rechazo a la orden remitida por el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, en la que faculta a los fiscales para dirigir a la Policía Judicial en los procesos judiciales que se encuentren en curso, advirtiendo que esta "podría generar investigaciones paralelas sin control judicial", que "son los jueces de Instrucción los que dirigen el procedimiento penal en fase sumarial" y que la propuesta de Conde-Pumpido "es contraria a lo dispuesto en la Ley de Enjuiciamiento Criminal".
"Cualesquiera diligencias practicadas al amparo de esa instrucción, podrían estar afectadas de nulidad al quebrantar, no sólo el principio de legalidad sino los de contradicción y defensa procesal, propiciando investigaciones paralelas, sin control judicial y con riesgo grave de solapamiento de la investigación dirigida por el juez de Instrucción", expresaron los jueces a través de un escrito.


Mi conclusión. Yo creía que los ficales era como jueces, ya veo que craso error. ¿Entonces para qué están?, para ayudar o entorpecer la labor de intermediación entre la Policía Judicial y los jueces? Si no los fiscales y Policía Judicial no son de fier desde el punto de vista de las garantías firmes en todo procediemito penal según "Ley de Enjuiciamiento Criminal" porque son funcionarios. Yampoco son de fiar los jueces que algunos ya han sido condenados por prevaricar y cohecho. Y quienes vigilan a los jueces, a los del Supremo o del Constituconal que son personas, personas investidas de un cargo, como puede ser un presidente, un diputado o senador.
Yo no lo entiendo si alguien lo sabe que me lo explique.

Despues de años

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