Por Julio Gálvez Barraza (publicado en Sociedad de Escritores de Chile)
Sobre Miguel Hernández, supuestamente, ya se ha dicho todo. Eso es lo que más o menos señala una reseña literaria a la biografía escrita por José Luis Ferris. Sin embargo, también señala que ninguna biografía, por muchos datos que lleguemos a aportar, estará jamás completa del todo. Creemos que Miguel Hernández: Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, la magnifica obra de Ferris, tampoco cierra completamente el llamado caso Morla, es decir la supuesta negativa del entonces Encargado de Negocios de Chile en España a otorgar asilo al poeta oriolano. Miguel Hernández buscó refugio en la Embajada de Chile y el embajador de ese entonces, Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo. Estas pocas palabras, escritas por Neruda, han causado un constante desacuerdo entre los biógrafos de Hernández. Se han usado (y abusado) en un sinfín de controversias. Sin embargo, el llamado caso Morla tiene otro vértice menos cuestionado que las inexactas palabras de Neruda, es Germán Vergara Donoso, quien sucedió a Carlos Morla Lynch en la Embajada de Chile en España. Propongo revisar, contrastar y comentar dos testimonios de testigos fundamentales durante el segundo intento de asilo de Miguel en la Embajada chilena. Se trata del fragmento de un ensayo de Antonio Aparicio, publicado en Guatemala en 1953 y de dos declaraciones de Germán Vergara, publicados, una en la revista Ercilla y la otra en el diario ABC. Veamos lo que dijo Antonio Aparicio en el capítulo IV de su ensayo: -En la cárcel he conocido lo mejor de España. Había salido de la cárcel en forma inverosímil. Es necesario tratar de formarse una idea aproximada de cuál era el grado de amontonamiento de presos en las cárceles españolas durante los años que siguieron a la caída de la República, para aceptar que un simple error de administración, tal vez una confusión de nombres, hiciera posible que un hombre sometido a larga condena viera abrirse de pronto ante sí las puertas de la prisión. Miguel mismo no había salido todavía de su sorpresa. Había estado hundido en el fondo del cautiverio más negro. A los pies de la tiniebla más súbita, más feroz,y sin saber cómo, veíase, inesperadamente, libre. Pero libre de una cárcel, otra más vasta y más sombría, -la cárcel gigantesca que era toda España-, seguía reteniéndole entre sus rejas. Mientras permaneciera en ella, su libertad y su vida seguirían en peligro. La única salvación era salir de España y para conseguirlo no había otro recurso que el asilo en una embajada. ¿Por qué este asilo le fue negado? ¿Por qué se cerraba a Miguel Hernández las puertas de una embajada que había asilado, durante la guerra, a más de dos mil falangistas,usando para ello no sólo el edificio de la embajada sino también la casa personal del embajador Señor Carlos Morla Lynch -calle de Hermanos Bécquer, número 8- y hasta una o dos casas alquiladas con tal fin, a las que se puso bajo la protección de una bandera chilena? Lo cierto es que Miguel Hernández, después de pisar por algunos momentos el suelo seguro de la embajada de Chile, en Madrid, debió abandonarla y caer otra vez en la encrucijada tenebrosa de la huida constante, sintiendo tras sí, un día y otro, los pasos de la policía fascista que no tardarían en volver a tenerlo entre sus redes. Y así fue. Volvió a caer preso y entonces sobrevino la condena a muerte, conmutada más tarde por la de cadena perpetua, y, dos años después, tras cruentos martirios, su fallecimiento en marzo de 1942. Pero no nos equivoquemos: no esperemos que la simple enumeración de unos datos, con el nombre de varias cárceles y la mención de algunas fechas, pueda decirlo todo sobre el horrible crimen que puso fin a la vida de un gran poeta. Quien lo conoció sabía muy bien que su ánimo fuerte correspondía a una naturaleza física difícil de quebrantar. Ahí están sus retratos, ahí está el testimonio de familiares y amigos. ¿Cómo pudo Miguel ser reducido, con tres años de cárcel, a ese espectro sobrecogedor retratado a lápiz por un prisionero que lo vio morir? A falta de mejores informaciones, nos queda la que el poeta pudo dejar dentro de su obra. Leamos esos poemas y empezaremos a saber algo sobre aquellos tres años mortales. Abandonado por todos, ni una sola mano se acercó para recoger las lágrimas de quien decía de sí: ...vuelvo a llorar, desnudo como siempre he llorado En el mes de julio de 1958, el semanario Ercilla de Santiago de Chile, publicó un artículo firmado por Victoriano Lillo en el que se acusaba a Germán Vergara de haber negado el asilo a Miguel Hernández. El autor se basaba en un ensayo publicado por el poeta Antonio Aparicio, uno de los asilados republicanos en la Embajada de Chile. Victoriano Lillo señala que el ensayo de Aparicio contiene datos que los chilenos desconocían: Lo que no sabíamos, lo que aprendemos ahora, con rubor, era que Hernández había ido a golpear las puertas de la Embajada de Chile en Madrid después de haber huido milagrosamente de su última prisión. Antonio Aparicio nos lo cuenta en un documentado ensayo que publicó hace ya algún tiempo en una revista centroamericana. Según Aparicio, nuestra embajada, que había asilado durante la guerra a más de dos mil falangistas, dio un portazo sobre la frente luminosa del gran poeta que pretendió cobijarse a la sombra de la bandera chilena. No tardó en contestar el aludido. A la semana siguiente, con el titulo de: Responde Vergara Donoso: Nunca negué asilo al poeta, se publicó la carta respuesta. En ella, el diplomático señala que: Con sorpresa me impongo del artículo de Victoriano Lillo, aparecido en Ercilla 1.207 (Tribuna), sobre la muerte del poeta español Miguel Hernández. Fundado en algo escrito por Antonio Aparicio, se me culpa de no haber dado asilo a Miguel Hernández y, en consecuencia, de ser responsable de su muerte en prisión meses más tarde. Los hechos son textualmente diferentes, y bien lo saben el propio Antonio Aparicio y todos los que estuvieron asilados en la Embajada de Chile en Madrid, en los años 1939 y 1940. Cuando llegué a Madrid, en mayo de 1939, había terminado ya la lucha y Miguel Hernández se encontraba desde tiempo atrás en prisión. Meses más tarde, (no recuerdo con exactitud la fecha) Miguel Hernández fue puesto en libertad a raíz de dictarse una medida general que ordenaba libertar a todo detenido a quien no se hubiese iniciado formalmente proceso. Miguel Hernández fue entonces a la Embajada de Chile y tuve ocasión de conversar con él. Se hallaban asilados en la Embajada 18 personas, entre ella el propio Antonio Aparicio. Hernández estuvo con todos ellos. Más de uno le sugirió que pidiera asilo y me hablaron sobre ese punto. Hernández, sin embargo, no lo pidió, ni quiso pedirlo, a toda costa, según mis recuerdos, deseaba ir a su pueblo en Alicante (Orihuela) a ver a su hijo que acababa de nacer y al cual tenía ansias de conocer. Como es sabido, este hijo le había llegado después de perder el primero, lo que explicaba la vehemencia de su decisión. En su pueblo fue inmediatamente reconocido y lo que no había sucedido en Madrid, se le imputaron hechos ocurridos durante la Guerra Civil. Las decenas de miles de procesos iniciados al terminar la guerra civil impidieron muchas veces que se identificara al detenido y se juntara al personal de la guerra civil con el preso en cualquiera de las cárceles repletas. Fue lo que aconteció con Miguel Hernández y por eso quedó en libertad. La segunda detención, a raíz de su viaje al pequeño pueblo donde vivía su familia, hizo posible que se le reconociera y fuese concretamente denunciado por los hechos que se le imputaban. Ya preso por segunda vez, recibí avisos, entre otros de Pablo Neruda, sobre la situación de Miguel Hernández, junto con el encargo de ocuparme de él. Hice todo lo que tuve en mi mano por evitar su condena a muerte; me ayudaron en esta tarea precisamente las personas a que se refiere el artículo de Ercilla, como amigos míos falangistas y que efectivamente son y siguen siendo mis amigos: Víctor de la Serna, Sánchez Mazas, Eugenio Montes. Los tres eran escritores, conocían a Hernández y, por cierto, eran falangistas y muy bien situados. Por lo mismo recurrí a ellos ¿o se quería que recurriera a enemigos del Gobierno para obtener lo que deseaba? Y no sólo recurrí a ellos, también ayudaron fray Justo Pérez de Urbel, escritor benedictino, José María de Cossio, escritor que había sido jefe de Hernández en la Editorial Calpe y muchos más. No conozco el artículo de Aparicio en que relata estos hechos, pero, en cambio, tengo en mi poder muchas cartas del propio Miguel Hernández desde la prisión agradeciendo lo que por él se hacía y de su mujer desde su pueblo natal agradeciendo la ayuda directa que a ella le llegaba, poemas manuscritos del poeta y hasta su autocaricatura con expresiones de afecto para mí. Yo hice todo lo posible por aliviar la situación de Miguel Hernández y de muchos otros más. No siempre pude obtener lo que quería. Pero no dejé resorte por tocar ni gesto por hacer. En el Ministerio de Relaciones deben existir muchos informes sobre estos casos. Aunque basta el hecho de que Miguel Hernández no pidió asilo, creo que debo agregar que, sugerido o pedido por sus amigos, el asilo no aparecía procedente, pues las circunstancias habían cambiado fundamentalmente. La guerra había terminado hacía varios meses. Se había comunicado al gobierno español a comienzos de abril la lista completa de los asilados y se gestionaba activamente su salida de España, aceptar uno más en ese momento, significaba -supuesto que jurídicamente fuese procedente y se conformara a las instrucciones del Gobierno de Chile- poner en grave peligro la situación de los 18 que ya estaban asilados. Esto lo sabe muy bien Antonio Aparicio y todos los refugiados. No me parece necesario insistir ni acumular más datos sobre el caso de Miguel Hernández, pero pongo a la disposición de Ercilla las cartas que tengo en mi poder y a las cuales ya me referí. No fue este el único caso doloroso en que me correspondió actuar en Madrid, ni el único de los que me tocó conocer desde Santiago como Subsecretario de Relaciones durante la guerra española y después de la guerra. En ambas ocasiones el Gobierno de Chile hizo todo lo que pudo y creo que ningún otro gobierno en la historia ha hecho más, ni durante la guerra ni después de ella en Madrid. La muerte de Miguel Hernández no puede imputarse al Gobierno de Chile ni a la Embajada en Madrid ni al entonces Encargado de Negocios. Por el contrario, tengo el reconocimiento por escrito de muchísimos españoles agradecidos, entre los cuales no me falta el de Antonio Aparicio, que ahora aparece descubriendo interpretaciones nuevas carecientes en absoluto de verdad. Gracias a los archivos de la fundación Miguel Hernández, pude conocer un artículo de José M. Moreiro en el que reproduce una carta que le habría hecho llegar Germán Vergara Donoso. Es muy similar a la publicada por la revista Ercilla en Santiago. Moreiro no indica cuándo ni cómo recibió este testimonio, pero, considero, es complementario su examen para el caso que nos ocupa. Dice en ella Germán Vergara: En el verano de 1939 recibí en Madrid una carta de Pablo Neruda desde París, interesándose por la suerte de Miguel Hernández, su amigo, que según sus informaciones estaba preso en la capital de España. Hice algunas averiguaciones y comprobé que lo afirmado por Neruda era verdad, pero que no se había iniciado proceso ni se juntaba la persona del detenido con la persona del poeta Miguel Hernández. Esto obligaba a actuar discretamente y así se hizo. Pocas semanas más tarde recibí en mi oficina de la Embajada de Chile, donde yo era encargado de Negocios, la visita de Antonio Aparicio, asilado en la misma Embajada, en compañía de un muchacho muy joven a quien me presentó como Miguel Hernández. Conversamos tranquilamente y pude apreciar el limpio espíritu y la gran calidad humana de Miguel Hernández. En la conversación, Antonio Aparicio me insinuó la idea de agregar a Miguel Hernández a la lista de asilados en la Embajada. Miguel no se refirió a este punto; hacía poco tiempo que había nacido su segundo hijo y quería ir a conocerlo a su pueblo. Contesté a Antonio Aparicio la imposibilidad de agregar a nadie en la lista de asilados, pues estaba ésta, hacía meses, comunicada al Ministerio de Relaciones Exteriores y no era ya posible, legítimamente, agregar nuevos nombres. Tampoco era posible dejarlo como huésped y asilado sin conocimiento del Gobierno, porque se ejercía sobre la Embajada una vigilancia muy estrecha, y alterar en cualquier forma la situación era poner en peligro la vida de los 17 asilados ya. Le repito que Miguel Hernández nunca pidió o insinuó un asilo porque quería ir a su pueblo. Además, no era imposible, aunque siempre muy difícil y peligroso, que encontrara la manera de salir de España. Miguel Hernández mantuvo su resolución y se fue a su pueblo. Como es sabido, allí fue detenido y devuelto a Madrid, ya perfectamente identificado. Al saber la noticia di todos los pasos posibles para que, por intermedio de amigos y conocidos se llegara a la resolución menos mala respecto a su proceso, entre los que más intervinieron y me ayudaron con verdadera dedicación puedo señalarle a los señores José María de Cossío, Fray Justo Pérez de Urbel, Rafael Sánchez Mazas, José Ibáñez Martín y muchos otros. Tengo la conciencia absolutamente clara de haber hecho todo lo posible por librarlo de una pena capital y de haberlo ayudado en todo cuanto me dieron mis escasas fuerzas. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Es una cita que usa Manuel Ramón Vera Abadía en una reseña al libro Hacia Miguel Hernández, de Ramón Pérez Álvarez, publicada en la revista digital El Eco Hernandiano. En este libro, que recoge los artículos publicados en la desaparecida revista La Lucerna, Pérez Álvarez afirma entre otras cosas que: la posibilidad de su exilio a través de las gestiones de Pablo Neruda, -[es un] extremo que queda desmontado-...; Describe también las gestiones de Carlos Morla Lynch,... y la imposibilidad de prestarle asilo, ... y de Germán Vergara Donoso,... quien se apiadó de Miguel y, de su bolsillo particular, dio durante muchos meses una asignación a la mujer de éste. Miguel, por el tono de exigencia con que pide a Josefina que no tenga inconveniente en pedir dinero a la Embajada, creyó seguramente que el dinero provenía de Neruda. No había tal. Neruda le dio sólo el título honorífico de "hijo" y pare V. de contar. Don Germán Vergara -señala Pérez Álvarez-, visitó en la cárcel a Miguel, acompañado por Cossío, durante el período de su condena a muerte. Cossío es, incuestionablemente, quien salvó la vida de Miguel,... Sabemos la condición que ponía José María Cossío, lo mismo que Rafael Sánchez Mazas, Luis Almarcha y otros, para salvar la vida de Miguel; renunciar a sus ideales, a su obra, por lo tanto, a su vida. Como señala Pedro Collado, una de las más acusadas virtudes del poeta, era la espontaneidad de sus decisiones y la sinceridad y la firmeza con que las defendía. Si hubiese cedido a las presiones de los antes citados, posiblemente, no es seguro, hubiera salvado la vida, pero... ¿se hubiese salvado su obra? ¿Sería hoy, a pocos años del centenario de su nacimiento, el Miguel que tanto honramos, queremos y admiramos? Esperemos que la revisión del testimonio de Germán Vergara Donoso y los comentarios en las notas al pie de página, sirvan para completar la biografía de Miguel Hernández y ayuden a cerrar el llamado "caso Morla". Suceso en el que algunos biógrafos no logran ponerse de acuerdo, creo que por dos motivos fundamentales; uno es la equivoca carta de Neruda. El otro motivo es puramente especulativo, pero lo expondré: pienso que algunos biógrafos, con respecto al asilo en la Embajada de Chile, confunden dos etapas en la vida del poeta; el primer intento, marzo de 1939 y el segundo, inmediatamente después de su puesta en libertad, septiembre del mismo año. Mes y año en que arribó a Chile el "Winnipeg", barco en que Miguel Hernández estaba destinado a viajar y encontrar una nueva patria. |