jueves, 20 de marzo de 2008

Los poetas de la Generación del 27 y Cuba


Jorge Domingo Cuadriello

El fin de la dominación colonial de España sobre Cuba representó, además de un cambio en las relaciones políticas entre la ex-Metrópoli y la Isla, un distanciamiento de los vínculos intelectuales entre ambos países. Si bien la comunidad española en Cuba continuó siendo muy significativa desde el punto de vista numérico y siguió en posesión de sus cuantiosas propiedades y, por otro lado, se mantuvo el flujo de inmigrantes económicos procedentes en su mayor parte de Galicia, Asturias e Islas Canarias, no puede decirse lo mismo con respecto a la relación entre intelectuales españoles y cubanos. De seguro como consecuencia del dolor causado por la pérdida de los últimos reductos coloniales en América y de un resentimiento, no siempre oculto, ante la emancipación de Cuba, se abstuvieron de visitar su territorio casi la totalidad de los miembros de los círculos intelectuales de la Península Ibérica. Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que desde 1899, cuando concluyó la evacuación de las tropas vencidas, hasta noviembre de 1909, cuando desembarcó en el puerto habanero el entonces célebre poeta, dramaturgo, académico y senador Juan Antonio Cavestany, hoy por completo olvidado, ningún intelectual español de al menos cierta relevancia puso los pies en tierra cubana.

Al año siguiente de su arribo, en 1910, realizaron por separado ese viaje dos personalidades de renombre: el historiador Rafael Altamira, Catedrático de la Universidad de Oviedo, y el poeta malagueño Salvador Rueda. La visita de ambos sirvió para avivar el sentimiento patriótico, a veces excesivo, que latía en el seno de la colonia española. El primero a través de las conferencias sobre el hispanoamericanismo que impartió en la Universidad de La Habana y en otras instituciones; el segundo por medio de los incontables recitales de su producción poética que ofreció no sólo en la capital, sino también en Matanzas, en Cienfuegos y en otras ciudades. Sin embargo, la estancia de estos dos hombres de letras también sirvió para demostrar la hospitalidad de los cubanos. Ambos fueron muy bien acogidos por el público, los académicos y los poetas nativos. A Rafael Altamira no le faltaron homenajes y a Salvador Rueda hasta se le colocó una corona de oro y plata en un acto fastuoso realizado en el Teatro Nacional.

A partir de entonces se incrementaron las visitas a la isla de los escritores y de los profesores españoles. La emancipación de Cuba era un hecho consumado e irreversible y convencidos de esa realidad ya en la década del 20 arriban a La Habana para dictar conferencias y estrechar vínculos con la sociedad y con los intelectuales del país el ensayista Marcelino Domingo, el poeta Francisco Villaespesa, el dramaturgo Jacinto Benavente, recién nombrado entonces Premio Nobel de Literatura, los novelistas Vicente Blasco Ibáñez, Ramón del Valle Inclán y Carmen de Burgos, el célebre jurista Luis Jiménez de Asúa y el historiador Adolfo Bonilla San Martín. La fundación en 1926 de la Institución Hispanocubana de Cultura, que presidió el polígrafo Fernando Ortiz, sirvió para canalizar invitaciones personales a destacadas figuras de las letras españolas y en los años siguientes ocuparon la tribuna de dicha entidad el ensayista Gregorio Marañón, el historiador Américo Castro, el profesor Fernando de los Ríos y el periodista Luis Araquistain, entre otros. Por aquel tiempo ya la inmensa mayoría de los españoles había superado el desgarramiento que les causara la independencia de Cuba y en particular los intelectuales veían con buenos ojos los adelantos ocurridos en la Isla.

Esta situación favorable para el diálogo y el entendimiento entre los escritores cubanos y españoles propició un notable incremento de los vínculos culturales entre ambos. Los libros, los folletos y las revistas literarias impresos en España circulaban casi de inmediato en Cuba y las obras de autores cubanos comenzaron a conocerse de un modo más amplio en la ex-Metrópoli. Como continuación de aquellos vínculos tan beneficiosos para las dos partes vamos a encontrar poco después el surgimiento de relaciones recíprocas entre los integrantes de un nuevo movimiento poético conocido como la Generación del 27 y Cuba.

Animados por el deseo de buscar nuevas formas expresivas y de superar recursos y lenguajes heredados de la ya retrógrada poesía finisecular, al estilo de Núñez de Arce, estos nuevos poetas asimilaron en un principio las propuestas de los movimientos de vanguardia y cultivaron un verso en el que prevalecía la originalidad, la imagen novedosa y una mayor diversidad temática. Más tarde, ya realizado ese tránsito por los senderos recién inaugurados de la poesía, fueron en busca de una voz personal más reposada y de inquietudes más hondas. Entre los autores españoles que tomaron parte en aquella aventura literaria estuvieron Federico García Lorca, Rafael Alberti, María Teresa León, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, Luis Cernuda y Gerardo Diego. Todos ellos permanecieron una temporada en Cuba, desarrollaron en ese período una meritoria labor cultural y establecieron estrechas relaciones con escritores de nuestro país. Hubo además otro autor, Juan Chabás, que se asentó en nuestro suelo de forma definitiva.

No son escasos los testimonios y las investigaciones acerca de la visita efectuada por García Lorca a Cuba en 1930. Procedente de Nueva York e invitado por la Institución Hispanocubana de Cultura, arribó al puerto habanero en marzo de aquel año. Ya entonces, a pesar de su juventud, había alcanzado celebridad como poeta con su Romancero gitano y como dramaturgo con el estreno en Barcelona de la pieza Mariana Pineda. Durante su estancia ofreció en el Teatro Principal de la Comedia bajo el auspicio de dicha institución las conferencias “Mecánica de la nueva poesía”, “Las nanas españolas (Canciones de cuna)”, “La imagen poética de Don Luis de Góngora”, “Homenaje a Soto de Rojas” y “El cante jondo (Primitivo canto andaluz)”: También ofreció lecturas de sus poemas, se trasladó a las ciudades de Cienfuegos y Santiago de Cuba y estableció estrecha amistad con Antonio Quevedo, María Muñoz, Juan Marinello, los hermanos Loynaz y otros intelectuales residentes en la capital. Aprovechó además su estancia para concluir la versión definitiva de su obra teatral La zapatera prodigiosa y escribir la obra El público, cuyo manuscrito entregó como obsequio al poeta Carlos Manuel Loynaz.

García Lorca conquistó con rapidez las simpatías no sólo de los intelectuales, sino de un amplio sector de los amantes de la cultura. Vivió con intensidad los tres meses que permaneció en Cuba y años después afirmaba que este había sido el período más feliz de su vida. Acerca de aquella visita declaró Juan Marinello: “La estancia cubana de Federico – deslumbramiento y hallazgo – fue sedienta y desbordada. Quería saberlo todo, entenderlo todo, absorberlo todo. (…) se metió de rondón en las cadencias negras y en la risa de los niños; se inclinó con limpia avidez sobre la obra de los creadores jóvenes; atravesó la Isla de una punta a la otra”.[1] El imperdonable asesinato de García Lorca, víctima de la barbarie fascista, causó honda conmoción en Cuba y desde entonces hasta el presente numerosos han sido los poetas de la Isla que se han alzado para cantarle. Así lo demuestra el volumen Arpa de troncos vivos (1999), compilado por César López. También debemos señalar que como homenaje a su memoria el más importante escenario teatral cubano lleva su nombre.

Rafael Alberti, ya entonces celebrado autor del poemario Marinero en tierra, realizó una primera visita a La Habana en abril de 1935 acompañado de su esposa, la también poetisa y dramaturga María Teresa León. Aunque en aquellos días imperaba en el país un clima de marcada violencia política, ambos pudieron iniciar una estrecha amistad con Nicolás Guillén, Labrador Ruiz, Regino Pedroso y Juan Marinello. A este último lo conocieron en el Castillo del Príncipe, donde se encontraba encarcelado al igual que otros editores de la publicación comunista Masas. Juntos volvieron a la capital cubana en marzo de 1960, en un momento histórico muy diferente, marcado por las amplias expectativas que creaban las transformaciones económicas y sociales de la recién victoriosa revolución. En esta oportunidad Alberti, entonces exiliado de la España franquista, dictó conferencias en la Universidad de Oriente y en la Dirección General de Cultura sobre la producción literaria de Antonio Machado y de García Lorca. María Teresa León, por su parte, en estos mismos escenarios disertó sobre la obra de Bécquer y de Cervantes. Ambos fueron homenajeados en el teatro de la Central de Trabajadores de Cuba y propusieron la compra de un Avión de la Poesía, destinado a “bombardear” con juguetes, caramelos y libros para niños las zonas de la Sierra Maestra que habían sufrido los bombardeos reales de la aviación de Batista.

La Guerra Civil, drama que ensangrentó a toda la Península Ibérica, tuvo entre sus nefastas consecuencias la desarticulación del rico movimiento cultural que coincidió, no de modo fortuito, con el período republicano. Los poetas de la Generación del 27 también sufrieron en mayor o menor medida las consecuencias de aquel terrible conflicto. Lorca fue asesinado, Miguel Hernández murió de penalidades en una cárcel franquista, otros tuvieron que emprender el camino del exilio y algunos se sumieron en el retraimiento. Bajo la condición de exiliados, arribaron en 1939 a La Habana Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Al año siguiente llegó Juan Chabás.

Impresor y poeta, Altolaguirre a los veinte años había publicado el poemario Las islas invitadas y poco después, junto a Emilio Prados, había fundado la revista literaria Litoral. A los pocos meses de su arribo fundó en La Habana, con la ayuda monetaria de la millonaria María Luisa Gómez Mena, la imprenta La Verónica, de gran significación para las letras cubanas. En ese taller se confeccionaron cerca de doscientos títulos, entre ellos los pertenecientes a libros de versos de Agustín Acosta, Regino Pedroso, Emilio Ballagas, Nicolás Guillén y Mariano Brull, los Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, novelas de Carlos Enríquez y de Pablo de la Torriente Brau y ensayos de María Zambrano, Juan Marinello y Antonio Martínez Bello. También Altolaguirre creó la revista La Verónica, que tuvo pequeño formato y corta vida; pero elevada calidad literaria, impartió conferencias sobre literatura española y fue además un entusiasta animador de los movimientos pictórico y teatral cubanos. En La Habana publicó su cuaderno de poemas Nube temporal y colaboró en Espuela de Plata, Carteles, Lyceum y Universidad de La Habana, entre otras revistas.

Por su parte, Concha Méndez, quien ya había conquistado un sitio en el panorama poético español con los poemarios Inquietudes y Surtidor, una vez en territorio cubano tomó parte igualmente en la realización de los proyectos de la imprenta La Verónica, dio a conocer un nuevo libro de composiciones poéticas, Lluvias enlazadas, así como la pieza teatral El solitario; misterio en un acto, y colaboró en Lyceum, Espuela de Plata y en otras revistas. Después de haber llevado a cabo una activa y muy provechosa labor cultural en Cuba, este matrimonio de poetas en 1943 marchó a establecerse en México. Atrás dejó, en particular Altolaguirre, una ola de afecto entre no pocos escritores y artistas cubanos.

Juan Chabás disfrutaba ya de cierto reconocimiento literario gracias a la publicación de su novela Sin velas, desvelada y de su libro de poemas Espejos y había comenzado a consolidarse en el ámbito académico español cuando estalló la guerra. Sus posiciones políticas antifascistas lo llevaron entonces a dejar la enseñanza, vestir el uniforme militar y empuñar el fusil. En suelo cubano Chabás desarrolló una intensa labor de divulgación de la literatura, en general, y de la española en específico. Además de haber impartido estas materias en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, disertó en la Institución Hispanocubana de Cultura, en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana, en el Lyceum y Lawn Tennis Club y en otras muchas instituciones a lo largo del país. También dio a conocer los textos, de obligada consulta aún hoy para los estudiantes cubanos, Literatura española contemporánea 1898-1950 e Historia de la literatura española.

Con carácter póstumo vieron la luz su colección de cuentos Fábula y vida, el conjunto de poemas Árbol de ti nacido y el volumen de ensayos breves Con los mismos ojos. En la compilación de sus comentarios para la radio habanera, que fue publicada también de modo póstumo, Poetas de todos los tiempos: hispanos, hispanoamericanos, cubanos, además de ocuparse de autores de honda significación para nuestra lengua como Quevedo, Neruda y Vallejo, se encargó de reseñar la producción poética de los cubanos Mariano Brull, Cintio Vitier y Navarro Luna, entre otros. Poco después de la prematura muerte de Chabás, ocurrida en La Habana en el año 1954, afirmó la profesora cubana Blanca Dopico al hacer referencia a su quehacer como conferencista: “A despecho de las naturales vicisitudes a que se ve sujeto todo exiliado, Chabás no se daba pausa. Las instituciones académicas y los círculos intelectuales del país tuvieron en él un colaborador generoso y desinteresado: disertaciones, cursillos, lecturas, fueron las vertientes por donde corrió la savia de su talento y la solidez de su cultura.”[2]

Procedentes de los Estados Unidos y de México, donde habían fijado su respectiva residencia, los también poetas y profesores exiliados Pedro Salinas y Luis Cernuda se trasladaron a la capital cubana con el fin de ofrecer varias lecciones. El primero de ellos realizó el viaje a mediados del año 1944 y en el Seminario de Investigaciones Históricas de la Universidad de La Habana, en el Lyceum y Lawn Tennis Club y en el Ateneo de La Habana se hizo cargo de disertar sobre la obra poética de Góngora y la literatura barroca. Durante su estancia en la Isla fue bien acogido por los escritores cubanos Medardo Vitier, Chacón y Calvo y Jorge Mañach y se reencontró con sus coterráneos María Zambrano y Juan Chabás.

Mucho más intensa y extensa fue, en cambio, la permanencia de Cernuda en la capital cubana, que abarcó desde noviembre de 1951 hasta febrero del año siguiente. En su caso llevó a cabo el viaje por invitación personal de José Rodríguez Feo, crítico y uno de los editores de la revista Orígenes. Cernuda empleó también como escenario de sus conferencias las tres instituciones antes mencionadas y eligió entre sus principales temas la obra poética de Bécquer, la de Unamuno y la de sus compañeros de generación. Durante su visita trabó buena amistad con Lezama Lima, Gastón Baquero, Cintio Vitier y otros autores del Grupo Orígenes, recorrió ampliamente la ciudad y concibió el bello texto poético “Aire de La Habana”, que termina con estas palabras: “La Habana es su cielo, y éste no parece parte del cielo común a toda la tierra, sino proyección del alma de la ciudad, afirmación soberana de ser lo que ella es. ¿No se diría que hermosa, airosa y aérea: un espejismo?”[3]

A diferencia de los anteriores, Gerardo Diego no eligió el camino del exilio al concluir la guerra española. Partidario de la sublevación, se sintió complacido con el triunfo del dictador Franco y continuó en España el engrandecimiento de su valiosa producción poética, iniciada bajo el influjo del creacionismo de Vicente Huidobro. Su visita correspondió a la invitación que le formularon la Academia Cubana de la Lengua y el Instituto Nacional de Cultura y se llevó a cabo en un momento de gran tensión política en la Isla: diciembre de 1958, cuando la ofensiva revolucionaria avanzaba de un modo indetenible. No obstante esa circunstancia desfavorable, Gerardo Diego expuso en el Anfiteatro de Bellas Artes, en el Ateneo de La Habana y en el Instituto Cubano de Cultura Hispánica sus criterios acerca de diversos temas literarios, entre ellos el ritmo en la poesía de San Juan de la Cruz y la significación de la producción poética de Juan Ramón Jiménez. Durante su visita, que se extendió hasta pocos días antes del derrumbe de la dictadura de Batista, estableció relaciones amistosas con Lezama Lima, Gastón Baquero, Max Henríquez Ureña y otros intelectuales cubanos.

En la obra de algunos de los autores antes mencionados quedó la huella de su paso por Cuba. En el caso de García Lorca podemos mencionar su conocido poema “Son de negros en Cuba” y en el de Alberti su “Casi son”. Concha Méndez, por su parte, concibió la “pantomima cubana escrita en verso” La caña y el tabaco, de la cual sólo se publicó un fragmento en la revista La Verónica y aún no ha sido divulgada en su totalidad. Juan Chabás nos legó el bello poema “Luna en La Habana” y eligió el ámbito cubano como escenario de algunos pasajes de sus cuentos. Ya citamos en párrafos anteriores el texto poético de Cernuda.

Por otra parte, faltaría abordar la impronta de estos poetas en la obra de no pocos autores cubanos, amplio y complejo asunto que supera los limitados objetivos del presente trabajo. Sin embargo, al menos anotaremos que en algunos versos de Nicolás Guillén se asoma el duende poético de García Lorca y que no es poca la influencia de éste en el poemario de juventud de Lezama Lima Inicio y escape, que permaneció inédito hasta el año 1985. Resulta evidente cuánto le debe la “Elegía sin nombre” de Emilio Ballagas a “El joven marino” de Luis Cernuda. Rafael Alberti y Nicolás Guillén entrelazaron sus décimas en un recital que ofrecieron en La Habana en 1960. Y ya el investigador Enrique Saínz se ha encargado de anotar las analogías existentes entre los libros impresos en Madrid en 1944 Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, por una parte, y los poemarios que dio a conocer por aquella fecha Cintio Vitier.

Del mismo modo, sería necesario dedicarle un espacio a los vínculos establecidos en suelo español entre los escritores cubanos y estos poetas. Es conocida la amistad que sostuvo el hispanista Chacón y Calvo, durante sus años de investigaciones literarias y de labores diplomáticas en Madrid, con García Lorca, Alberti, Gerardo Diego y otros autores. Durante la guerra compartieron momentos inolvidables en las sesiones del Congreso en Defensa de la Cultura, celebrado bajo los bombardeos, Marinello, Guillén, Alejo Carpentier y Félix Pita Rodríguez con Altolaguirre y Alberti, entre otros poetas. Y más tarde, ya durante la dictadura franquista, Vicente Aleixandre acogió en su retiro con generosa amistad a los entonces jóvenes poetas cubanos César López y José Triana, a quines brindó valiosas orientaciones literarias.

Así, de un modo concreto, hemos tratado de reseñar los vínculos más notorios que existieron entre los poetas de la llamada Generación del 27 y Cuba. Para las letras cubanas fue este un contacto provechoso y una ganancia que contó con diversas aristas. Los escritores de la Isla, a partir de estos contactos, tuvieron un conocimiento más profundo de los postulados ideoestéticos de aquel importante movimiento literario y se enriqueció la visión individual que poseían de los distintos caminos que ofrece la creación poética.



[1] Marinello, Juan “Presencia de América. Huella de Cuba”. En Poesía de Federico García Lorca. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1977. p. 496.

[2] Dopico, Blanca, “Juan Chabás ha muerto”. En Universidad de La Habana Año XIX Nros. 115-117. La Habana, julio-diciembre de 1954. p. 41.

[3] Cernuda, Luis “Aire de La Habana”. En su Antología poética. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1996. p. 25.

Torriente y Hernández: amistad breve e intensa (2008/02/04)

Torriente y Hernández: amistad breve e intensa (2008/02/04)

Por Estrella Díaz

“Existen muchas razones que justifican la realización de la Jornada Hernandiana en La Habana y una de ellas es la comunión de implicaciones humanas, profesionales y revolucionarias entre Pablo de la Torriente Brau y Miguel Hernández”, enfatizó el poeta y cineasta Víctor Casaus.
Casaus, quien es también director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, recordó que Pablo y Miguel “se conocieron en los momentos más difíciles de sus respectivas vidas: Pablo se desempeñaba como Comisario Político de la República y Miguel, también, como Comisario, pero a nivel de batallón durante los días de la Guerra Civil Española”.
Esa relación, dijo, se inició en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y de ahí nació una amistad, breve e intensa hasta la muerte de Pablo, en diciembre de 1936, “acontecimiento —recordó— que generó una obra para nosotros imperecedera, conmovedora y valiosa que es la “Elegía segunda”, de Hernández, escrita tras la muerte de Pablo”.
De este y de muchos temas hablaremos, subrayó Casaus, durante Coloquio Miguel Hernández y Cuba a iniciarse el próximo martes 5, a las 9:30 a.m., en la Sala Majadahonda del Centro Pablo. El día anterior, dentro de la inauguración de la Jornada, se debatirán las ponencias de Aitor Larrabide, investigador de la Fundación Miguel Hernández y Víctor Casaus
En la primera jornada de trabajo se tiene prevista la intervención de César Moreno Díaz de la La Sección Hernandiana de la Biblioteca Pública del Estado en Orihuela “Fernando de Loazes”; la ponencia de Francisco Esteve Ramírez de La Asociación de Amigos de Miguel Hernández y continuará con una disertación relacionada con El Centro Pablo: a favor de la imaginación y la belleza a cargo de la periodista Estrella Díaz.
También intervendrán las investigadoras Elizabet Rodríguez e Idania Trujillo con el tema La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiró. y continuará el primer día de evento teórico con el dramaturgo Amado del Pino y la periodista y editora Tania Cordero con el tema Los oradores del 43.
El primer día de trabajo concluirá con un Encuentro con Ruth de la Torriente Brau, hermana de Pablo, y el poeta Ángel Augier y la presentación de la edición facsimilar del cuaderno Homenaje a Miguel Hernández, publicado originalmente en La Habana en 1943.
Ese mismo día, pero a las 4 p.m. en la Sala Lumière, con sede en La Habana Vieja, se proyectarán los documentales Con Miguel Hernández en Orihuela y Bajo la noche lunar y se efectuara un encuentro con sus realizadores (Víctor Casaus y Lourdes Prieto, respectivamente).
El miércoles 6, igualmente a las 9:30 a.m., continuarán los debates con la intervención de Jorge Domingo (Los poetas de la Generación del 27 y Cuba), Zaida Capote
(La etapa cubana de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Su relación con Miguel Hernández) y Ricardo Hernández Otero (Miguel Hernández: decurso histórico de una presencia viva en la cultura cubana). Para cerrar el segundo día de trabajo Jesús David Curbelo moderará una Mesa redonda acerca de la influencia de Miguel Hernández en la poesía cubana contemporánea en la que participarán Enrique Sainz, Virgilio López Lemus, Guillermo Rodríguez Rivera y Roberto Manzano.
El eco de sangre: Miguel Hernández y Alejo Carpentier a cargo de Ana Cairo dará inicio al tercer día de coloquio (jueves 7, 9:30 a.m.) y le seguirá Pablo y Carpentier en Madrid bajo las bombas de Leonardo Padura; posteriormente se tiene prevista la ponencia de Cira Romero titulada Lino Novás Calvo, Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau: enlaces entre las culturas cubana y española.
Ese día, a las 5 p.m. en la sede de Argos Teatro se realizará la puesta en espacio de la obra teatral Reino dividido, de Amado del Pino bajo la dirección de Carlos Celdrán, en este momento uno de los dramaturgos cubanos más talentosos y reconocidos.
El último día de Coloquio (viernes 8 / 9:30 a.m.), Denia García Ronda hablará sobre El concepto de héroe en la prosa de Pablo de la Torriente Brau, Cira Romero realizará la presentación del libro Diario íntimo de la Revolución Española y Osvaldo Cano analizará El teatro hernandiano y sus posibilidades escénicas.
Para poner punto final a estas Jornadas Hernandianas el trovador Ariel Díaz y sus invitados ofrecerá en la Sala Che Guevara, Casa de las Américas, un concierto en el que incluirá coplas y canciones que fueron muy populares durante los días de la Guerra Civil Española.
Las conmemoraciones por el aniversario 100 del natalicio del gran poeta español Miguel Hernández, a festejarse en todo el mundo en el 2010, comenzarán en Cuba el lunes 4, a las 3 p.m., cuando en la Sala Majadahonda del Centro Pablo, Casaus dé la bienvenida a los asistentes; Juan José Sánchez Balaguer, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández de Orihuela pronuncie las palabras de apertura; se constituya el Círculo Hernandiano en Cuba y se presente el cuaderno Con gesto enamorado.
Ese día, también, quedara oficialmente inaugurada en la Sala Majadahonda la exposición
de carteles Miguel Hernández: Viento del pueblo que ha reunido el quehacer de doce diseñadores cubanos y que constituye una suerte de recorrido generacional y una evidencia de que el movimiento cartelístico en Cuba está tomando nuevos aires y excelentes rumbos.
La Jornada Hernandiana en Cuba, auspiciada por el Centro Pablo y la Fundación Cultural Miguel Hernández y apoyada por la Oficina del Historiador de la Ciudad y la embajada de España en La Habana, entre otras instituciones, ha sido coordinada por Amado del Pino y Tania Cordero quienes están realizando en Orihuela una profunda investigación sobre la vida y la obra del gran poeta español. Para el Centro Pablo en particular es de gran satisfacción impulsar este proyecto que “une en el tiempo” a dos grandes hombres del siglo XX: Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau.

HABANA RADIO





MIGUEL HERNÁNDEZ Y LA POESÍA DE JOSÉ LEZAMA LIMA Y CINTIO VITIER

MIGUEL HERNÁNDEZ Y LA POESÍA DE JOSÉ LEZAMA LIMA Y CINTIO VITIER

Enrique Saínz

La obra poética de Miguel Hernández es desigual e intensa, profundamente auténtica, en ocasiones dura, acusadora, espontánea, tierna, de una triste delicadeza cuando evoca la memoria de su hijo, y en sus mejores momentos heredera de una tradición secular que España legó a la cultura occidental. Puede afirmarse que este singular poeta nos dejó una obra en consonancia consigo mismo, con una etapa inicial de tanteo y de búsqueda de un estilo, portadora en su evolución de las ideas políticas y sociales que a lo largo de su vida fue conformando la Historia en el autor, siempre partidario incansable de la justicia, de un humanismo raigal que combatió a las fuerzas más sombrías de su época, los duros años de la guerra civil española, en la que participó como combatiente y de la que más tarde fue víctima en la cárcel. Su breve existencia, tan española en la hondura de su sufrimiento por el desagarrado dolor de su infancia, la inclemente experiencia de la batalla y la destrucción en la lucha contra el fascismo, el encierro y la posterior enfermedad que lo condujo a la muerte, lo mantuvo siempre distante de academias, movimientos literarios, frivolidades, egocentrismos y todo género de vanidades y simulaciones, tan frecuentes en la vida literaria de casi todos los períodos de la historia de la cultura. Desde luego, nada de eso lo convierte en una figura importante de la poesía española, virtud que depende sólo de la calidad intrínseca de su lírica, de la mayor o menor creatividad de sus textos. Sin embargo, aunque en ocasiones el texto puro y simple no posea el vigor ni la riqueza lexical y sintáctica que vemos en otros poetas españoles de su generación, la genuina manera que tuvo este creador de apoderarse de su tradición y de su idioma, de los hechos de la vida que con tanta pasión vivió y padeció, lo identifican plenamente con una cosmovisión de gran fuerza fecundante, como sucedió con César Vallejo, su homólogo por más de una razón, si bien las obras de ambos difieren entre sí en calidad y trascendencia. Si Miguel Hernández no dejó una huella significativa en la poesía del idioma desde su escritura misma, sí puede encontrarse esa huella en lo que podríamos llamar las raíces de su estilo, esa manera de dialogar con la realidad y de plantearse las preguntas y las respuestas del individuo ante el suceder y el sentido último de la existencia, en una palabra, en esa manera tan suya de ser español, cuya más alta expresión literaria la encontramos en su poemario Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), lo mejor, a mi juicio, de toda su obra lírica. Ciertamente, ni el ingenuo barroquismo de muchos de sus textos primeros –homenaje a Góngora que inició la generación de 1927 y que revitalizó la sensibilidad desde una actitud vanguardista de frutos no muy perdurables, pero tan válidos como cualquier hallazgo de significación que esos autores hayan hecho–, ni el ímpetu redentor que animó sus creaciones militantes durante la guerra civil y en su visita a la Unión Soviética, ni siquiera el humanismo que rezuman sus poemas de temas tan dolorosos como el recuerdo del hijo muerto, son capaces de atravesar los años y llegar hasta nosotros con el vigor y la frescura de sus intenciones. Los rasgos definidores de esas páginas se inscriben en el movimiento renovador que por entonces experimentaba la poesía de nuestra lengua en la obra mayor de grandes creadores de España y de América Latina: García Lorca, Alberti, Neruda, Huidobro, Vallejo, Borges, herederos ellos también de una España eterna en la maravilla de su riqueza espiritual y de su heroísmo trágico. Cuando Miguel Hernández escribe Cancionero y romancero de ausencias nos entrega, en la voz de su gran tradición anónima, el más refinado espíritu del idioma y el drama que estaba en el centro de su angustia de hombre y poeta cabal. En su obra toda sentimos la presencia de un poeta que ha vivido siempre en la más profunda dimensión de lo que podríamos denominar la búsqueda insaciable de la verdad, esa esencia última de lo real, ya sea en la naturaleza, en la sociedad, en la vida trascendente, en la más límpida espiritualidad. Considero que Miguel Hernández nos ha dejado una lección de pureza que no tiene paralelo en sus coetáneos de España. Hay en su mirada y en su palabra una segunda realidad, mucho más rica y sustanciosa que la primera o evidente, mucho más aleccionadora que aquella de los hechos que no acabamos de descifrar en nuestro diálogo con el mundo.

En sus textos iniciales Lezama y Vitier se plantearon una reescritura de la vida precisamente desde esa perspectiva, desde la necesidad perentoria de hallar la verdad esencial de la poesía, problemática que sus coetáneos y predecesores inmediatos en Cuba no se habían planteado, no al menos con esa fuerza y esa decisión de tan perdurables frutos. En la poética de Hernández, en su pensamiento implícito, hallamos importantes semejanzas con las páginas de Muerte de Narciso (1937), de Lezama, y de Luz ya sueño (1938), de Cintio Vitier, dos ejemplos de una renovación que ambos trajeron a la poesía cubana y que, en el caso de Vitier, alcanzó una mayor solidez teórica en su ensayo Experiencia de la poesía, de 1944. Si leemos a Hernández desde la perspectiva de un impulso oscuro, sabio en la medida en que indaga en los frutos de la tierra y en el espacio físico de un país y a la vez en un espacio abstracto, mientras canta con mayor o menor precisión y acierto estilístico la deshumanización y las crueldades de la guerra, al hombre desalmado y al hombre justificado por sus obras, a la desdicha y el sufrimiento por la pérdida del hijo, al amor y al cariño de la mujer y madre; si leemos su poesía como un desesperado combate del hombre contra la injusticia y en busca de un paraíso perdido en la realidad social, el reino de la justicia, si leemos su obra como una rememoración continua de las fuentes más limpias y hermosas del idioma, aun en la confusión sintáctica que a veces nos abruma en sus versos, comprenderemos la afinidad con los poetas cubanos que a mediados de la década de 1930 trajeron otra manera de ver y de sentir la palabra y la realidad, hayan o no conocido entonces la obra del español, probablemente desconocido para ellos en esos momentos. No se trata, pues, de hallar una influencia directa de aquél en estos, sino de sentir la presencia en los tres de una común fuente nutricia que viene del fondo del alma española, madre de ese bellísimo capítulo de la historia de la cultura que se llama la hispanidad, de tantas y tan altas excelencias desde el Myo Cid y el Romancero. El propio Vitier había visto ya en Muerte de Narciso, al definir su originalidad, esa manera tan suya que lo aleja del barroquismo de algunos de los representantes de la generación de 1927, para señalar su otra manera de asumir la hispanidad, su otra manera de mirar y de sentir, tan distinto incluso de Góngora, a quien fusionaba en su poema junto a Gracilazo. Miguel Hernández, en esa su fuerza telúrica que lo caracterizó en vida y obra, transitó también por las lecciones gongorinas y por las maneras garcilasianas, pero desde luego con su estilo, sólo remotamente parangonable con el Lezama que nos está mostrando Vitier en sus reflexiones de Lo cubano en la poesía (1957). Sin embargo, aunque están muy lejos uno del otro en circunstancias y escritura, percibimos un aire de familia entrañable y definidor, un sentir de lejanas semejanzas, no por ello menos reales y creadoras. Apunta Vitier años antes, en Experiencia de la poesía, refiriéndose a Muerte de Narciso: “Más que un prólogo eficaz en el tiempo, la copiosa elegía significó para mí, respecto a la experiencia de este libro [Enemigo rumor] como una duda que se mezcla con las voces enigmáticas de la verdad […].”[1] En ese texto inicial de la obra lezamiana encontramos a un tiempo la deleitable contemplación de una belleza natural de extraordinaria plenitud y un oculto y en ocasiones visible drama ontológico, dualidad que hallamos asimismo en la poesía de Miguel Hernández, si bien, como ya señalamos en más de una ocasión, con un estilo diferente. Los textos juveniles del poeta español poseen un desbordado canto apasionado a la naturaleza, rasgo que volvemos a encontrar en otros muchos pasajes de su quehacer a lo largo de los años a medida que avanzamos en la lectura. Hay un gusto primario, diríamos, en los frutos naturales que el poeta recuerda o contempla, un regusto trágico en sus rememoraciones de la muerte, de la guerra o del amor, lleno el autor de lo que Unamuno, tan español, llamara, en el título de su libro mayor, El sentimiento trágico de la vida. Una primigenia relación gustosa hallamos en esas poéticas tan vitales, tan plenas de una madurez espiritual de primer orden, con diferente elaboración en la que está presente la distinción de lo americano en oposición o complemento de lo español, esas dos vertientes de la hispanidad que cada uno de estos dos poetas representa a su modo. Ya en Enemigo rumor (1941) Lezama se abre a un espacio de más dilatas dimensiones, espacio inabarcable en la descomunal absorción material que realiza, siempre imantado por un idioma que él supo transformar como nadie en su momento y que desde Martí no se integraba en la cultura universal como lo hacía ahora en los textos de este libro extraordinario. Ahí percibimos, lejanamente y como en sordina secular, la palabra de nuestros ancestros, de los poetas mayores y menores del idioma, entre ellos Miguel Hernández por la limpieza de su ímpetu primero y la tristeza de su necesidad de edificar de nuevo la vida con su poesía.

Cintio Vitier, por su parte, en las reflexiones intensas y lúcidas que hace en ese su primer ensayo y que ya nos había insinuado en su poemario de 1938, revela su origen en la plenitud de una historia espiritual que lo precede y lo conforma como individuo y como poeta. Ahí están sus páginas espléndidas acerca de lo que llama “Sustancia española de la poesía”, donde encontramos afirmaciones como estas, en las que parece que nos quisiera definir la poesía de Miguel Hernández:

Si nos acercamos, en lo posible, a la intimidad creadora de un poeta, de un artista, en seguida advertimos esa ternura especial de su mirada que es la energía más profunda de que dispone para penetrar en el mundo y ductilizarlo en cuanto belleza. La paradoja y la eficacia de esa mirada consiste justamente en que, sin dejar de amar las cosas del mundo en su conmovedora diversidad e individualidad […], y por eso mismo, las traduce a un oscuro idioma de nostalgia que es como el barro de una nueva creación, barro de la ternura humana en que las cosas se funden, no se confunden, adquiriendo esa calidad sedienta que es el signo de su entrada en el reino del arte. Pero he dicho oscuro idioma de nostalgia, y esas palabras, tan naturalmente sentidas, esconden el misterio más grande.[2]

Más adelante se adentra Vitier en otras observaciones acerca de la poesía y nos dice lo siguiente, como si volviese sobre Miguel Hernández, en quien tan claramente vemos esos rasgos que el cubano señala en su ensayo como lo español: “El español parece que, a cualquier altura que nazca, tiene que empezar de nuevo, desde la raíz, a ser hombre, como si no tuviera padres y lo humano fuera su invención. Por eso está excepcionalmente dotado para la creación poética, porque su palabra sanguínea guarda siempre una virginidad, una ternura, una violencia, que le comunican al solo nombre de una cosa el temblor mágico de su resurrección.”[3] Ahí está el núcleo fundamental de lo que Vitier consideraba lo español en la poesía y al mismo tiempo uno de los centros de la propia poesía del autor, por el que se identifica con el fundamento mismo del poeta de Orihuela. La raíz hispánica que nutre sus poemas de adolescencia y los libros Perito en lunas (1933), El silbo vulnerado (1934), El rayo que no cesa (1935), Viento del pueblo (1937), El hombre acecha (1939), Cancionero y romancero de ausencias (1941) y los textos que no recogió en volumen, pertenecientes a la última etapa de su obra, es asimismo la fuente de la que bebieron Lezama, Vitier y los demás miembros del grupo Orígenes, herederos y renovadores de una hispanidad que renació vigorosamente en sus poemarios y que antes había cobrado nueva vida en los creadores de la generación de 1927. Miguel Hernández nos entrega el inocente júbilo de su palabra y recrea en nosotros la experiencia primigenia del poeta, canta a la Historia y a la Vida, a la fugacidad y a la belleza como lo harían más tarde otros autores de la lengua, como lo harían. Cada uno a su modo, Lezama, Vitier, Eliseo Diego, Octavio Smith, Gastón Baquero, Fina García Marruz, Ángel Gaztelu, continuadores de una herencia que tuvo en el poeta candoroso y dolorido que peleó por la justicia, fue encarcelado y murió enfermo y pobre, a un hermano menor de Góngora y de Gracilaso.

NOTAS

1. Cintio Vitier. “Experiencia de la poesía”, en Poética. Prólogo de Enrique Saínz. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997 (Obras 1), p. 29.

2. Ídem, p. 34.

3. Ídem, p. 38-39.



[1] Cintio Vitier. “Experiencia de la poesía”, en Poética. Prólogo de Enrique Saínz. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, p. 29.

[2] Ídem, p. 34

[3] Ídem, p. 38-39.

La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Título: La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Autoras: Elizabet Rodríguez Hernández e Idania Trujillo de la Paz

Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

Ciudad de La Habana.

Introducción

Toda la obra periodística y literaria de Pablo de la Torriente Brau tiene el espíritu, la esencia y el misterio de la poesía. Cómo olvidar la belleza de estas imágenes: «Algunas veces —dice en una de sus últimas cartas desde su exilio neoyorquino— he sido arrastrado por el río nocturno de Broadway, bordeado por la orilla de montes incendiados con fuegos infinitos de bengala. A la puerta de cada burlesque, de cada cine, el río hace remolinos [...] y por las escaleras del subterráneo se hunden los hombres ya cansados». Y con hermosa decisión afirma: «Pero ahora me voy a España, a ser arrastrado por el gran río de la revolución». Se juntan en esta frase ímpetu revolucionario y expresión poética.

Fugaz, lúcida y llena de humor fue su aventura poética. Si bien los versos que escribió son una zona menor en el conjunto de su obra literaria y de la que, al decir de sus más íntimos, sólo se ha conservado una ínfima parte, resulta de interés para conocer otros aspectos de su escritura y de su personalidad.

Sus poemas breves y ocasionales, aparecidos en el “corpus” de sus cuentos y narraciones están hechos «para montar a caballo» como diría Martí en el prólogo a Los poetas de la guerra. Evocan vivencias personales donde la belleza, fuerza humana e ingenio están expresados de manera auténtica, sin rebuscamientos ni artificios. Son también, por qué no decirlo, el testimonio de una época desde la perspectiva de un hombre con una rica y compleja personalidad, capaz de combinar en su vida y su producción literaria los elementos de «ese sol del mundo moral» que distinguió a los de su generación.

Con esta comunicación intentamos acercarnos a una faceta poco conocida del escritor, periodista y revolucionario, revolucionario no sólo en la acepción política de la palabra sino en el sentido transgresor con que vivió, amó, sufrió y gozó la vida este hombre de apenas treinta y cinco años que decidió irse a España a defender la República.

Aventura poética

Toda la obra en verso de Pablo, desde el poema «Plegaria a dios en la gravedad de mi gato “Moña”» —escrito a los veinte años, cuando todavía era un muchacho «de músculos ágiles y loca imaginación»—, hasta los que describen las desgarradoras escenas de presidio, tienen ese cierto sabor ingenuo y a la vez intenso del hombre capaz de conmoverse por extrañas y maravillosas visiones. Acaso aquellas que sólo los poetas son capaces de captar.

Si vigorosos y trascendentes son los temas humanos que llevó a su obra periodística y narrativa (novela y cuentos); su poesía tiene el encanto de revelarnos la fuerza de su vocación y voluntad creadora, plena de vivencias personales en las que el ingenio, la pasión y el humor están siempre presentes.

Como expresa el poeta Nelson Herrera Ysla, en el prólogo a El calor de tantas manos[1], una selección de los versos escritos por Pablo y a él dedicados por autores cubanos y extranjeros: «[…] en puros términos literarios de género, Pablo escribió poca poesía. En sentido más amplio, rectificando, todo fue en él un inmenso poema armado en los escasos minutos que sus deberes sociales y políticos le dejaban libres«.

«Si hubiese querido dedicarse por entero al arte de escribir versos, hubiésemos tenido tal vez el privilegio de contar con un poeta agudísimo en la construcción del poema breve, casi epigramático y contar también con un creador de poemas extensos, coloquiales, donde se transpira con intensidad el espíritu innato de la narración […]».

Coincidimos con Herrera Ysla en su apreciación acerca del espíritu coloquial de la poesía que hubiera podido escribir Pablo. Prosa poética acaso no es lo que cuenta en esta carta del 29 de octubre de 1936 desde el frente de Madrid: «Me acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, las viejas amigas del cielo de Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró una duda: ¿Era Casiopea la constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es porque se tiene miedo […]».

Como un caleidoscopio se muestran, en esta narración, algunos motivos poéticos: la soledad, la añoranza por la mujer amada, por los recuerdos lejanos, las cosas/seres queridos (los árboles, los perros, la casa); cuantas sensaciones y emociones que, en medio de una guerra parecen lejanas, inalcanzables, el periodista/poeta evoca y compara: la luna de Madrid y la luna de Presidio; las estrellas, sus eternas compañeras, el frío, el miedo…

Pero esa fugaz aventura poética también está presente en su libro Presidio Modelo, ¿acaso el más desgarrador testimonio narrado desde dentro del horror mismo por la mirada acusadora del cronista? Es interesante cómo Pablo intercala en algunos de los relatos de Presidio..., breves poemas que nacen de la experiencia cruda, violenta, desoladora vivida durante el tiempo que sufrió prisión, contada no sólo desde la perspectiva del narrador, sino también desde la particular sensibilidad del poeta. Veamos algunos ejemplos, en los que incluimos las aclaraciones hechas por él acerca del momento y las circunstancias en que estos versos complementan la trama de los cuentos.

«Luna del Presidio»[2]

Era un globo de silencio, transparente y azul. Así era la noche, y yo estaba sentado a su lado, en el suelo, en uno de los corredores de uno de los patios, de uno de los pabellones del hospital, en el Presidio, allá, en Isla de Pinos. Yo había escrito unos versos que decían en una parte:

La luna sobre el filo

del patio del Presidio

es tan solo el cadáver

de la esperanza muerta,

que asesinó a la tarde

el toque del “recuento”...

Y en otra parte decían:

“Seis mil ojos de los presos,

a través de las rejas,

la están mirando ahora,

sobre el filo

de las galeras del Presidio,

marcar el doble tiempo indiferente

¡de una noche menos!

¡de una noche más!

Y otra parte decía:

Hace treinta años,

cuando llegaron los que ya son viejos

la vieron sobre el filo

de las galeras del Presidio!...

¡Y ahora también platea las tumbas

de los hombres que se murieron en Presidio!

Y yo no recuerdo ahora más de aquellos versos, que no tenían importancia, sino por la extraña fascinación que ejercieron sobre mi compañero, un viejo de cuarenta años. Aquella noche, de verdad, algo de magnetizador tuve yo en mí para lograr la revelación.

Pero la luna — ¡Oh, sobre todo la luna, lo recuerdo! — también me ayudó. Y el silencio también.

Cuando yo le recitaba los versos, la redonda, la lenta luna llena fue ascendiendo en los cielos y hubo un momento en que se puso

Sobre el filo

de las galeras del Presidio.

Fue entonces creo, que él dijo con una voz de enigma:

—¡La luna!...

[…]

También en Presidio en «Los hombres azules»[3] nos dice:

[R]ecuerdo el comienzo de aquel poema que entonces escribí:

¡Hombres azules de las cuadrillas,

que pasáis lentos bajo la lluvia!...

Asesinos, ladrones y tahúres.

¡Carne podrida

reivindicada por los tormentos del Presidio!...

En «Relatos»[4] encontramos nuevos versos en su narración:

Fatiga, angustia, traición, soldados, balas, muertos...

¡y siempre igual!...

¡Y olvido!...

Tampoco hay que olvidar que Pablo escribía en los sitios más insólitos. La prisa e intensidad con que vivió le impidió, a veces, concluir algunos de sus proyectos literarios. Así ocurre con estos versos, a los que denominamos “poesía trunca” que, sin embargo, él asegura caprichosamente haberlos terminado.

Aquí están tal y como él los cita en sus relatos, con esa peculiar humorada, plena de gracia y sutil ironía:

En uno de sus cuentos, «Caballo dos damas»[5]

[…]

De pronto oigo una música maravillosa. Era uno de los conciertos aristocráticos de Pro Arte Musical y toca Orloff. Me fijé en él y sentado ante el piano parecía un dentista limpiándole la dentadura a un negro cubista... Empezó a tocar la Gavota de Gluck y yo le hice unos que decían así:

Como cristalina gota,

milagrosas de luz,

danzando ya van las notas

de la Gavota

de Gluck

Le dije a un amigo que eran de Rubén Darío y le pareció que tenían realmente una música de gavota galante... Ahora ya no cree que aquello de “La princesa está triste, etc”, sea del divino Rubén... y a lo mejor tiene razón. ¡Tantos han hecho cosas parecidas!...

El sonido de cristal de Orloff me adurmió y tuve la visión poética de una nota que salía del piano, transformada en perfume se esparcía por la sala, luego se fundía en mariposa policromada y, finalmente, trocada en rayo de luz empieza a taladrar, despacio... despacio... el cielo azul, espacio inmenso...

Pero ahora siento un escalofrío irritante, como si me picara una chinche. Toca Heifetz, el ovacionado como los boxeadores... Un clamor estremece la sala, lo aplauden, le gritan, le piden... Me indigno y le compongo una oda que empieza de esta manera vanguardista:

Salve a ti, oh insigne maromero del violín,

Paganini sin alma!”...

Nunca dejó de sentir el fuego de las palabras. Había nacido para vivir emociones intensas, porque sus ojos se habían hecho para ver las cosas extraordinarias y su maquinita para contarlas. Para él no había «temas serios o gloriosos». Escribió de todo y cuánto pudo. «Todo valía para gozar la letra impresa que excitaba a los dioses y a Edgar Allan Poe, su preferido».

Pero Pablo no sólo escribió versos de modo fugaz y atrevido, también «ejerció el criterio», como suele decirse modernamente. Sus opiniones acerca de la poesía aparecen en cartas, comentarios, crónicas y apuntes. Lo más interesente es que él veía la poesía no sólo como expresión de belleza, sino como ejercicio intelectual de compromiso con su tiempo.

En carta dirigida al escritor ecuatoriano Jorge Icaza, autor de Huasipungo y En las calles, le hace este agudo y despampanante comentario: «[…] Me reafirmo en mi convicción de que es Ud. el poeta del asco y la pudrición. No sé como ha sabido hacer tales maravillas. Me acuerdo, cuando lo leo, de un poema de José Zacarías Tallet, el autor de La rumba en el que después de asegurar que hay poesía en un buen par de nalgas, en un par de tetas, en un policía y hasta en un chofer, termina asegurando, “la cuestión es dar con ella”. Y no hay duda que Ud. ha dado en ella», concluye.

También en este sentido, le propone algunas sugerencias a su entrañable amigo Roa, quien tenía en mente publicar una biografía sobre el poeta cubano Rubén Martínez Villena. Veamos qué le dice a Roa: «[…] [Rubén] fue sin duda un intenso poeta, pero su vida patética estuvo infinitamente por encima de sus versos aristocráticos. Tuvo la desgracia de brillar en un momento casi fugaz, de transición poética en Cuba, y, si perdura, es porque tuvo talento, profunda emoción lírica, y sobre todo, vida, vida de poeta activo […]. En definitiva, Rubén es de los seres privilegiados que tienen leyenda, que pertenecen a ella. Y tú sabes que yo pienso que sólo son legendarios los individuos capaces de engendrar leyendas, capaces de merecerlas […]. Rubén, como poeta, era algo legendario para las masas […]. Él no escribió para ellas más que otros versos que nadie se ha ocupado de recoger, canciones anónimas de la revolución que sí convienen a la leyenda de Rubén. No pienso que la historia deba desvirtuarse por ningún modo, pero creo que hay que dejar madurar las figuras en la conciencia popular. Tú, sabrás en tu prólogo-biografía difuminar las bruscas líneas de transición que hay en la vida de Rubén, todas las cuales tuvieron, no obstante, la tónica común de un sentido de la generosidad y el sacrificio —atributos del poeta puro e intenso— que muy pocos han tenido en Cuba con tal persistencia».

Las voces de los otros

Pablo despertó (despierta), las más encendidas pasiones a un lado y otro del Atlántico, antes y después de morir en su vida privada o pública. Nadie fue indiferente ante su figura o memoria.

Por esa razón las manos de Pablo se unen con las de otros seres de voces profundas, creadores de esa poesía siempre necesaria, imprescindible. Poetas, muchos de ellos contemporáneos suyos como Regino Pedroso, Emilio Ballagas, Ramón Guirao, Navarro Luna, Fina García Marrúz; y otros de estos tiempos que vieron en él al paradigma de hombre que combina la pasión, el desenfado y la capacidad de pensar con cabeza propia. Están los versos que su personalidad inspiró en, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Luis Suardíaz, Mercedes Santos Moray, Romualdo Santos...

Con todo derecho son los poetas, desde perspectivas estéticas diferentes, quienes se aproximan mejor a las esencias humanas del niño que aprendió a leer en La Edad de Oro, de José Martí, y a quien su abuelo materno, Salvador Brau, dedica Juan Pico de Oro.

«Hay en los hombres singulares un perfil íntimo, un modo distinto, que no pasa a sus biografías», dice Juan Marinello de Pablo. Mientras el poeta camagüeyano Emilio Ballagas (1908-1954), autor de Júbilo y fuga y Antología de la poesía negra hispanoamericana y Premio Nacional de Poesía en 1951, en el poema «Pablo de la Torriente Brau», escrito en 1937, afirma rotundamente: Pablo «está en todo lo que amó».

No lo lloréis compañeros.

Luchad por lo que él luchó!

Que si su voz se ha perdido

se funde a la voz total:

sonará en el himno pleno

del mundo que asoma ya.

Vivió a un ritmo crepitante. Nada le fue indiferente. Desde las luchas campesinas y estudiantiles, el abandono de las ciudades, los turbios negocios de la “terrateniencia criolla”, los crímenes de Presidio Modelo, la literatura, la música, la pintura, el cine hasta la voracidad imperialista del capital norteamericano sobre nuestras tierras de América. Y como él mismo dijo «no tengo nunca miedo de escribir lo que pienso, ni con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones».

Decidió irse a España, a la Revolución Española «para aprender para lo nuestro algún día», y «lo nuestro» era la Revolución, la revolución que se había «ido a bolina» unos años antes. España era el sitio preciso, la oportunidad para conocer y aprender. Resulta curioso que antes de marcharse a Madrid, en carta fechada en Nueva York, el 11 de marzo de 1935, le cuenta a Fernando Ortiz, en su acostumbrado tono humorístico, de la presencia de Rafael Alberti en esa ciudad norteamericana: «Aquí está ahora Rafael Alberti, metido ya a comunista o cosa por el estilo, y es muy probable que vaya para Cuba en donde espero que le harán un recibimiento adecuado a su fama, y que lo metan en El Príncipe o La Cabaña, para que escriba luego la “Balada de la Reja y el Mar” o algo por el estilo. Todavía no lo conozco. Él habla hoy en un lado pero yo tengo que ir a otro a ver si fundamos un club para recoger dinero para los presos cubanos. Me han dicho que es un hombre pequeño y simpático. Tengo que verlo de todas maneras porque quiere conocer cosas de Cuba y establecer contactos […]».

No podría imaginarse Torriente que unos meses después, en plena contienda, compartiría con Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández… Preciamente Alberti publica el poema «Vosotros no caísteis» reproducido en un periódico de la época con una dedicatoria, presumiblemente redactada por el editor, y dedicada a un grupo de comisarios que murieron luchando por la República entre los cuales se encontraba Pablo.

¿Quién dijo que estáis muertos? Se escucha entre el silbido

que abre el vertiginoso sendero de las balas,

un rumor, que ya es canto, gloria recién nacido,

lejos de las piquetas y funerales palas.

A los vivos, hermanos, nunca se les olvida.

Cantad ya con nosotros, con nuestras multitudes

de cara al viento libre, a la mar, a la vida.

No sois la muerte, sois las nuevas juventudes.

Desde su inseparable hermana Zoe, quien lo consideró siempre un camarada, hasta intelectuales como Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez recuperan, en breves comentarios, el misterio poético que siempre acompañó a Pablo para devolvernos entera y múltiple su figura de escritor y de héroe.

En uno de sus testimonios Zoe cuenta: «Yo fui su compañera inseparable de juegos y estudios. Nos llamaban en casa los camaradas. Nuestros temperamentos, tan diversos, se complementaban admirablemente. Mientras yo lo llevaba al juego a las discusiones, a la pelea, al estudio de las matemáticas, él me orientaba en el manejo del diccionario, me enseñaba geografía e historia. Hacíamos competencias de memoria. Ya aprendía versos y se imponía la tarea de aprender una página de un diccionario pequeño, que me hacía tomarle de memoria, sin un error, con solo leerlo tres veces».

El gran escritor español Juan Ramón Jiménez dejó escritas estas hermosas palabras sobre Pablo: «[…] ningún hombre, ni uno solo, que sea del lado y de la cara que fuese, y sea del que fuese su acuse de destino, se atreverá a dudar ni a sonreír pública ni íntimamente de la fe, la esperanza, la caridad, el noble heroísmo de otro hombre palpitantemente joven y poeta, que deja una hirviente paz y su patria viva para morir con el corazón en la mano, por el mundo que sueña, en otra».

Cuando trabajábamos en la preparación de El calor de tantas manos —que ya tiene una segunda edición realizada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y la Diputación de Córdoba en España— nos propusimos dar a conocer esta faceta poco conocida de la producción literaria de Pablo.

El libro, que nació en los archivos de bibliotecas, rastreando papeles, apuntes, libros, ha sido una suerte de ventana, un camino siempre abierto que se enriquece con nuevos versos, nuevas palabras, nuevas voces, y se nutre del espíritu irreverente, provocador y transgresor con que Pablo vivió y escribió.

Manuel Navarro Luna publicaba en Mediodía en 1937: «Salud comisario»:

Los que lloran, que canten;

Los que cantan, que luchen.

¡Qué luchen en las trincheras de la muerte y de las lágrimas¡ Hay que tirar la sangre,

Hay que tirar el pecho sobre el pecho herido de España!

Por esa ventana se han ido colando nuevas voces: las de poetas populares, gente sencilla de pueblo que en Cuba y en España le cantaron a Pablo. También y, afortunadamente, hemos ido encontrando poemas de autores cubanos como Romualdo Santos, que desconocíamos había escrito estos versos sobre el Presidio Modelo, donde alude a la generación del 30, de la que Pablo formó parte activa y militante:

Aquí vinieron a parar por los tiempos

en que el mundo ya giraba en los torbellinos de las grandes

despresiones

y todos los senderos se abrían a plomo y látigo y hambre,

aquellos hombres, aquellos padres inflamados de percisiones

inmensas

para quienes el día distante pero cierto se trasmutó en

puras claridades,

en calles trepitantes y en ciudades exánimes,

en voces airadas y en la cólera por ellas animadas,

recios hombres venidos del central y de la fábrica,

creciendo allí, frente a las descargas con que el odio

intentaba detenerlos,

en los gritos de Muera el tirano, Abajo Machado

y, sobre todo, Fuera los yanquis de esta tierra.

Desde todas las voces y con todas las manos, Pablo nos convoca y nos alienta. Por eso, queremos concluir esta ponencia con estos versos, de la Elegía Segunda de Miguel Hernández, a quien conoció en el frente de Madrid, durante la Guerra Civil Española. El pastorcito de Orihuela —al que dedicamos este Coloquio— nos devuelve la figura del compañero que murió «con el sol español puesto en la cara/ y el de Cuba en los huesos».

«Me quedaré en España compañero»,

me dijiste con gesto enamorado.

Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero

en la hierba de España te has quedado.

Nadie llora a tu lado:

desde el soldado al duro comandante,

todos te ven, te cercan y te atienden

con ojos de granito amenazante,

con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.

Valentín el volcán, que si llora algún día

será con unas lágrimas de hierro,

se viste emocionado de alegría

para robustecer el río de tu entierro.

Como el yunque que pierde su martillo,

Manuel Moral se calla

colérico y sencillo.

Y hay muchos capitanes y muchos comisarios

quitándote pedazos de metrallla,

poniéndote trofeos funerarios.

Ya no hablarás de vivos y de muertos

ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida

no te verá en las calles ni en los puertos

pasar como una ráfaga garrida.

Pablo de la Torriente

has quedado en España

y en mi alma caído:

nunca se pondrá el sol sobre tu frente,

heredará tu altura la montaña

y tu valor el toro del bramido.

De una forma vestida de preclara

has perdido las plumas y los besos,

con el sol español puesto en la cara

y el de Cuba en los huesos.

Pasad ante el cubano generoso,

hombres de su Brigada,

con el fusil furioso,

las botas iracundas y la mano crispada.

Miradlo sonriendo a los terrones

y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos

a nuestros más floridos batallones

y a sus varones como rayos rudos.

Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.

No temáis que se extinga su sangre sin objeto,

Porque éste es de los muertos que crecen y se

[ agrandan

aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.



[1] Elizabet Rodríguez e Idania Trujillo. El calor de tantas manos, [Prólogo de Nelson Herrera Ysla], Ediciones La Memoria, Coedición Diputación Provincial de Córdoba y Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Colección Palabras de Pablo, Córdoba-La Habana, 2006.

[2] Pablo de la Torriente Brau, Presidio, Ediciones La Memoria, Colección Palabras de Pablo, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2000.

[3] Pablo de la Torriente Brau, Presidio Modelo. Sexta Parte. Capítulo XXXI, «Relatos», Ediciones La Memoria. Colección Palabras de Pablo. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. La Habana, 2000. p. 316.

[4] Ibídem, Octava parte. «Relatos», ob. cit., p. 334.

[5] Pablo de la Torriente Brau. Cuentos completos, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1998.




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