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jueves, 20 de marzo de 2008

La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Título: La fugaz aventura poética de Pablo de la Torriente Brau y los poemas que inspiro.

Autoras: Elizabet Rodríguez Hernández e Idania Trujillo de la Paz

Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

Ciudad de La Habana.

Introducción

Toda la obra periodística y literaria de Pablo de la Torriente Brau tiene el espíritu, la esencia y el misterio de la poesía. Cómo olvidar la belleza de estas imágenes: «Algunas veces —dice en una de sus últimas cartas desde su exilio neoyorquino— he sido arrastrado por el río nocturno de Broadway, bordeado por la orilla de montes incendiados con fuegos infinitos de bengala. A la puerta de cada burlesque, de cada cine, el río hace remolinos [...] y por las escaleras del subterráneo se hunden los hombres ya cansados». Y con hermosa decisión afirma: «Pero ahora me voy a España, a ser arrastrado por el gran río de la revolución». Se juntan en esta frase ímpetu revolucionario y expresión poética.

Fugaz, lúcida y llena de humor fue su aventura poética. Si bien los versos que escribió son una zona menor en el conjunto de su obra literaria y de la que, al decir de sus más íntimos, sólo se ha conservado una ínfima parte, resulta de interés para conocer otros aspectos de su escritura y de su personalidad.

Sus poemas breves y ocasionales, aparecidos en el “corpus” de sus cuentos y narraciones están hechos «para montar a caballo» como diría Martí en el prólogo a Los poetas de la guerra. Evocan vivencias personales donde la belleza, fuerza humana e ingenio están expresados de manera auténtica, sin rebuscamientos ni artificios. Son también, por qué no decirlo, el testimonio de una época desde la perspectiva de un hombre con una rica y compleja personalidad, capaz de combinar en su vida y su producción literaria los elementos de «ese sol del mundo moral» que distinguió a los de su generación.

Con esta comunicación intentamos acercarnos a una faceta poco conocida del escritor, periodista y revolucionario, revolucionario no sólo en la acepción política de la palabra sino en el sentido transgresor con que vivió, amó, sufrió y gozó la vida este hombre de apenas treinta y cinco años que decidió irse a España a defender la República.

Aventura poética

Toda la obra en verso de Pablo, desde el poema «Plegaria a dios en la gravedad de mi gato “Moña”» —escrito a los veinte años, cuando todavía era un muchacho «de músculos ágiles y loca imaginación»—, hasta los que describen las desgarradoras escenas de presidio, tienen ese cierto sabor ingenuo y a la vez intenso del hombre capaz de conmoverse por extrañas y maravillosas visiones. Acaso aquellas que sólo los poetas son capaces de captar.

Si vigorosos y trascendentes son los temas humanos que llevó a su obra periodística y narrativa (novela y cuentos); su poesía tiene el encanto de revelarnos la fuerza de su vocación y voluntad creadora, plena de vivencias personales en las que el ingenio, la pasión y el humor están siempre presentes.

Como expresa el poeta Nelson Herrera Ysla, en el prólogo a El calor de tantas manos[1], una selección de los versos escritos por Pablo y a él dedicados por autores cubanos y extranjeros: «[…] en puros términos literarios de género, Pablo escribió poca poesía. En sentido más amplio, rectificando, todo fue en él un inmenso poema armado en los escasos minutos que sus deberes sociales y políticos le dejaban libres«.

«Si hubiese querido dedicarse por entero al arte de escribir versos, hubiésemos tenido tal vez el privilegio de contar con un poeta agudísimo en la construcción del poema breve, casi epigramático y contar también con un creador de poemas extensos, coloquiales, donde se transpira con intensidad el espíritu innato de la narración […]».

Coincidimos con Herrera Ysla en su apreciación acerca del espíritu coloquial de la poesía que hubiera podido escribir Pablo. Prosa poética acaso no es lo que cuenta en esta carta del 29 de octubre de 1936 desde el frente de Madrid: «Me acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, las viejas amigas del cielo de Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró una duda: ¿Era Casiopea la constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es porque se tiene miedo […]».

Como un caleidoscopio se muestran, en esta narración, algunos motivos poéticos: la soledad, la añoranza por la mujer amada, por los recuerdos lejanos, las cosas/seres queridos (los árboles, los perros, la casa); cuantas sensaciones y emociones que, en medio de una guerra parecen lejanas, inalcanzables, el periodista/poeta evoca y compara: la luna de Madrid y la luna de Presidio; las estrellas, sus eternas compañeras, el frío, el miedo…

Pero esa fugaz aventura poética también está presente en su libro Presidio Modelo, ¿acaso el más desgarrador testimonio narrado desde dentro del horror mismo por la mirada acusadora del cronista? Es interesante cómo Pablo intercala en algunos de los relatos de Presidio..., breves poemas que nacen de la experiencia cruda, violenta, desoladora vivida durante el tiempo que sufrió prisión, contada no sólo desde la perspectiva del narrador, sino también desde la particular sensibilidad del poeta. Veamos algunos ejemplos, en los que incluimos las aclaraciones hechas por él acerca del momento y las circunstancias en que estos versos complementan la trama de los cuentos.

«Luna del Presidio»[2]

Era un globo de silencio, transparente y azul. Así era la noche, y yo estaba sentado a su lado, en el suelo, en uno de los corredores de uno de los patios, de uno de los pabellones del hospital, en el Presidio, allá, en Isla de Pinos. Yo había escrito unos versos que decían en una parte:

La luna sobre el filo

del patio del Presidio

es tan solo el cadáver

de la esperanza muerta,

que asesinó a la tarde

el toque del “recuento”...

Y en otra parte decían:

“Seis mil ojos de los presos,

a través de las rejas,

la están mirando ahora,

sobre el filo

de las galeras del Presidio,

marcar el doble tiempo indiferente

¡de una noche menos!

¡de una noche más!

Y otra parte decía:

Hace treinta años,

cuando llegaron los que ya son viejos

la vieron sobre el filo

de las galeras del Presidio!...

¡Y ahora también platea las tumbas

de los hombres que se murieron en Presidio!

Y yo no recuerdo ahora más de aquellos versos, que no tenían importancia, sino por la extraña fascinación que ejercieron sobre mi compañero, un viejo de cuarenta años. Aquella noche, de verdad, algo de magnetizador tuve yo en mí para lograr la revelación.

Pero la luna — ¡Oh, sobre todo la luna, lo recuerdo! — también me ayudó. Y el silencio también.

Cuando yo le recitaba los versos, la redonda, la lenta luna llena fue ascendiendo en los cielos y hubo un momento en que se puso

Sobre el filo

de las galeras del Presidio.

Fue entonces creo, que él dijo con una voz de enigma:

—¡La luna!...

[…]

También en Presidio en «Los hombres azules»[3] nos dice:

[R]ecuerdo el comienzo de aquel poema que entonces escribí:

¡Hombres azules de las cuadrillas,

que pasáis lentos bajo la lluvia!...

Asesinos, ladrones y tahúres.

¡Carne podrida

reivindicada por los tormentos del Presidio!...

En «Relatos»[4] encontramos nuevos versos en su narración:

Fatiga, angustia, traición, soldados, balas, muertos...

¡y siempre igual!...

¡Y olvido!...

Tampoco hay que olvidar que Pablo escribía en los sitios más insólitos. La prisa e intensidad con que vivió le impidió, a veces, concluir algunos de sus proyectos literarios. Así ocurre con estos versos, a los que denominamos “poesía trunca” que, sin embargo, él asegura caprichosamente haberlos terminado.

Aquí están tal y como él los cita en sus relatos, con esa peculiar humorada, plena de gracia y sutil ironía:

En uno de sus cuentos, «Caballo dos damas»[5]

[…]

De pronto oigo una música maravillosa. Era uno de los conciertos aristocráticos de Pro Arte Musical y toca Orloff. Me fijé en él y sentado ante el piano parecía un dentista limpiándole la dentadura a un negro cubista... Empezó a tocar la Gavota de Gluck y yo le hice unos que decían así:

Como cristalina gota,

milagrosas de luz,

danzando ya van las notas

de la Gavota

de Gluck

Le dije a un amigo que eran de Rubén Darío y le pareció que tenían realmente una música de gavota galante... Ahora ya no cree que aquello de “La princesa está triste, etc”, sea del divino Rubén... y a lo mejor tiene razón. ¡Tantos han hecho cosas parecidas!...

El sonido de cristal de Orloff me adurmió y tuve la visión poética de una nota que salía del piano, transformada en perfume se esparcía por la sala, luego se fundía en mariposa policromada y, finalmente, trocada en rayo de luz empieza a taladrar, despacio... despacio... el cielo azul, espacio inmenso...

Pero ahora siento un escalofrío irritante, como si me picara una chinche. Toca Heifetz, el ovacionado como los boxeadores... Un clamor estremece la sala, lo aplauden, le gritan, le piden... Me indigno y le compongo una oda que empieza de esta manera vanguardista:

Salve a ti, oh insigne maromero del violín,

Paganini sin alma!”...

Nunca dejó de sentir el fuego de las palabras. Había nacido para vivir emociones intensas, porque sus ojos se habían hecho para ver las cosas extraordinarias y su maquinita para contarlas. Para él no había «temas serios o gloriosos». Escribió de todo y cuánto pudo. «Todo valía para gozar la letra impresa que excitaba a los dioses y a Edgar Allan Poe, su preferido».

Pero Pablo no sólo escribió versos de modo fugaz y atrevido, también «ejerció el criterio», como suele decirse modernamente. Sus opiniones acerca de la poesía aparecen en cartas, comentarios, crónicas y apuntes. Lo más interesente es que él veía la poesía no sólo como expresión de belleza, sino como ejercicio intelectual de compromiso con su tiempo.

En carta dirigida al escritor ecuatoriano Jorge Icaza, autor de Huasipungo y En las calles, le hace este agudo y despampanante comentario: «[…] Me reafirmo en mi convicción de que es Ud. el poeta del asco y la pudrición. No sé como ha sabido hacer tales maravillas. Me acuerdo, cuando lo leo, de un poema de José Zacarías Tallet, el autor de La rumba en el que después de asegurar que hay poesía en un buen par de nalgas, en un par de tetas, en un policía y hasta en un chofer, termina asegurando, “la cuestión es dar con ella”. Y no hay duda que Ud. ha dado en ella», concluye.

También en este sentido, le propone algunas sugerencias a su entrañable amigo Roa, quien tenía en mente publicar una biografía sobre el poeta cubano Rubén Martínez Villena. Veamos qué le dice a Roa: «[…] [Rubén] fue sin duda un intenso poeta, pero su vida patética estuvo infinitamente por encima de sus versos aristocráticos. Tuvo la desgracia de brillar en un momento casi fugaz, de transición poética en Cuba, y, si perdura, es porque tuvo talento, profunda emoción lírica, y sobre todo, vida, vida de poeta activo […]. En definitiva, Rubén es de los seres privilegiados que tienen leyenda, que pertenecen a ella. Y tú sabes que yo pienso que sólo son legendarios los individuos capaces de engendrar leyendas, capaces de merecerlas […]. Rubén, como poeta, era algo legendario para las masas […]. Él no escribió para ellas más que otros versos que nadie se ha ocupado de recoger, canciones anónimas de la revolución que sí convienen a la leyenda de Rubén. No pienso que la historia deba desvirtuarse por ningún modo, pero creo que hay que dejar madurar las figuras en la conciencia popular. Tú, sabrás en tu prólogo-biografía difuminar las bruscas líneas de transición que hay en la vida de Rubén, todas las cuales tuvieron, no obstante, la tónica común de un sentido de la generosidad y el sacrificio —atributos del poeta puro e intenso— que muy pocos han tenido en Cuba con tal persistencia».

Las voces de los otros

Pablo despertó (despierta), las más encendidas pasiones a un lado y otro del Atlántico, antes y después de morir en su vida privada o pública. Nadie fue indiferente ante su figura o memoria.

Por esa razón las manos de Pablo se unen con las de otros seres de voces profundas, creadores de esa poesía siempre necesaria, imprescindible. Poetas, muchos de ellos contemporáneos suyos como Regino Pedroso, Emilio Ballagas, Ramón Guirao, Navarro Luna, Fina García Marrúz; y otros de estos tiempos que vieron en él al paradigma de hombre que combina la pasión, el desenfado y la capacidad de pensar con cabeza propia. Están los versos que su personalidad inspiró en, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Luis Suardíaz, Mercedes Santos Moray, Romualdo Santos...

Con todo derecho son los poetas, desde perspectivas estéticas diferentes, quienes se aproximan mejor a las esencias humanas del niño que aprendió a leer en La Edad de Oro, de José Martí, y a quien su abuelo materno, Salvador Brau, dedica Juan Pico de Oro.

«Hay en los hombres singulares un perfil íntimo, un modo distinto, que no pasa a sus biografías», dice Juan Marinello de Pablo. Mientras el poeta camagüeyano Emilio Ballagas (1908-1954), autor de Júbilo y fuga y Antología de la poesía negra hispanoamericana y Premio Nacional de Poesía en 1951, en el poema «Pablo de la Torriente Brau», escrito en 1937, afirma rotundamente: Pablo «está en todo lo que amó».

No lo lloréis compañeros.

Luchad por lo que él luchó!

Que si su voz se ha perdido

se funde a la voz total:

sonará en el himno pleno

del mundo que asoma ya.

Vivió a un ritmo crepitante. Nada le fue indiferente. Desde las luchas campesinas y estudiantiles, el abandono de las ciudades, los turbios negocios de la “terrateniencia criolla”, los crímenes de Presidio Modelo, la literatura, la música, la pintura, el cine hasta la voracidad imperialista del capital norteamericano sobre nuestras tierras de América. Y como él mismo dijo «no tengo nunca miedo de escribir lo que pienso, ni con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones».

Decidió irse a España, a la Revolución Española «para aprender para lo nuestro algún día», y «lo nuestro» era la Revolución, la revolución que se había «ido a bolina» unos años antes. España era el sitio preciso, la oportunidad para conocer y aprender. Resulta curioso que antes de marcharse a Madrid, en carta fechada en Nueva York, el 11 de marzo de 1935, le cuenta a Fernando Ortiz, en su acostumbrado tono humorístico, de la presencia de Rafael Alberti en esa ciudad norteamericana: «Aquí está ahora Rafael Alberti, metido ya a comunista o cosa por el estilo, y es muy probable que vaya para Cuba en donde espero que le harán un recibimiento adecuado a su fama, y que lo metan en El Príncipe o La Cabaña, para que escriba luego la “Balada de la Reja y el Mar” o algo por el estilo. Todavía no lo conozco. Él habla hoy en un lado pero yo tengo que ir a otro a ver si fundamos un club para recoger dinero para los presos cubanos. Me han dicho que es un hombre pequeño y simpático. Tengo que verlo de todas maneras porque quiere conocer cosas de Cuba y establecer contactos […]».

No podría imaginarse Torriente que unos meses después, en plena contienda, compartiría con Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández… Preciamente Alberti publica el poema «Vosotros no caísteis» reproducido en un periódico de la época con una dedicatoria, presumiblemente redactada por el editor, y dedicada a un grupo de comisarios que murieron luchando por la República entre los cuales se encontraba Pablo.

¿Quién dijo que estáis muertos? Se escucha entre el silbido

que abre el vertiginoso sendero de las balas,

un rumor, que ya es canto, gloria recién nacido,

lejos de las piquetas y funerales palas.

A los vivos, hermanos, nunca se les olvida.

Cantad ya con nosotros, con nuestras multitudes

de cara al viento libre, a la mar, a la vida.

No sois la muerte, sois las nuevas juventudes.

Desde su inseparable hermana Zoe, quien lo consideró siempre un camarada, hasta intelectuales como Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez recuperan, en breves comentarios, el misterio poético que siempre acompañó a Pablo para devolvernos entera y múltiple su figura de escritor y de héroe.

En uno de sus testimonios Zoe cuenta: «Yo fui su compañera inseparable de juegos y estudios. Nos llamaban en casa los camaradas. Nuestros temperamentos, tan diversos, se complementaban admirablemente. Mientras yo lo llevaba al juego a las discusiones, a la pelea, al estudio de las matemáticas, él me orientaba en el manejo del diccionario, me enseñaba geografía e historia. Hacíamos competencias de memoria. Ya aprendía versos y se imponía la tarea de aprender una página de un diccionario pequeño, que me hacía tomarle de memoria, sin un error, con solo leerlo tres veces».

El gran escritor español Juan Ramón Jiménez dejó escritas estas hermosas palabras sobre Pablo: «[…] ningún hombre, ni uno solo, que sea del lado y de la cara que fuese, y sea del que fuese su acuse de destino, se atreverá a dudar ni a sonreír pública ni íntimamente de la fe, la esperanza, la caridad, el noble heroísmo de otro hombre palpitantemente joven y poeta, que deja una hirviente paz y su patria viva para morir con el corazón en la mano, por el mundo que sueña, en otra».

Cuando trabajábamos en la preparación de El calor de tantas manos —que ya tiene una segunda edición realizada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y la Diputación de Córdoba en España— nos propusimos dar a conocer esta faceta poco conocida de la producción literaria de Pablo.

El libro, que nació en los archivos de bibliotecas, rastreando papeles, apuntes, libros, ha sido una suerte de ventana, un camino siempre abierto que se enriquece con nuevos versos, nuevas palabras, nuevas voces, y se nutre del espíritu irreverente, provocador y transgresor con que Pablo vivió y escribió.

Manuel Navarro Luna publicaba en Mediodía en 1937: «Salud comisario»:

Los que lloran, que canten;

Los que cantan, que luchen.

¡Qué luchen en las trincheras de la muerte y de las lágrimas¡ Hay que tirar la sangre,

Hay que tirar el pecho sobre el pecho herido de España!

Por esa ventana se han ido colando nuevas voces: las de poetas populares, gente sencilla de pueblo que en Cuba y en España le cantaron a Pablo. También y, afortunadamente, hemos ido encontrando poemas de autores cubanos como Romualdo Santos, que desconocíamos había escrito estos versos sobre el Presidio Modelo, donde alude a la generación del 30, de la que Pablo formó parte activa y militante:

Aquí vinieron a parar por los tiempos

en que el mundo ya giraba en los torbellinos de las grandes

despresiones

y todos los senderos se abrían a plomo y látigo y hambre,

aquellos hombres, aquellos padres inflamados de percisiones

inmensas

para quienes el día distante pero cierto se trasmutó en

puras claridades,

en calles trepitantes y en ciudades exánimes,

en voces airadas y en la cólera por ellas animadas,

recios hombres venidos del central y de la fábrica,

creciendo allí, frente a las descargas con que el odio

intentaba detenerlos,

en los gritos de Muera el tirano, Abajo Machado

y, sobre todo, Fuera los yanquis de esta tierra.

Desde todas las voces y con todas las manos, Pablo nos convoca y nos alienta. Por eso, queremos concluir esta ponencia con estos versos, de la Elegía Segunda de Miguel Hernández, a quien conoció en el frente de Madrid, durante la Guerra Civil Española. El pastorcito de Orihuela —al que dedicamos este Coloquio— nos devuelve la figura del compañero que murió «con el sol español puesto en la cara/ y el de Cuba en los huesos».

«Me quedaré en España compañero»,

me dijiste con gesto enamorado.

Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero

en la hierba de España te has quedado.

Nadie llora a tu lado:

desde el soldado al duro comandante,

todos te ven, te cercan y te atienden

con ojos de granito amenazante,

con cejas incendiadas que todo el cielo encienden.

Valentín el volcán, que si llora algún día

será con unas lágrimas de hierro,

se viste emocionado de alegría

para robustecer el río de tu entierro.

Como el yunque que pierde su martillo,

Manuel Moral se calla

colérico y sencillo.

Y hay muchos capitanes y muchos comisarios

quitándote pedazos de metrallla,

poniéndote trofeos funerarios.

Ya no hablarás de vivos y de muertos

ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida

no te verá en las calles ni en los puertos

pasar como una ráfaga garrida.

Pablo de la Torriente

has quedado en España

y en mi alma caído:

nunca se pondrá el sol sobre tu frente,

heredará tu altura la montaña

y tu valor el toro del bramido.

De una forma vestida de preclara

has perdido las plumas y los besos,

con el sol español puesto en la cara

y el de Cuba en los huesos.

Pasad ante el cubano generoso,

hombres de su Brigada,

con el fusil furioso,

las botas iracundas y la mano crispada.

Miradlo sonriendo a los terrones

y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos

a nuestros más floridos batallones

y a sus varones como rayos rudos.

Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.

No temáis que se extinga su sangre sin objeto,

Porque éste es de los muertos que crecen y se

[ agrandan

aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.



[1] Elizabet Rodríguez e Idania Trujillo. El calor de tantas manos, [Prólogo de Nelson Herrera Ysla], Ediciones La Memoria, Coedición Diputación Provincial de Córdoba y Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, Colección Palabras de Pablo, Córdoba-La Habana, 2006.

[2] Pablo de la Torriente Brau, Presidio, Ediciones La Memoria, Colección Palabras de Pablo, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2000.

[3] Pablo de la Torriente Brau, Presidio Modelo. Sexta Parte. Capítulo XXXI, «Relatos», Ediciones La Memoria. Colección Palabras de Pablo. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. La Habana, 2000. p. 316.

[4] Ibídem, Octava parte. «Relatos», ob. cit., p. 334.

[5] Pablo de la Torriente Brau. Cuentos completos, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1998.




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